mayo 2014

Email del 13 de mayo 2014

Nik Christensen. Howl (2010)

Amiga:

Removiendo algunos papeles viejos, repletos de anotaciones, direcciones y apuntes tontos, he encontrado un texto que escribió mi perra Tita unos meses antes de morir. Tita era una Beagle tricolor, estilizada, con un carácter muy diferente al del resto de sabuesos y con algunas peculiaridades fabulosas, pues era capaz de leer, escribir, pintar y componer sinfonías. Aunque el escrito es bastante largo, he decidido transcribirte un par de párrafos escogidos al azar:

«El homo sapiens, creación imperfecta de la naturaleza, justifica sus actos perversos por medio de la irracionalidad que determina su proficuo anhelo soteriológico. Nacer no es un delito, es un delirio pírrico que os exime de las imperfecciones del futuro. Las circunstancias determinantes de semejante maldición -pues desconozco otra manera de designar la concepción y el posterior alumbramiento humano- son irreconciliables con su propia naturaleza. Por esa razón a nadie deberían extrañar los trágicos resultados que se obtienen obligando a sobrevivir a una especie marrada por una hominización biológica, tan cruel como insatisfecha. Es esa misma evolución imperfecta la que os dotó con un andar bípedo y pies no prensiles, con el primer dedo alineado con los restantes; con un cráneo hipercefálizado y con capacidad casi infinita para racionalizar y crear despropósitos, incongruencias o confusión.» 

«Os persignáis ante la epifanía del rencor y la venganza, porque sois incapaces de asumir un criterio de identificación, y mientras vuestros gestos y posturas corporales intensifican la irrealidad en la que os sentís sumergidos. Sois penitentes «genuflectentes», restos de un naufragio piadoso cuya consecuencia inmediata es poner cierto orden en un desorden claramente establecido. Por eso os condeno. Os condeno mientras me lamo las patas, mientras recolecto información de olores y sabores manteniendo la trufa pegada al suelo. Os condeno a avanzar a un destino incierto, sintiendo en los corazones el glacial frío de la demencia, que en realidad es un precio irrisorio para el resto de habitantes del Universo.»

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Email del 12 de mayo 2014

Jacek Yerka. Time of mushrooms (2011)

Amiga:

Como no existen supositorios que hablen, he decidido crear uno que posea dicha capacidad. Imagina que mientras te introduces uno para combatir cualquier dolencia conocida se escucha una voz bien modulada que te infunde animos del tipo «lo estás haciendo muy bien» o «así, sigue así, cuidado, por ahí no». ¿No sería el proceso mucho más sencillo de esta manera? Claro que en lugar de una voz podría llevar grabado un himno o una marcha triunfal, o incluso un par de chistes escatológicos que quitaran un poco de «hierro al asunto», si me permites la expresión. Nunca he sido un tipo normal, siempre que se entienda por normalidad una cualidad habitual y mayoritaria. Considero que la evolución humana está supeditada a ciertas inconveniencias asociales, con cierto grado de demencialidad y un alto porcentaje de patafísica abstracta. ¿Debo creer que cualquier ser que pretenda excluirse del consenso sobre lo que se entiende como razonamiento cabal es un paria despreciable al que debe dejarse de lado? Amiga mía, nuestro planeta gira porque no hay nada que lo detenga.

Hace algunos años, mientras caminaba por un bosque pensando en ciertos conceptos equivocados que necesitaban una remodelación parcial para que pudieran seguir siendo creídos como parte de la esencia lógica, necesaria e imprescindible, fui contactado por un hongo solitario que crecía debajo de un pino centenario. Sus palabras, en forma de esporas siseantes, se incrustaron en mi cerebro. Al principio no pude entender su significado, pero tras meses de duro trabajo fui capaz de traducirlas, y lo que es más importante, de comprender sus significado oculto. Puedes pensar que un tipo que habla con una seta debería estar encerrado de por vida, pero, ¿acaso los creyentes o los místicos no hablan con esa divinidad superior e intangible a la que denominan Dios?

No estoy autorizado a transcribirte las palabras, repletas de sentido y conocimiento, que ese parásito sin clorofila y con reproducción asexual compartió conmigo. Ni las conversaciones, esporádicas pero repletas de clarividencia y lucidez, que he mantenido con piedras, hierbas secas o tocones podridos y que son las verdaderas causantes de que mi cerebro esté a años luz de los del resto de humanos. Seguiré desarrollando ideas, conceptos que nada tienen que ver con este mundo poco o nada solidario y bondadoso. Y pintaré cada secuencia de la existencia con los colores que me sean transferidos. ¿Lógica? Para qué necesitamos ser lógicos si al final acabaremos en un hoyo oscuro y rodeados de gusanos?

