Email del 28 de abril 2014

Hans Baldung. Death aand wife (1520)

Amiga mía:

El caso es que quiero saber un poco más sobre la Nada y no sé a quién preguntarle. Si buscamos en un diccionario veremos que se define como la inexistencia absoluta de cualquier cosa, pero si le preguntáramos a la tendera de la esquina seguramente la concretaría como la sensación que siente su marido cuando no puede contratar a una prostituta. Ambas definiciones me parecen respetables, pero me dejan bastante perplejo. Por esa razón he decidido crear mi propio concepto de dicha palabreja e intentar vivir conforme a ella. A partir de mañana a las siete, es decir, después de afeitarme por última vez, me sentaré en una silla y esperaré allí a la muerte. Si mis cálculos son precisos, ésta vendrá a por mí en un plazo no superior a las 72 horas. Le he dejado unas galletitas saladas en un plato encima de la mesa y dos coca-colas en el refrigerador, una normal y otra light. Quiero que se sienta a gusto y que me trate con benevolencia, pues he leído que a menudo se comporta de forma abrupta y que su carácter es volátil e irritable.

¿Volátil e irritable? ¿Pero qué se ha creído esa puta Parca? Nunca he tenido miedo a nadie y no voy a convertirme en un gallina a estas alturas.  Nada de galletitas saladas ni coca-colas. Si le apetece un refrigerio que se lo traiga ella misma.  Además, pienso plantarle cara. Para empezar, voy a atarme a la silla y…pero ¿qué demonios digo? No tengo por qué esperarla. Todavía gozo de una salud robusta y nadie que conservara intactas sus facultades mentales me echaría 52 años, pues aparento 30 menos. Además, no pienso afeitarme ya que me queda mejor la barba. Vuelvo a tener ganas de existir. La vida es una maravilla.

La vida es una mierda. Y si no que se lo pregunten a la tendera de la esquina. Su marido disfruta penetrando por dinero, mientras ella debe hacer la colada, preparar la cena y gastar un dinero que no tiene en Vaginesil y miembros viriles de látex. Y mientras eso sucede, yo tengo que ver cómo cada día se convierte en la exacta repetición del anterior. No puedo seguir engañándome. Me sentaré en la silla y esperaré a que venga a por mí y me envuelva con su manto. Con una sonrisa complaciente y el corazón henchido de alegría y gozo. Como tenía pensado, le dejaré un platito con galletitas saladas y una Coca-cola light. He oído que la muerte es diabética y no quiero tener sobre mi conciencia una subida de azúcar repentina.

Pero si me quedo ¿qué gano? Nada, no gano una mierda. Aunque si me voy, ¿quién dará de comer a los ajolotes? La Nada no tiene definición, por lo menos una que sirva para complacer a todos. La tendera de la esquina debería descuartizar a su marido, pero antes de hacerlo, sería importante que pensara en el futuro de sus hijos. Uno de ellos, el mayor, está convencido de que es un farallón calcáreo y vive en un pozo. El otro se casó con una viuda y ahora dirige un crematorio de animales de compañía y dos empresas de muebles de lujo. A él le compré la silla en la cual quería esperar a la muerte… ¡Pero si yo jamás he esperado a nadie! Todos me han esperado a mí. ¿Galletitas saladas y Coca-cola light? Nunca he tenido esas guarradas en mi alacena, seguramente porque nunca he tenido alacena. Creo que debería salir a la calle, respirar el aire puro, dejarme bañar por los rayos del sol y, cuando esté oxigenado y moreno, hacer una visita a la tendera y untarle yo mismo el Vaginesil.

Un abrazo