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| Fundido a negro |
A menudo, sin saber exactamente el motivo, las emociones se tuercen como las raíces de una higuera. Tratar de enderezarlas por el mero hecho de explotar una cualidad humana puede llegar a representar un esfuerzo tan considerable, estúpido e inútil como obviarlas en su totalidad.
Es en esos instantes, en los cuales la suma de mis sensaciones se encuentra al nivel de una pobre mierda, cuando suelo refugiarme en el rincón más oscuro del interior de mi cabeza; el único lugar del universo donde por alguna extraña razón adquiero las suficientes fuerzas como para darme cuenta de que aquellas pobres e infelices sensaciones o sus representaciones transformadas en disyuntivas paradójicas sólo existen para dejar constancia de la completa (y compleja) inutilidad de cada uno de mis actos. Hay ocasiones en que esas muy miserables representan tanto o tan poco que incluso se apodera de mí la risa tonta, y es entonces cuando todo adquiere verdadero significado.
Esta confusa reunión de palabras se va a convertir en mi último email y por extensión en el último texto de este blog (aunque no puedo estar seguro). He decidido volver al principio, ese lugar donde Nada equivalía a Todo y donde no se permitía razonar a una célula. Pero antes de despedirme me gustaría pedir perdón al mundo, por haber nacido. Lo siento.
Greg.
