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| Pierre Subleyras. L’excuse del’artiste |
Querida:
Hace una hora me he zampado un croissant. Por alguna extraña razón su sabor se parecía más al de dos croissants. Y eso me ha sumido en una estúpida perplejidad inmanente. Desde ese fatídico instante, no dejo de pensar en algunos misterios claramente ontológicos como el Ser o la Nada, pero al mismo tiempo, intento no dejar de lado la absoluta relación que mantengo conmigo mismo y con los productos comestibles que de una u otra forma engordan y, a la larga, hacen que me sienta como un idiota seboso que se esconde en el retrete de una fábrica de flotadores intentando no ser pulverizado por un ente invisible que solamente disfruta bloqueando las lipasas gastrointestinales.
Dos minutos después de tragarme el croissant he pensado que seguramente debería haber comprado una ensaimada. Siempre me ha parecido uno de los productos de bollería más provocadores que se elaboran. Y no es porque me recuerde a un excremento vacuno. La verdad es que soy incapaz de explicar la razón, pero cada vez que veo una ensaimada expuesta en un anaquel, me entran unas terribles ganas de acostarme con una panadera. A veces incluso con su marido. Supongo que debe ser parte de la espeluznante crisis de valores que estoy padeciendo. ¡La vida es tan asquerosamente erecta!
Desde hace un par de meses estoy regando a uno de mis Ficus con coca-cola. Creo que lo he convertido en un adicto, porque antes de ayer lo pillé robándome una lata de la nevera. Como castigo le he obligado a que le haga un cunnilingus a una hortensia durante media hora. Desconozco si tal punición servirá de algo, y más conociendo el aborrecimiento que la higuera siente por el sexo oral, pero necesitaba imponer mi autoridad, y de paso dar rienda suelta a mi lascivia demente y obsesiva.
Me estoy convirtiendo en el paradigma de la perversidad. En una especie de cruce entre el emperador Tiberio, Gilles de Rais y la ratoncita Minnie. Ningún cuerpo desnudo humano o aparador de nogal estilo decó está libre de mi apetito insaciable, voraz y desalmado. Deberíais encerrarme. Si no lo hacéis, yo, ejem, me lavo las manos.
Un saludazo
