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| Gerrit Dou. The cook (1660-1665) |
Amiga mía:
Al principio todo era oscuridad, por esa razón, cuando encendí la lámpara de la mesilla de noche empecé a encontrarme mucho mejor. Dormir había sido un acto imposible. No podía dejar de escuchar en mi cerebro las palabras que Adela me escupió dos días antes: «Nunca te quedan jugosas las albóndigas». Adela era una cocinera profesional manca que preparaba unos menús deliciosos con los pies. Pese a su discapacidad física había trabajado como ayudante de cocina para algunos de los chefs más famosos del mundo hasta que decidió retirarse porque su bromhidrosis se volvió insoportable. Como necesitaba una ocupación yo la contraté para que me hiciera la vida imposible y me insultara de vez en cuando. Le pagaba bien y ella estaba contenta, pero meterse con mis albóndigas, un plato que había preparado multitud de veces y que siempre me había proporcionado vítores de satisfacción por parte de los comensales, había superado el límite de mi paciencia. Por eso decidí matarla. Todos sabemos que las afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias. Quizá si me hubiese dicho que el pan rallado se descomponía al pincharlas con un tenedor o que las guisaba demasiado tiempo le hubiera perdonado la vida.
Después de dar vueltas y vueltas a la idea, he pensado cuándo y de qué forma llevaré a cabo su ejecución. Será mañana y la quitaré de en medio por inanición. La ataré y la amordazaré cuando esté dormida y me sentaré a su lado leyendo revistas hasta que la palme. Lo tengo todo tan bien meditado que siento escalofríos de gozo cuando lo imagino. ¡Meterse con mis albóndigas! ¡Pero qué se habrá creído esa tullida entrometida! Haré que pague caro su atrevimiento. Te cuento esto porque sé que me guardarás el secreto, y que como asesina profesional -pues no se te podría llamar de otra manera, después de haber dado muerte a tus tres hijos, tu dos maridos y un hamster dorado- valorarás mi método eutanásico, brutal, pero bien concebido. Luego desmembraré su cadaver, lo introduciré en dos cajas plastificadas y lo remitiré a la dirección de una pareja de críticos culinarios que viven en El Cairo y que siempre opinaron que mi contribución a la gastronomía mundial era semejante a la del pato Donald.
Ahora tengo que dejarte. Te seguiré informando. Espero que si todo se tuerce pueda contar con tu ayuda y me seas útil como coartada. Si no es así te recuerdo que como delator no tengo competencia entre mis congéneres. Tú ya me entiendes…
Greg
