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| Zdislav Beksinski. Untitled 25 |
Amiga mía:
Supongo que no te lo creerás, pero yo fui fascista durante tres horas en 1981. Ocurrió mientras hacía la mili. Como cualquier rojo, y yo entonces ya lo era, odiaba las armas y perder 14 meses de mi vida jugando a soldaditos me parecía una manera muy inútil de gastar parte de mi tiempo. ¡Un tiempo irrecuperable! Así que quise enrolarme en los servicios de policia y vigilancia (VM), pues allí disfrutaban de 10 días de permiso cada 12 de trabajo y además se licenciaban 2 meses antes. El problema era que en ese departamento (por llamarlo de alguna manera) sólo dejaban entrar a fascistas recalcitrantes, y eso después de que pudieran demostrar lo mucho que echaban de menos al Caudillo y al águila negra. Tú no has estado en la mili, pues entonces «no dejaban entrar» a las mujeres, por lo tanto no puedes llegar a imaginarte lo mierda y miserable que me sentía desfilando, saludando a diestro y siniestro y comiendo bocatas de atún en la cantina. La única solución era cambiarme de bando por un tiempo. ¡Y lo hice! No me siento orgulloso, pero no podía hacer otra cosa, así que me agencié una bandera con aguilucho, de esas que se llevaban en el reloj, la pegué al lado de la esfera y me presenté ante el sargento hitleriano que con mano de hierro gobernaba a los polis militares. El tipo era una radiografía insuperable del perfecto facha: gordito y bajito, con aspecto de aceituna con hueso y -of course- un bigotito oscuro, pero bastante repelente pegado en la cara. Una cara inflada, de color azul y con abundantes granos adornando la frente aria. Mi primer impulso fue hacer el saludo fascista, pero aunque lo intenté no pude y empecé a sentirme realmente mal. Pero tenía un plan B y lo puse en marcha.
-¡A sus ordenes, mi sargento!- grité con un tan aire marcial que hubiese dado envidia al mismísimo Göring.
-¿De dónde eres, chaval?- preguntó el aprendiz de nazi
-¡De Valencia, señor!-
-Ummmm, Valencia, ex capital de la república…-
-Mi sargento, mi familia es gallega- repliqué, intentando que colara la mentira.
-¡Eso está mucho mejor! Dime, ¿Por qué quieres entrar en la VM?
-Porque donde estoy destinado, señor, huele a comunista que da asco. No puedo soportarlo.
-Tienes razón. Deberiamos quemar todas las camaretas, pero el capitán no está de acuerdo, necesita esclavos para que le reformen el chalet- contestó con aire apenado.
-¡Señor, le prometo que se sentirá orgulloso de mí!
Por supuesto ese mismo día entré a formar parte de aquellos totalitarios, pero creo que nunca llegó a sentirse orgulloso de mí. Cuando nos dieron la blanca, nueve meses después, el sargento me llamó a un lado y me dijo:
-He estado a punto de expulsarte más de 40 veces. Has sido el soldado más inepto que he conocido en mi vida. ¿Sabes por qué no te mandé a chupar guardias?
-¡No señor!
-Porque me recuerdas a mi perro «Queipo». Y yo quiero mucho a mi perro. ¡Puedes retirarte!
Antes de servir a la patria, a menudo me habían confundido con insectos o incluso con palos secos y llenos de musgo verde, pero nunca con un chucho, por lo que no me sentó demasiado bien tal comparación; pero me retiré, tragué saliva, me vestí de civil y salí de ese antro de carcamales adoradores del fascio a toda prisa. Una vez estuve al otro lado de la valla, ví al sargento que me miraba con ojos inquisidores y saludándole con una mano y con una sonrisa en la cara le grité:
-¡Guauuuuu, arf arf!
Un saludo
