Email del 2 de marzo 2015

Francisco de Zurbaran. Agnus Dei (1636-1640)

Amiga:

Esta mañana he estado vaciando cajones y poniendo en orden mi despacho. Entre miles de papeles con textos incompletos para un posible cuento y un currusco de pan de 1992, había una nota anónima que me ha hecho recordar la cantidad de subhumanos que se pasean impunemente por nuestras ciudades. Voy a copiártela con exactitud, aunque corregiré sus faltas ortográficas y añadiré todas las tildes que semejante espécimen olvidó poner.

Cabrón:


No te acordarás de mí. Soy el cliente de Mercadona al que le robaste el pack de yogures griegos de Danone con tropezones de chocolate. Bueno, la verdad es que no me los robastes de mi carro, sino que te adelantaste a mí y cogistes los últimos que quedaban. No sabes cómo te odio. Por tu culpa no he podido cepillarme a mi jefa. Me mandó expresamente a por esa marca de lácteos y me prometió que dejaría que se los extendiese por el cuerpo desnudo y que me permitiría que la lamiera. Al final tuve que llevarle otra marca y eso hizo que se sintiera ultrajada. Y no sólo no me dejó restregarle esa porquería por sus arrugas, sino que acabó despidiéndome. Por esa razón estoy en condiciones de pedirte 2.390 Euros por daños y perjuicios. Tienes tres días para reunir dicha cantidad. Deposítala en la papelera pública que hay en la calle Maestro Padilla, al lado de la funeraria «Tancredo y Familia» el jueves 22 a las 17:00 horas. Si no lo haces así, te prometo que tu vida dará un tremendo vuelco. ¿Cómo pudiste hacerme eso? Eres una mierda ladrona y alguien debe ponerte en su sitio.  

Firmado:


El vengativo hijo de puta

Recuerdo que el anónimo apareció debajo de mi felpudo varios meses después de que caducase el plazo límite. Ahora ya sabes cada cuanto tiempo limpio el rellano de mi escalera. Como todavía gozo de buena salud, y sobre todo, estoy bastante vivo, he llegado a la conclusión de que el autor de dicho chantaje debe haber sido un vecino o un pobre idiota al que le robara la novia. No me gusta demasiado convertir en despojos emocionales lloriqueantes a tipos que hasta entonces eran la viva imagen de la gallardía y la testosterona. Pero yo soy así. Me gusta como me comporto. Me gusta mi cuerpo, mi mente, mi aura, mi alma. Estoy tan bueno que si pudiera me mataría a polvos sin usar preservativo. El problema es que mi elasticidad no es la que era hace unos pocos años. Ya no soy capaz de hacerme una felación. Y eso ha trastocado parte de mi castillo. Por eso me he comprado una boca succionadora de látex Made in Japan y la utilizo cuando veo mi belleza reflejada en un espejo. ¡Nunca he entendido a la gente que dice que soy un ególatra narcicista! La verdad es que no entiendo a la mayor parte de humanos. Aunque con esas caras y esos cuerpos más parecidos a torrijas o embutidos es normal que se odien. Y odien a sus progenitores. Yo no soy culpable de que el azar se confabulara para crear un superhombre Nietzschesiano sin parangón en la evolución. Si fuera capaz de adorarme más, mi semen saldría disparado del saco escrotal y fecundaría cada hembra que tuviera las medidas correctas (90-56-90). Y crearíamos una raza superior donde yo me convertiría en el dueño y señor de cada vagina, cada par de pechos turgentes, cada trasero y cada coxis. Y mis mujeres se arrodillarían y me lavarían los pies con agua y linimento. Y cuando alguna osara no mirarme con deseo y libidinosidad, la entregaría al mundo anterior, donde se transformaría en un producto de bollería apta para el consumo rápido.