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| Otto Dix |
Querida:
Tú me conoces. No soy un tipo que se deje asustar por cualquier cosa y tampoco suelo sentir asco por nada. Bueno, si he de ser honesto, existen tres excepciones a esta segunda afirmación:
1) El humorista Ignatius Farray
2) Mariano Rajoy
3) Las cucarachas
La primera excepción no es demasiado importante, pues basta con no sintonizar el canal Paramount para evitar escuchar las memeces que salen de la boca de semejante espécimen. Contra la segunda es imposible luchar. Ese tipo se ha propuesto jodernos la existencia a los que no pensamos de una manera tan cenutria como él y la única forma de que deje de comportarse como un grano infectado en el culo es que unos alienígenas dementes lo secuestren y se lo lleven como mascota a otra galaxia. Pero la tercera es diferente. Odio a esos insectos repugnantes desde la primera vez que me tocó interactuar con ellos. Lo recuerdo perfectamente. Acababa de casarme con una loca introspectiva y vivía con ella y con sus atáques de pánico en una casa oscura cruzada por un pasillo de varios kilómetros de largo. Una noche húmeda de verano, me levanté a las cuatro de la mañana a beber un trago de agua fresca y, a mitad del recorrido, pisé algo que crujió de una forma realmente espeluznante. Como iba descalzo, tuve la sensación de haber aplastado a un pobre caracol perdido, así que a la pata coja me dirigí hacia el interruptor más cercano y encendí la luz. En el suelo, encima de una baldosa, yacía una cucaracha del tamaño de un portaviones rodeada de un líquido repugnante. A partir de esa visión ya no recuerdo gran cosa. Mi cerebro se colapsó y de lo único que estoy seguro es de que mi mujer me salvó cuando me disponía a amputarme el pie con un serrucho.
Te cuento esa historia porque hace una media hora he sentido remordimientos por ese asesinato perpetrado hace 29 años. Está claro que sólo era un puto blatodeo, pero tenía derecho a la vida tanto o más que yo. ¿Cómo pude comportarme de una forma tan insensible y salvaje? Te juro por el dios de los heterometábolos paurometábolos que si pudiera, en este mismo instante, cambiaría mi vida por la suya. Total, mi existencia se asemeja cada vez más a la de un muerto. A veces, cuando me miro en el espejo no puedo dejar de ver una urna funeraria repleta de cenizas e indecisiones. Quizá debería castigarme cara a la pared durante el resto de mi existencia y así evitar tener que sentir la dilatación gravitacional del tiempo y reparar en el poco partido que le saco a esa consecuencia de la relatividad definida por Einstein.
A día de hoy soy la planta menos verde y lustrosa de todas las que viven en mi casa o mi balcón. Me comporto como ellas y vegeto consecuentemente. Lo único que nos diferencia es que yo todavía espero transformarme en algo distinto siguiendo las leyes de la plasticidad fenotípica, aunque eso no sucede, desgraciadamente. Mientras espero que algo, cualquier cosa, me salve del error que estoy cometiendo, poco a poco me he convertido en una forma de vida tan peligrosa como una Irukandji. Y mi cerebro, repleto de miodesopsias que, en lugar de volar, descansan agotadas en los ventrículos laterales, sólo quiere convertirse en tortilla o en alimento para cualquier psicópata antropófago.
Ahora voy a dejarte. Necesito robar un poco de energía al astro rey para realizar de una manera correcta la fotosíntesis. Es posible que en unos cuantos meses me transforme en una vaina.
Un abrazo
