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| Giovanni Battista Salvi. La Virgen en meditación |
Hi:
He pasado casi toda la noche meditando y en estos momentos me duele la cabeza. Me la amputaría pero no dispongo de otra. Por algún motivo le he cogido cariño a ésta, aunque a veces va más allá de lo que se le pude pedir a una testera y va por libre, y entonces, llega a unas conclusiones que me hacen temblar de espanto. Pensar es un ejercicio inútil, sobre todo si se hace comiendo palomitas de maíz, pero por el contrario, si no razonamos, ¿para qué sirve estar vivo? ¿Para discutir con el tendero sobre la calidad de sus productos? ¿Para aguantar memeces de algunos engendros humanos que se incrustan en la dignidad como lapas espectrales? ¿Para llevar una cuenta detallada de las veces que uno se equivoca al día? Reflexionar es un proceso agotador y que la mayor parte de las veces no sirve para nada. Es mejor salivar, vomitar o titiritar, por poner algunos ejemplos de verbos que acaben con los grafemas «ar».
Hace algunos años, creo que doce o trece, decidí estar cuatro meses seguidos sin pensar, o discurrir, o cavilar, o como diantres se le pueda llamar al acto de formar, examinar y relacionar ideas en la mente, y lo único que conseguí fue que me saliera un flemón en la joroba (¿o fue en las encías?). Con este ejemplo no pretendo restar valor al hecho de que concentrarse y recapacitar sea beneficioso para el crecimiento personal individual, pero si me lo permites, me gustaría formularte una pregunta: ¿por qué razón los ácaros no piensan y sin embargo sobreviven felices, ilusionados y sin deseos firmes de suicidio? Ya sé que una persona no es un insecto, aunque algunas se asemejen en la forma y en el comportamiento, pero como modelo o prototipo es totalmente válido. En resumidas cuentas: los animales viven más tranquilos y se desarrollan de una forma más perfecta usando el instinto que los humanos, repletos de esa parte primordial del encéfalo que ocupa la zona anterior y superior del cráneo y que se le suele denominar cerebro.
Llegados a este punto de mi disertación en forma de email castrado, sólo me resta apuntar un par de ideas que me suelen sobrevolar la quijotera cuando estoy deprimido:
1- Mi vecino tiene coche y yo no, por lo tanto él es rico, aunque a veces le oiga sollozar cuando pego mi oreja a la pared que da a su dormitorio. Si es rico por tener coche, yo soy pobre por carecer del mismo. Pero por el contrario, yo dispongo de ideas, es decir, pienso, y él no. Por lo menos, eso grita su mujer a todas horas del día. ¿Es mejor ser rico y parapléjico mental o pobre y con un rendimiento cerebral en constante expansión?
2- La mascota de mi vecino, que atiende al nombre de Rufo y es un perro de la marca (o raza) Bulldog vallisoletano, tiene una depresión y maúlla. Yo no tengo mascota, si no cuento las moscas que rondan felices por mi hogar, pero también siento deseos de salir al balcón y ponerme a ulular como un poseso. Lo cual me lleva a una terrible y fundamental pregunta: ¿es posible que yo sea mi propia mascota?
Dejo a tu criterio la respuesta a esa cuestión. De momento voy a ponerme la correa y sacarme a pasear un ratito. Creo que me lo merezco; me he portado muy bien y no me he ciscado en la alfombra.
Un saludo (o do,s si te gustan los números pares)
