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| Paul Richmond. In hot pursuit |
Querida:
Últimamente no escribo mucho, a decir verdad, no escribo nada. ¿Para qué malgastar el tiempo? Me contento con imaginar diferentes formas de aniquilación (integral) de la raza humana. Y eso, aunque no me saca del letargo en el que me encuentro sumido, por lo menos me mantiene con las suficientes fuerzas como para continuar otro día más. El problema es que la suma total de todos esos días da un resultado de semanas, meses, años, lustros, décadas. ¡Bueno! cada uno gasta su vida como quiere. Tú intentas llegar a algún sitio, sin importarte verdaderamente si existe o no. Otros imaginan un lugar y se establecen en él hasta que alguien derriba sus paredes y entonces no les queda otro remedio que buscarse otro, lo más lejos posible del anterior. Yo, simplemente, no creo en búsquedas ni en encuentros. No imagino, porque conozco el precio de cada sueño. No vivo, porque algo dentro de mí, quizá una célula descompuesta me lo impide.
Mientras contemplo cómo vuelan los momentos, desperdicio los instantes. Y si he de ser sincero, disfruto tachando las cifras de los días en el calendario. Pero mientras los marco con una cruz intento definirlos con un vocablo. Luego escondo cada una de esas palabras en un baúl imaginario y lo escondo en el fondo de cualquier lugar. Y jamás, puedes creerme, jamás, señalo la ubicación donde oculto los resultados de mis frustraciones.
Hace un par de horas he rescatado de un cajón un cuentecito que escribí hace unos meses. Creo que lo voy a retocar, pues de repente se ha puesto de actualidad sin ayuda. Trata sobre un pobre tipo, con aspecto de hippie apolillado que es detenido por enseñar los testículos mientras protestaba en la sección de pescadería de un Mercadona, por la matanza indiscriminada de jureles en el Mediterráneo. Una vez en comisaría, un poli bajito y sin gafas le pregunta la razón de su exhibicionismo. El hippie simplemente responde que imitaba a sus ídolos, las Femen. 48 horas después es llevado ante el juez, que le pregunta lo mismo. Esta vez, el apolillado le responde que él es Jesucristo reencarnado y que todos, incluso el juez, deben arrodillarse ante su presencia. El magistrado, un hombre corpulento pero endeble al mismo tiempo, le condena a 30 años de prisión por intento de asesinato. La primera noche del falso mesías en prisión es muy dura, al ser casi sodomizado por un ente incorpóreo. La segunda noche es sodomizado por el ente incorpóreo. La tercera noche es sodomizado por dos entes incorpóreos. La cuarta noche es sodomizado por los dos entes incorpóreos y un funcionario de prisiones. La quinta noche es sodomizado por uno de los entes incorpóreos, el funcionario de prisiones y su cuñada. La sexta noche es sodomizado por el capellán y el psicólogo. La séptima noche no es sodomizado por nadie, porque es domingo.
Ya sé que no es ninguna gran cosa, pero buscando un buen final y cambiando un par de términos creo que podría ser editado por la editorial del vaticano. Si editan las gilipolleces de la Madre Angélica, no veo por qué razón no van a poder publicar mis demencias.
Un abrazo
