Email del 8 de junio 2014

Alexandre Gabriel Decamps. El mono pintor también llamado Interior del estudio (1803-1860)

Querida:

El talento está tan caprichosamente repartido como el resto de atributos otorgados por la naturaleza. Algunos nacen con ese don y saben aprovecharlo. Por el contrario, existe una gran mayoría de sujetos que aunque carecen por completo de él, están convencidos de que lo tienen y no se cansan nunca de intentar demostrarlo. Mientras llevan a cabo sus pomposas ostentaciones, un poder extraordinario crece en sus interiores, transformando las pocas cualidades positivas que todavía podían quedarles en una especie de magma orgiástico de egocentrismo concentrado tan denso como el lodo glutinoso y que es francamente difícil de soportar. Claro que también son terriblemente insoportables los individuos que llevan hasta el paroxismo el perturbador e indestructible arte de la modestia desatada. Conozco tipos que son capaces de hablar de sí mismos durante horas sin ni siquiera tomarse una pausa para repirar o tragar saliva, y que suelen terminar sus cadencias abrasadoramente petulantes con una serie de variaciones clásicas, diseñadas por semidioses en estado de conciencia errática, que sólo demuestran absoluta debilidad. Ya sabes, del tipo de «todo lo que escribo no vale nada», «me gustaría tanto pintar como Rembrandt» o «ninguna de mis composiciones perdurarán porque son realmente malas», por ponerte unos pocos ejemplos representativos.

Por esa razón, el creador, el auténtico creador, el artista, debería permanecer callado siempre porque su obra, buena, regular, desconcertante o fallida, se expresa por él. Así, ese embriagador mutismo se convertirá en distinguido éxtasis para cualquiera que intente, y consiga, traspasar la puerta de su universo creativo particular. Entonces, cada una de sus propuestas, tanto lógicas como irracionales, será entendida como un posible beneficio legítimo y las poco probables pérdidas se equilibrarán, eso sí, perdiéndose en el proceso parte de esa aureola mágica que, según parece, acompaña al propio desarrollo creativo.

Para terminar, quiero hacerte una observación de extraordinaria importancia. Me resulta sumamente difícil aplicar a mi persona los criterios desarrollados en los dos párrafos anteriores. Carezco por completo de talento literario (o de alguna clase) y tampoco me gusta parecer falsamente modesto. Digamos que (sencillamente) soy un fraude, un payaso o un charlatán embaucador. O quizá, las tres cosas a la vez.

Un saludo