Email del 11 de enero 2013

Vasily Surikov, Zubovsky boulevard in winter. 1889

Hola:

Me gustan los colores que producen las flores de las Thumbergias, las Ipomeas y las Clematis, pero advertir que hasta mediados de abril o incluso mayo no voy a disfrutar de ellas me produce cierta desazón. ¡No puedes llegar a imaginarte lo mucho que odio al invierno! y el desprecio que siento hacia la gente que lo prefiere a la primavera o el verano. Puedo entender que alguien pueda sentirse regocijado contemplando las hojas marchitas y marrones de los árboles o un poco depresivo ante las primeras escapadas a lo Houdini de la luz en el otoño, pero no me cabe en la cabeza que un sujeto que se considere inteligente aprecie esa estación fría, desapacible, oscura y opresiva durante la cual ni siquiera podemos cambiarnos de ropa sin tiritar como yonkis sufriendo el síndrome de abstinencia o contemplar las plantas del jardín, terraza o balcón con el aspecto que tienen en pleno solsticio de verano, cuando el sol alcanza su cenit sobre el Trópico de Cáncer.

Pensar que todavía quedan dos meses largos para que mi corazón y mi cerebro se aúnen en esa comunión privada y reconfortante que produce la amplitud del día sobre la noche, me empieza a pasar factura. Quiero babear ante el cromatismo fabricado por las flores mientras son iluminadas por los rayos del astro rey y absorben una parte de las ondas electromagnéticas al mismo tiempo que reflejan las restantes. Necesito percibir las longitudes de onda que sólo pueden ser disfrutadas en su totalidad al estar debajo de una luz radiante, abundante y refulgente. Ya no me siento con fuerzas para soportar estos meses de brumación metabólica y dormancia psíquica en las que lo único que se puede hacer para asesinar las horas es regocijarse de la completa estulticia biológica que rige nuestro demente e infecto calendario meteorológico.

Creo que si tuviera dinero emigraría a alguna parte del ecuador; supongo que a Manaos u otro país por el que cruzara el río Amazonas o algunos de sus muchos afluentes. Lamentablemente, con el cash del que dispongo en estos momentos en el bolsillo no puedo alejarme del rio Turia y de la basura y contaminación que se oculta en sus aguas marrones, desviadas de sus cursos naturales y con ese aspecto claramente fallero al que las hemos asociado. Y eso, lo mires como lo mires, es tan triste y desolador como estar seguro a ciencia cierta de que todo lo que vemos o podemos tocar es una especie de ilusión efímera que se desmoronará en el mismo instante en que reparemos en ello. ¿Somos algo más que los restos arrasados de la Nada?

Ahora, mientras intento despegar de la tierra con destino a alguna parte del Universo, ya no existen muchos factores que me impidan derramar algunas lágrimas sobre el ocaso de la Creación. Alguna vez fui una parte fundamental del Todo, aunque nunca me sentí a gusto demasiado alejado del impulso entrópico que significa sobrevivir en un lugar al que no se pertenece.

Un abrazo.