Email del 6 de marzo 2015

Alberto Magnelli. Man smoking (1914)

Amiga mía:

El centro de actividades cerebrales acaba de informar -al resto de la cabeza, al tronco y a las cinco extremidades- que no existe ningún problema serio actualmente, aunque se ha comprobado que una de las células agrupadas en el sistema respiratorio puede empezar a mutar si no se abandonan ciertos comportamientos o hábitos perniciosos. Mientras trato de comprender la razón que puede impulsar a esa unidad microscópica a convertirse en un futuro y bonito cáncer, sigo aspirando grandes dosis de humo alquitranado que en lugar de tranquilizar mi conciencia aletargada, la impulsa a maldecir a cada una de las enfermedades existentes. Podría volver a dejar de fumar en este mismo instante, pero alguna fuerza superior me obliga a llevar la contraria a ese deseo innato de supervivencia que se supone está grabado en el subconsciente de cada ente caritativo y bondadoso llamado Homo sapiens. Por lo tanto, y si he de ser sincero conmigo mismo, es posible que mi porción indeterminada de humano se haya rendido sumisamente, lo cual, en lugar de deprimirme o llevarme a un estado de intranquilidad permanente, me relaja de una manera poco sensata que incluso puede llegar a proporcionarme una especie de orgasmo catatónico o júbilo neroniano, dificil de describir en unas pocas líneas.

¿Por qué soy tan idiota? Si me hago esa pregunta por la noche, cuando mis pulmones están completamente amodorrados por el hollín, podría contestarme de una forma sincera. El problema estriba en que a esas horas, mi furia racional no se siente dispuesta a luchar contra los demonios que me obligan a dogmatizar el vicio. Y por las mañanas estoy tan ocupado intentando pensar en reducir las dosis, que me olvido por completo de que existen los minutos, las horas, los días. ¡Es todo tan extraño! ¡No sé! ¡Si fuera capaz! ¡Ya sabes! Debería dosificar cada una de esas refutaciones, porque lo único que consiguen es que me sienta todavía más tonto.