Beso y abrazo

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Email del 11 de mayo 2014

John Collier. The last voyage of Henry Hudson (1881)

Hola:

Le llamábamos Cad, aunque su verdadero nombre era Cadwell. Nació en Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch, un pueblecito galés que ostenta el record al nombre más largo, aunque eso no tiene la menor importancia. Cuando cumplió los 25 se fue a vivir a Tsiroanomandidy, una ciudad de Madagascar, y allí contrajo matrimonio con Llandi, una preciosa mujer que le doblaba la edad. Tres años más tarde se separaron y él vino a vivir a Valencia. Al principio lo pasó bastante mal, pues no se le daba bien nuestro idioma, pero al cabo de un par de años se había integrado completamente. Ayer murió. La noticia ha supuesto un shock para todos los que lo conocíamos, sobre todo, porque sabíamos que con su deceso ya nunca podríamos cobrar lo que nos adeuda. Y es que Cad era un vividor al que no le importaba el dinero. Vivía a costa del de sus amigos y conocidos. Por eso palmó con una sonrisa en la cara. Por lo menos es lo que me ha dicho su compañero de piso. Y yo, me lo creo.

Cad tenía dos pasiones fundamentales: pedir dinero y viajar. En un año y medio recorrió parte del planeta. Un día, mientras estaba sentado con él y otros dos colegas en la terraza de una cafetería, le pregunté cuales eran los lugares que más le habían impresionado. Con un rayo de luz incolora pero sideral cruzándole la mirada me contestó:
-Bueno, si tuviera que elegir hoy mismo, ahora mismo, te diría que Pekwachnamaykoskwaskwaypinwanik, en Canadá.
Y Äteritsiputeritsipuolilautatsijänkä, en Finlandia, que es una zona pantanosa increíble.
Pero también aluciné en Tweebuffelsmeteenskootmorsdoodgeskietfontein, que está en Sudáfrica. ¿Sabéis que quiere decir en africans Tweebuffelsmeteenskootmorsdoodgeskietfontein? Bueno, supongo que no. Su traducción literal sería algo así como “el río donde dos búfalos fueron asesinados con una sola bala”. Claro que si me hicierais la misma pregunta otro día, seguramente las respuestas variarían. Es probable que me decantara por Taumata­whakatangihanga­koauau­o­tamatea­turi­pukakapiki­maunga­horo­nuku­pokai­whenua­kitanatahu, que es una colina neozelandesa que parece de otro mundo, de otra dimensión. Traducido querría decir más o menos  “la cima donde Tamatea, el hombre de grandes rodillas, el escalador de montañas, el devorador de tierra, el viajero incansable, tocó su flauta a un ser querido”. Cuando me muera quiero que esparzan mis cenizas y mis pagarés allí.

Pero no podrá ser. Primero, nadie va a costear el desplazamiento de sus restos a un lugar tan lejano y, segundo, no creo que ninguno de los que lo conocíamos seamos capaces de escribir ese nombrecito sin cometer seis o siete errores gramaticales, por lo cual, y esto es una suposición, su cuerpo, acabaría dando vueltas por el planeta, de avión en avión, hasta que al final fuera reembolsado nuevamente a Valencia. Para entonces ya habríamos fallecido todos de viejos y nadie sabría qué hacer con sus despojos. Pero creo que me he dejado llevar por el sentimentalismo y he omitido las causas de su repentina muerte. Desde hace algunos meses, Chad se quejaba de dolores en el vientre y además sufría una estangurria dolorosísima que le hacía andar literalmente doblado. Por eso no me ha extrañado demasiado el tipo de cáncer se lo ha llevado para siempre. Puedes llegar tú misma a tus propias conclusiones. Yo, de momento, no quiero dejar de pensar en él, y en su larga y lacia barba estilo Atenodoro Cananita, que le daba un aspecto de anciano matusalénico que engañaba a todo aquel que no lo conocía. ¡Y acababa de cumplir los 30! Supongo que es una buena edad para acabar con todo, pues no eres demasiado joven como para lamentarte de los años que te quedan por delante, ni tan viejo como para creer que lo has visto todo, y que lo sabes todo, y que todo no es más que una puta mierda, aunque disfrutable, si no se toma demasiado en serio.

