Email del 25 de abril 2014

Giacomo Balla. Vortex space form (1914)

Hola:

Empecé a hacerlo cuando tenía unos 12 años. La primera vez fue algo extraño, pero pronto le cogi el tranquillo y me hice un experto. Ahora soy capaz de practicarlo con los ojos cerrados o durmiendo. He llegado a un punto en que ni siquiera necesito usar las manos. Me concentro y el milagro sucede. A veces me deja perplejo, pero no porque sienta que rozo la maestría, sino porque puedo detenerlo sin ningún esfuerzo. Cuando pienso en las primeras veces no puedo dejar de esbozar una sonrisa. Entonces era más importante el comienzo que el desarrollo o el final, sin embargo, en estos instantes de mi vida, sólo me interesa el desenlace, que puede llegar a ser eterno. Todo depende de las imágenes que forme en el cerebro. Claro que también entran en juego otros factores secundarios, como las circunstancias en las que me encuentro o la disponibilidad de tiempo. Cuando éste último es eterno, y por eternidad me refiero a que puedo demorarlo, ralentizarlo o jugar con él a mi antojo, la satisfacción es indescriptible. En esos instantes sé que soy el dueño de mis movimientos y nada ni nadie me importa y me convierto en un egoista, porque una descarga autoscópica repentina tiene que ser expulsada.

Te juro por mis antepasados, que la sensación resultante es tan adictiva como la morfina.

Un abrazo

PD: Te ruego que no pienses mal de mi texto, pues sólo escribía sobre los viajes astrales inducidos.