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| John Collier. The last voyage of Henry Hudson (1881) |
Hola:
Le llamábamos Cad, aunque su verdadero nombre era Cadwell. Nació en Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch, un pueblecito galés que ostenta el record al nombre más largo, aunque eso no tiene la menor importancia. Cuando cumplió los 25 se fue a vivir a Tsiroanomandidy, una ciudad de Madagascar, y allí contrajo matrimonio con Llandi, una preciosa mujer que le doblaba la edad. Tres años más tarde se separaron y él vino a vivir a Valencia. Al principio lo pasó bastante mal, pues no se le daba bien nuestro idioma, pero al cabo de un par de años se había integrado completamente. Ayer murió. La noticia ha supuesto un shock para todos los que lo conocíamos, sobre todo, porque sabíamos que con su deceso ya nunca podríamos cobrar lo que nos adeuda. Y es que Cad era un vividor al que no le importaba el dinero. Vivía a costa del de sus amigos y conocidos. Por eso palmó con una sonrisa en la cara. Por lo menos es lo que me ha dicho su compañero de piso. Y yo, me lo creo.
Cad tenía dos pasiones fundamentales: pedir dinero y viajar. En un año y medio recorrió parte del planeta. Un día, mientras estaba sentado con él y otros dos colegas en la terraza de una cafetería, le pregunté cuales eran los lugares que más le habían impresionado. Con un rayo de luz incolora pero sideral cruzándole la mirada me contestó:
-Bueno, si tuviera que elegir hoy mismo, ahora mismo, te diría que Pekwachnamaykoskwaskwaypinwanik, en Canadá.
Y Äteritsiputeritsipuolilautatsijänkä, en Finlandia, que es una zona pantanosa increíble.
Pero también aluciné en Tweebuffelsmeteenskootmorsdoodgeskietfontein, que está en Sudáfrica. ¿Sabéis que quiere decir en africans Tweebuffelsmeteenskootmorsdoodgeskietfontein? Bueno, supongo que no. Su traducción literal sería algo así como “el río donde dos búfalos fueron asesinados con una sola bala”. Claro que si me hicierais la misma pregunta otro día, seguramente las respuestas variarían. Es probable que me decantara por Taumatawhakatangihangakoauauotamateaturipukakapikimaungahoronukupokaiwhenuakitanatahu, que es una colina neozelandesa que parece de otro mundo, de otra dimensión. Traducido querría decir más o menos “la cima donde Tamatea, el hombre de grandes rodillas, el escalador de montañas, el devorador de tierra, el viajero incansable, tocó su flauta a un ser querido”. Cuando me muera quiero que esparzan mis cenizas y mis pagarés allí.
Pero no podrá ser. Primero, nadie va a costear el desplazamiento de sus restos a un lugar tan lejano y, segundo, no creo que ninguno de los que lo conocíamos seamos capaces de escribir ese nombrecito sin cometer seis o siete errores gramaticales, por lo cual, y esto es una suposición, su cuerpo, acabaría dando vueltas por el planeta, de avión en avión, hasta que al final fuera reembolsado nuevamente a Valencia. Para entonces ya habríamos fallecido todos de viejos y nadie sabría qué hacer con sus despojos. Pero creo que me he dejado llevar por el sentimentalismo y he omitido las causas de su repentina muerte. Desde hace algunos meses, Chad se quejaba de dolores en el vientre y además sufría una estangurria dolorosísima que le hacía andar literalmente doblado. Por eso no me ha extrañado demasiado el tipo de cáncer se lo ha llevado para siempre. Puedes llegar tú misma a tus propias conclusiones. Yo, de momento, no quiero dejar de pensar en él, y en su larga y lacia barba estilo Atenodoro Cananita, que le daba un aspecto de anciano matusalénico que engañaba a todo aquel que no lo conocía. ¡Y acababa de cumplir los 30! Supongo que es una buena edad para acabar con todo, pues no eres demasiado joven como para lamentarte de los años que te quedan por delante, ni tan viejo como para creer que lo has visto todo, y que lo sabes todo, y que todo no es más que una puta mierda, aunque disfrutable, si no se toma demasiado en serio.
Un abrazo
