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| Edward Scriven, Brutus y el fantasma de César |
Hola:
Hace 3437 días me encontré a mi abuelo, que llevaba muerto cerca de 9000 días, y le regalé un paraguas plegable con marco de aluminio y mango de plástico. Al principio se sintió desconcertado, pues según me dijo, en el lugar donde descansan los muertos no llueve, pero al final dibujó una mueca de agradecimiento sobre su rostro y me lo demostró rompiéndomelo en la cabeza (el paraguas, no el rostro). ¡Ahora ya sabes por qué tengo un chichón en el cráneo, y sobre todo, a qué se debe mi fobia a las tormentas! En realidad no quería escribirte sobre los paraguas, ni siquiera sobre los fenómenos meteorológicos; lo que verdaderamente deseaba era que conocieses a mi abuelo, que también es mi Ángel de la guarda, por llamarlo de alguna manera. Vicente, que es como se llamaba, era un tipo peculiar y además tan rojo como un arándano y tan agradable en sus maneras como un sueño erótico. Nunca trataba de convencer a nadie, pues estaba firmemente convencido de que la estulticia no tiene cura y aunque la tuviera, ¿quién demonios se atrevería a combatirla sin exponerse a un hipotético contagio? Recuerdo que en mi catorceavo cumpleaños me regaló una sonrisa y se disculpó por no haberla envuelto en papel regalo, aduciendo que no había tenido tiempo de salir a la calle. Desde entonces, esa sonrisa va conmigo a todas partes, pero no en mi cara, ya que odio sonreír, pues salen arrugas, sino en un bolsillo, que es el lugar donde guardo la memoria.
Algunas personas, sobre todo las que desde su más tierna infancia han sufrido los abusos de la incompetencia cerebral, no creen en fantasmas, ni siquiera en apariciones custodias; otros piensan que existen pero que cobran demasiado, y los hay que no opinan y no responden porque son incapaces de articular una palabra sin la ayuda de un decodificador antidisléxico. Tengo un conocido que no se cansa de repetir que su Ángel de la guarda es un indio arapahoe que se le aparece todos los lunes de cada semana y le obliga a chuparse el codo con la lengua mientras que la aparición acaricia un paquete de Norit, ya sabes, ese detergente del corderito.
Creo que me estoy alejando del tema principal de mi disertación. Por cierto, ¿cuál era el tema? ¿Chubascos? ¿Paraguas? ¿Corderitos? ¿Te he contado alguna vez lo que hice con una corderita acongojada? Pues no pienso relatártelo, todavía no estás preparada para escuchar ciertas confesiones. Pero puedo adelantarte que tu también lo hubieras hecho con un corderito apesadumbrado (o con varios, si no tuvieras un concepto de la moral tan elevado).
Un saludo.