Un abrazo

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Email del 9 de mayo 2014

Ralph Goings. Flowered table top (1978)

Querida amiga:

Me encanta salpimentar. No en vano fui el inventor de esa palabra. Ocurrió un día en que tenía la moral por los suelos. Me hallaba abatido intentando desarrollar un fonema especial que pudiera ser utilizado en el lenguaje coloquial, cuando, de repente, escuché un ruido que provenía de la calle. No era un ruido normal, me recordaba al sonido que emite un tamandua cuando le chafas una pezuña con un edredón de plutonio. Así que decidí asomarme, pero lo único que pude ver fue a una señora gorda tirada en el suelo y a un hombre joven con aspecto de orinal de porcelana venido a menos a su lado intentando ayudarla a incorporarse. Una vez la señora gruesa -por llamarla de alguna forma, ya que debía tener el tamaño y el peso de un portaaviones y medio- se levantó, el tipo que estaba con ella emitió un gritito de horror al mismo tiempo que se llevaba las manos a la cabeza.
-¡Dios! Van a cerrar la tienda.
-Pues corre, corre, necesito el perejil para la tortilla de perejil. Si no le pongo perejil, no será una tortilla de perejil. Y de paso compra sal- gritó el portaaviones.
-¿Gruesa o fina?- preguntó con miedo el orinal.
-Fina, pero corre, corre, que son las dos y media. ¡Y no olvides el perejil!
Después de escuchar esa conversación me senté en mi silla de pensar. Durante cuatro horas y media le di vueltas a la cabeza, hasta que llegó un punto en que sentí que estaba cerca. De pronto, una luz se encendió, pero tuve que levantarme a apagarla. Mientras volvía a sentarme, otra luz se encendió, pero esta vez en mi cabeza. ¡Había hecho historia! Ya tenía la palabra: «salperejilar», es decir echar sal y perejil. Estaba eufórico. No podía dejar de repetirla.
-«Salperejilar», «Salperejilar»…um… me voy a forrar. Vaya, hoy todo me rima. Soy un genio. Me quiero. Me quiero… ¡No! ¡No me quiero! Es una mierda de palabra compuesta. Suena fatal. Tengo que seguir trabajando en ella.
Regresé a mi silla de pensar y dediqué el resto del día y la noche a perfeccionarla. Por la mañana, mientras me peinaba la calvicie, de una forma casi mágica llegó hasta mi cerebro la solución final.
-¡Eureka! ¡Ya lo tengo! ¡No debo seguir peinándome, ya que no tengo pelo!
Entusiasmado, llamé a mi mejor amigo y le conté mi ocurrencia. Por supuesto, él no me contestó porque todavía no había nacido. Deprimido, me miré al espejo. Reflejado pude ver a un demente genial. Mientras me hurgaba un ojo, me sangró la nariz.

No, no puedo continuar con esto. Me niego a contar cómo desarrollé la palabra «salpimentar». ¡No lo creeríais! Además me juego una ducha fría. Aquí, en el frenopático, no nos dejan escribir, ni reír, ni nada que acabe con «ir». Como no nos proporcionan ni papel ni bolígrafo, utilizo mi saliva mezclada con orín. Y con la ayuda de un empaste que ayer se me cayó y que hace las veces de pluma, os garabateo estas tristes líneas. Espero que no las descubran o mi vida no valdrá absolutamente nada.

G.L.

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Email del 7 de mayo 2014

Odilon Redon. The smiling spider (1891)

Amiga:

Mi balcón está repleto de plantas; desde suculentas con formas desiguales y diferentes tamaños, hasta reptantes como ipomoeas, thunbergias y passifloras. Éstas tres últimas especies han colonizado cada centímetro de las paredes, el techo y, por supuesto, de las cuerdas que antes servían para tender la ropa. Es en esas cuerdas, ahora practicamente ocultas por capas y capas de tallos estirados y serpenteantes cubiertos de hojas y flores, donde una estúpida y despistada arañita de no más de medio milímetro y con aspecto mefítico ha decidido tejer su tela. Tú conoces mi pasión por cualquier clase de insecto que se arrastre, salte, pique o muerda, pues soy plenamente consciente del papel que desempeñan en cualquier jardín que se precie, pero no me gusta demasiado que edifiquen sus construcciones sedosas en uno de los pocos resquicios que dejan las cascadas de vegetación colgante para poder asomarme y mirar lo que sucede en la calle.

Por esa razón, desde el primer momento -y de eso hace cerca de tres semanas- intenté convencerla para que se mudara a otra localización apartada, destruyendo su telaraña y trasportándola con sumo cuidado a su nuevo emplazamiento, una esquina a la sombra de una crassula vieja con un tronco leñoso con forma de mano abierta. ¡Pero no sirvió para nada! Desde entonces ambos mantenemos una lucha encarnizada para ganar la batalla. Desconozco si es por llevarme la contraria o simplemente porque es algo bobalicona, pero me estoy empezando a cansar de repetir la misma operación varias veces al día. Quizá si tratara de desaracnizarla, ya sabes, hacerle creer que es una piedra o una regadera de hojalata, mis preocupaciones se reducirían considerablemente o incluso finalizarían. Pero, ¿cómo se reeduca a un insecto?

