Email del 7 de junio 2014

Stuart Morle. Pope (2013)


Amiga mía:

Soy ateo desde los 14 años. Hace algunas décadas tuve que asistir obligado a una misa. No te voy a contar la razón porque necesitaría perder demasiado tiempo. Tiempo que ya no tengo. En realidad fue un oficio diferente, pues al finalizar éste, unos loqueros se llevaron al párroco. Voy a tratar de transcribir su homilía tal y como la recuerdo.

Queridos feligreses:




Uno de mis trabajos como pastor es oficiar bodas y funerales. Ya sé que os he dicho esto antes pero volveré a repetirlo por si algunos de vosotros no lo recordáis: no me gusta oficiar esponsales. Prefiero enterrar antes que casar. Aun así, realicé el casamiento de un hombre y una mujer que fumaban marihuana. Se supone que la gente que asiste a una boda son familiares y amigos cercanos, ¿no es cierto? Pues a esa ceremonia sólo asistieron los miembros de un club de cultivadores de Cannabis y tres ciervos jóvenes. ¡Sí! No creáis que me he vuelto loco. Deduje que eran subadultos por la librea juvenil que rodeaba sus cuerpecitos. Y porque sus cuernos eran tan pequeños como los ventrículos de vuestros corazones. Mientras yo intentaba casar a esos desdichados, los cultivadores fumaban y los ciervos rumiaban. Hasta que llegó un momento, seguramente debido al humo negro que impregnaba cada átomo de aire, en que me vi intentando casar al hombre con un ciervo y obligando a la mujer a rumiar entre dos de los agricultores. Cuando por fin pude terminar los esponsales, un cultivador me dio un beso en la boca y uno de los ciervos me corneó en un testículo. Os lo mostraré. ¡Mirad! Acercaos y comprobad la cicatriz. ¿Podéis verla? ¡Tocadla sin miedo. Pasad la mano. 


Ahora, retiraos a vuestros asientos para que yo pueda proseguir con el sermón. ¡Bien! El mundo en que vivimos tiene un único camino y esto es lo que nos dice ese camino: busca siempre ser el número dos, pues si eres el primero en todo, tendrás que justificarte continuamente, mientras que si te quedas en segundo o tercer lugar, nadie te pedirá prestado dinero. Yo entiendo lo mucho que os cuesta hacer sacrificios. ¿Acaso nuestro señor no se sacrifica a cada segundo por vosotros, pedazos de estúpidos? ¿Cuándo vais a dejar de fornicar? ¿Cuándo vais a encomendar vuestros cuerpos carcomidos por la envidia y el alborozo carnal en pos de la libertad del alma? ¡Fornicadores! ¡Sois unos fornicadores lujuriosos! ¡Y yo detesto con todas mis fuerzas a los fornicadores! Sobre todo a los que no saben distinguir una erección de una crucifixión. ¿Habéis fornicado alguna vez estando crucificados? Yo sí. Y os aseguro que es un ejercicio francamente difícil. No está al alcance de vuestras pútridas emociones. Por esa razón no puedo dejar de preguntarme cuál es el sentido de vuestras existencias. ¿Sabéis lo que he visto en la vida? He visto tristeza. He visto desconsuelo. He notado vuestra apatía. Tratad de volver la vista atrás. Intentad borrar de vuestros recuerdos las malas decisiones. 


Mi pensamiento de hoy es el siguiente: Jesús fue el hijo de un humilde carpintero. Cierto día, más o menos cuando tendría unos 20 años, contestó a su padre de una manera tan insolente que éste le golpeó la cabeza con un raspador. Podéis comprobarlo viendo la herida en el sudario de Turín. Justo al lado de las cicatrices que dejó en su santo cráneo la corona de espinas. Si sois incapaces de apreciar esa marca, compraos unas gafas graduadas. Y de paso, graduad vuestros lamentos de incertidumbre predicando la moderación como virtud esencial para alcanzar el cielo. Sabed que allí, en ese cielo misericordioso, no está permitido el amancebamiento libidinoso, impúdico, vicioso, pornográfico. Si necesitáis gozar de los placeres de la carne y la perversión lasciva es mejor que sigáis a Lucifer. Yo conocí a ese demonio cuando fui joven. Todavía le debo un favor. 


Ahora, para finalizar esta homilía, quiero deciros algo: a veces pasamos momentos duros y el gozo fervoroso hace aguas. Dejad que Dios os escriba la vida o por lo menos, dejad que os escriba el epílogo y algunas notas a pié de página. No os contentéis con seguir un guion redactado por la decadencia. Comportáos como lo que nunca habéis sido. Actuad si es preciso. Y respetad a los ciervos jóvenes. ¡Pero alejaos velozmente de cualquier granjero que tenga las pupilas dilatadas!


Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos no necesitan comprar gamuzas.