Email del 17 de abril 2013

Iván Shishkin. Woodland (1889)

Querida amiga (o amiguita):

Para pensar con completa lucidez, uno debe erradicar por completo el deseo de seguir viviendo. Sólo de esta manera llegaremos a desembarazarnos del resto de deseos, que de una forma u otra nos impiden llegar a un razonamiento asequible, directo, trascendental y emancipado de las distorsiones sugestionadas por la cobardía emocional y la deshonestidad individual.

Si las emociones son energía, la autocastración de dichos impulsos es estulticia elevada a cotas imposibles. Pero de eso nos alimentamos, y mientras tragamos con auténtico placer toneladas de necedad y desaciertos a partes iguales, nuestros principios físicos e intelectuales se reprimen. Y es ese movimiento inhibido, esa ilusión engañosa, la que nos hace desmedidos y la que redefine nuestro ambiguo estatus con los términos involutivo, entrópico, irreversible. De poco sirve en esos instantes usar estrategias; la ira y la inseguridad disfrazadas con un aura de oropeles de baratillo nos habrán vencido. Ya nunca volveremos a ser los mismos; en nuestro interior anidará el germen de la enfermedad.

Parte de mi pre-adolescencia la pasé en el pueblo de mi madre. A un par de kilómetros de mi casa había un bosquecillo de nogales en el que solía pasar bastante tiempo. Me encantaba descansar tumbado entre la tierra húmeda cubierta de hojarasca y maleza indeterminada. Algunas veces, cuando las respuestas a mis preguntas no se presentaban a tiempo en el cerebro, dibujaba garabatos en los troncos con una pequeña navaja o, simplemente, me ponía a contar y bautizar a las ardillas o a cualquier pequeño animal que se dejara ver. Todo cambió cuando cumplí los dieciséis años. Ese bosque sagrado que me trastocaba emocionalmente y me transmitía sosiego, paz y serenidad, dejó de representar algo en mi vida. Sucedió de repente, sin previo aviso. Dominado por ciertos impulsos irrefrenables como la apatía mezclada con el deseo de sociabilidad a cualquier precio, me convertí en un innombrable. Cerraba las puertas con una patada de kárate o apagaba las luces de un disparo. Me costó un montón de años volver al estado anterior, pero todavía, a día de hoy, sobre todo cuando me siento deprimido, fracasado o víctima, no puedo olvidar las lecciones aprendidas en aquella época de cambios perpetuos y espinillas devastadoras. ¿Asimilé la lección?