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| Vincent van Gogh. The starry night (1889) |
Querida:
Un día es el tiempo que nuestro sufrido planeta emplea en dar una vuelta alrededor de su eje. Generalmente ese tiempo es de aproximadamente 24 horas, pero a veces parece que tenga bastante más (o menos). Todos tenemos días malos y días buenos, aunque si lo analizamos concienzudamente, la mayor parte de las jornadas suelen ser aceptables, mediocres y pasables o incluso repetición exacta de los anteriores. ¿Pero y las noches? Si preguntáramos a la gente cuál es su definición de la palabra Noche, las respuestas serían muy distintas aunque la noche es la misma. Algunos, los menos agraciados intelectualmente la definirían como el tiempo que usan para echarle un polvo al pariente-a (eso sí, de tanto en tanto, muy espaciados); si le hacemos la misma pregunta a un tipo curioso o que por lo menos se interese en llevar una vida resuelta que valore aprender y envejecer al mismo tiempo, la respuesta sería muy diferente, tan diferente que ni siquiera puedo llegar a imaginármela. La noche es el periodo de tiempo comprendido entre la puesta y la salida del Sol. Y en ese periodo, casi siempre suceden muchas cosas.
El día de ayer, es decir, el periodo de tiempo en que dura la claridad del Sol sobre el horizonte, fue uno de los peores de mi vida y el más horrible en los últimos 20 años. No te voy a contar los sucesos que acontecieron de dicha jornada infame porque sólo de recordarlos me entran ganas de salir a la calle por el balcón, pero sí te puedo escribir todo lo que me sucedió por la noche…
Sobre la una de la madrugada me quedé sin tabaco, así que me puse los pantalones, una camiseta y las zapatillas -ahora ya sabes cómo voy por casa- y salí a comprar un paquete al bar de abajo que cierra bastante tarde. Como soy tan impetuoso, o idiota, y como no me encontraba en el mejor momento de mi vida, cerré la puerta con las llaves puestas por dentro. Aunque hubiese contactado con alguien que tuviese una copia, no me habría servido para nada. Pero lo peor es que también me dejé el móvil, y sin él estoy perdido. El único número que me sé de memoria es el mío y el de la casa de mis padres, que en esos instantes estaban durmiendo en el chalet, a 70 km de distancia. Mientras pensaba una solución me puse a caminar temblando de frio. Cuando ya llevaba unos tres kilómetros recorridos decidí sentarme en el banco de un parque y meditar sobre mi vida, sobre la forma en la que estoy llevando y sobre todo en el futuro que me espera si no hago algo al respecto.
Si el día fue horrible, la noche fue peor. Sobre las cuatro, decidí tumbarme en el banco e intentar dormir, pero me resultó del todo imposible. El frío era insoportable y los borrachos del banco contiguo no paraban de vomitar y hacer ruiditos insoportables. La única solución que me pasó por la cabeza fue mirar la luna, casi llena. y las estrellas que brillaban como diamantes. Por fin se hizo de día y me sentí con fuerzas suficientes como para molestar a un vecino y desde su casa llamar a un cerrajero de guardia, que llegó al cabo de una hora y pico y tardó sólo tres minutos en abrir la puta puerta con un plástico duro y mucha maña. Esos pocos minutos me costaron 155 euros.
Ahora, mientras te escribo sobre mi día y mi noche, estoy tosiendo y bebiendo un café cargado para calentarme. Si no he cogido una pulmonía es porque hasta mis pulmones sienten pena de un pelele como yo. Ignoro si la jornada de hoy va a ser mejor o peor que la de ayer, pero si quieres que te sea sincero, me importa un pito. En Eritrea o Senegal, alguien pasó un día peor que el mío y seguramente ahora lucirá una sonrisa de oreja a oreja. Yo no puedo sonreír, me es imposible, pero sí puedo cagarme en una deidad que no existe: Dios.
Un beso
