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| Joan Miró, Femme à la blonde aisselle coiffant sa cheveleure à la lueur des étoiles, 1940 |
Ains:
Me he despertado con una sensación de ahogo y cansancio terrible, quizá debida a uno de los estúpidos sueños que he tenido esta noche y que todavía no he acabado de arrinconar. Te cuento: me encontraba ensimismado intentando doblar un gazpacho andaluz, cosa que antes ningún humano había conseguido, ni siquiera intentado hacer, cuando se me aparece mi hada madrina totalmente enfurecida porque no la felicité cuando batió la plusmarca de los cien metros lisos con varita mágica, y me condena a bailar el Gangnam style -ya sabes, ese bailecito subnormal en que se imita a un jinete montando a caballo,- cada vez que algún sujeto del planeta diga una estupidez, por lo que empiezo a danzar psicóticamente en ese mismo instante y no puedo detenerme hasta que cuatro horas después caigo muerto sobre el gazpacho derramándolo sobre el suelo y me despierto completamente sudado, descompuesto y con un dolor terrible en mis partes nobles. Pero… no quería enfocar estas líneas despotricando sobre los sueños, pues ya lo he hecho innumerables ocasiones y no quiero amargarte con ellos. Para mi email de hoy tenía pensado escribirte sobre la amistad, los amigos y el valor que puede tener conservar a los mejores, y no en aceite o almíbar precisamente.
Un amigo, se supone, es alguien con el que mantienes una confianza y, por supuesto, un afecto desinteresado, que en ocasiones puede rayar la demencia. Un amigo es ese ser imperfecto que en algunas ocasiones te pide dinero prestado y que jamás te devuelve los libros; en definitiva, un amigo, un colega, un camarada o compadre, es un osito de peluche viviente que periódicamente necesita que lo mimes, que le digas, y a veces incluso que le demuestres que él lo es todo para ti y que por conservarlo cerca durante eones estarías dispuesto a cualquier cosa, exceptuando bailar el Gang style cuando una hada te apunte en la cabeza con su varita cargada. Durante toda mi vida un innumerable número de amigos han aparecido y desaparecido pero siempre, y repito la palabra siempre… ¿Sabes? ya no quiero seguir con este tema, prefiero hablarte de las heridas en el glande. Una vez, hace varios años, introduje el pene en… ejem, mejor lo dejamos.
Llevo varios meses dándole vueltas a una idea. La he mareado tanto que se ha cansado y ha desaparecido, así que he tenido que fabricar a toda prisa otra que la sustituya. La nueva no era tan perfecta como la original, pero puede reemplazarla en ciertas ocasiones. Y lo que es mejor, me permite modificarla a mi antojo y no se siente humillada cuando la comparo con la anterior. No es una idea compleja porque mi cabeza ya no está para complicaciones, aunque puede llegar a convertirse en obsesiva. Como no quiero correr más riesgos, la he atado a un armario ropero y sólo le permito que crezca cuando me siento seguro de que no se apoderará de mi conocimiento puro y real. La mantengo a base de pequeñas dosis de reflexión y extravagancia y cuando me siento fuerte o despreciable la abofeteo hasta que me implora clemencia. Pienso hacer de ella mi fe de vida, mi talismán, mi mascota. Cuando ya no sirva para los propósitos para los que fue creada la desatomizaré y la convertiré en pequeñas partículas imprecisas de nada.
Sanatorio mental. Sanatorio mental. Sanatorio mental.
Un abrazo sin camisa de fuerza.