Otra posibilidad sería aplastarla con mis manazas o de un dinámico pisotón y dejarme de tonterías. El problema es que soy incapaz de matar cualquier ser vivo que posea más de cuatro ojos o seis patas. Llegados a este punto, ¿qué puedo hacer para detener esta cadena de sinsentidos y contradicciones demenciales? La respuesta es contundente: no tengo ni puñetera idea. Tal vez si le buscara una pareja podría…¿Pero qué demonios estoy diciendo? ¿Hacer de vulgar alcahuete de un tozudo arácnido a mi edad? Creo que estoy descontrolándome. Debería mantener la cordura, o por lo menos demostrar que soy el más fuerte delante de ella, pues está empezando a sentirse triunfadora. Lo noto cuando la transporto. Puede que sean cosas mías, pero esta mañana he escuchado una risotada triunfal. ¡Y sólo estábamos ella y yo! Y te juro que yo no he sido. Puedo dar fé de que las plantas tampoco. ¡Esto va acabar muy mal! Tan mal. Tan mal.

Saludos

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Email del 2 de mayo 2014

Jiro Takamatsu. Slack of net (1969)

Hola:

Hoy me he dado de baja de Facebook. Mi amistad con el capullo de Mark Zuckerberg ha finalizado para siempre. Y si quieres que te sea sincero, me siento muy contento con la decisión. Hace un par de meses un amigo mío borró su cuenta; desde entonces le ha tocado la Primitiva cuatro veces, su mujer ha dejado de hacer Yoga en casa de su maestro espiritual y su hija mayor y su yerno han tenido su tercer hijo, éste último de penalty. ¡Todo son ventajas! Pero también existe algún inconveniente, aunque en estos momentos no se me ocurre. Los 5 minutos (de cada media hora, en algunas temporadas) que dedicaba al día a esa red social los invertiré en bolsa. Con lo que saque, me pagaré un psicólogo que haya sido expulsado del Colegio Oficial de Psicólogos -de ese modo, las sesiones resultan mucho más económicas- y cuando me sienta fortalecido me largaré a un prado infestado de vacas lecheras, me tumbaré sobre una «miedra» -que no es más que una piedra rodeada de mierda- y me dedicaré a meditar. Por supuesto haré varias pausas entre reflexión y reflexión, sobre todo para espantar a las moscas.

Me encuentro tan esperanzado con el cambio que se avecina que soy capaz de imaginarme hasta las conversaciones que puedo mantener en mi retiro:
VACA 1: Muuuuuuuuuuuu uuuuh
YO: ¡Hola, preciosa!
VACA 2: Muuuuuuuuuu Muuuuuuuuu
YO: Te lo puedo explicar si quieres…
VACA 2: Muuuuuuuuuuuuuuuuuuuu
YO: Mira, guapísima, es fácil. Si damos por supuesto que el dilema consecutivo entre la negación lógica (por supuesto, dentro de lo que podriamos definir como la lógica intuicionista) y la abundancia alternativa dependen del análisis de la experiencia en términos de sujeto e intención, llegaríamos a la conclusión…
VACA 1: Muuuuuuuuuuuuuuuuuu
YO: Está bien. ¡Me callo!

Mientras estuve en Facebook conocí a muchas vacas y toros, algunas terneras, varios becerros y un eral. Incluso llegué a cultivar una verdadera amistad con una novilla daltónica, pero nunca llegué a sentirme plenamente realizado leyendo o viendo las noticias y fotos que subían a sus respectivos muros. Entonces, ¿para qué seguir en ese antro repleto de ególatras presuntuosos -club que me incluye a mí- donde el Dios supremo es un falso «Me gusta» y la fama similar a la de un patio de colegio? Un algar semisubterráneo en el que para ser aceptado se necesita mucho tiempo que perder, ansia de reconocimiento, un carnet de desvencijado social y un perfil más falso que La Biblia. Una guarida poco o nada oculta, donde se comercia con una amistad que no existe o que está a punto de desaparecer. Los amigos se hacen y se cultivan en la calle, no en chozas virtuales. Ha sido así desde el principio de los tiempos y continuará siéndolo hasta que el último Homo sapiens se vuele los sesos.

Un saludazo.

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