![]() |
| John Singer Sargent, The birthday party. 1885 |
Hola de nuevo:
Dentro de tres días es mi cumpleaños y para demostrarme lo mucho que me quiero me he comprado un regalito y lo he envuelto en papel de charol de color turquesa. Aunque ya sé de qué se trata, no pienso abrirlo hasta ese fatídico día en que celebraré que soy más viejo que Matusalén, su tía y su primo, juntos. Se trata de un precioso laxante en gotas, fabricado con hierbas naturales y que, según reza su prospecto, no produce trastornos digestivos, es decir, que una vez que me tome una dosis no tendré que correr al váter ni aguantar esos repelentes sonidos parecidos a una mascletá de los hermanos Caballer con que nos obsequian el resto de productos que actualmente se comercian para el mismo fin. Al principio dudaba entre este presente o un yate de 16 metros de eslora, pero al meditar sobre el precio de ambos, la razón se impuso a la megalomanía y en estos instantes estoy totalmente convencido de que mi decisión fue la más correcta. El barco puede demorarse hasta el año próximo o incluso al siguiente, no me importa esperar, ¿acaso no es lo primero que aprendemos en esta vida en la que glorificamos las posesiones y olvidamos que nacimos desnudos, indefensos y cubierto de pingajos malolientes?
Está claro que con un yate y una buena gorra de marinero con visera rígida y otomán cubriendo mi calva me sentiría más seductor, pero diantres, también puedo parecer sexy con el intestino vacío y, sobre todo, con la cara relajada y con el aspecto dichoso que proporciona una magnífica evacuación. Como ya sabes, existen multitud de maneras para conseguir un cachito de felicidad sin gastarse una fortuna; algunos lo consiguen por medio de ansiolíticos, que son baratos y te permiten olvidar fácilmente los problemas que aprisionan, otros, simplemente raptan y descuartizan con un cuchillo de cocina a algún incauto y los hay que, como yo, se contentan con cualquier cosa, pues conocen cada uno de los disfraces que utiliza el bienestar para presentarse de improviso en sus existencias, hasta entonces aburridas y previsibles.
Mi presente de aniversario sólo me ha costado 4 euros y el papel que sirve de envoltura treinta céntimos. Podría haberme gastado incluso menos si hubiera sustituido el magnífico oropel del envoltorio por un folleto de Alcampo impreso en papel reciclado, pero no hubiera quedado aseado. Y hasta el día de hoy, lo único que no soporto, excluyendo la imbecilidad humana ya sea congénita o adquirida, es el descuido y el abandono, consciente o involuntario. Ya me abandoné una vez hace bastantes años, y cuando logré volver a encontrarme después de multitud de fallidos intentos, lo único que pude sacar en claro es que es preferible estar muerto, con el cuerpo descomponiéndose y licuándose en un perfecto estado de descomposición cadavérica, antes que parecer que quieres morirte pero que no te atreves a dar el fundamental e irreflexivo paso. Con esto no quiero decir que la muerte sea algo deleznable, pues existen diferentes maneras de llegar a ella sin que la gente cuchichee por las esquinas. No sé si me explico bien, seguramente no. Siempre me sucede lo mismo cuando intento hablar o escribir sobre cualquier forma de ocaso, ya sea natural o premeditado.
Dentro de un rato iré a Mercadona, es posible, sólo P-O-S-I-B-L-E que me compre, o mejor robe, cincuenta y una velitas, de esas tan graciosas con forma de estrellita que se utilizan para adornar las tartas; el problema es que no quiero adquirir una tarta, ya que engordan y sus disacáridos blanquecinos desdoblados por hidrólisis en dos monosacáridos afectan a la salud en forma de indigestión descontrolada, trastornos epidérmicos y caries costosísimas de reparar. Pero podría pincharlas en una lustrosa manzana Fuji o Reineta y soplarlas hasta que me quede tísico o sin aire en los pulmones. Desde luego no sería una manera demasiado ortodoxa de celebrar una fiesta, pero a mí… ¡ya nada me importa!
Un besazo.
