Email del 18 de marzo 2015

Salvador Dali. Figures lying on the sand (1926)

Hola:

Me pregunto si algunos de los emails que te he enviado en estos cuatro años no surgieron como un mero pretexto -bastante ingenuo e infantil- con el que alimentar un ego, que creía adormecido desde hace varias décadas.
Para responder, primero, debería limitar mi escasa capacidad racional al mínimo y dedicarme a buscar palabras que no tengan un significado concreto, pues correría el riego de ser malinterpretado, algo que ha sucedido en numerosas ocasiones con resultados desastrosos tanto para el emisor como para la receptora, en este caso, tú. Quizá, si proporcionara una verdad aparente, disfrazada con un cierto número de ideas poco concretas y, que carecieran por completo de lo que algunos denominan sentido racional, tus elucubraciones no se clavarían en tu propia carne como un anzuelo oxidado. Pero conociéndote desde hace tanto tiempo, estoy casi seguro que serías feliz tragándotelo hasta la tija o la paleta y que te negarías en redondo a que cualquier humano pusiera sus manos sobre él, para impedir de alguna forma que la infección pudiera ser controlada.

Por alguna extraña razón, nunca me he divertido viéndote tropezar tantas veces con el mismo adoquín. Al contrario. A veces incluso he sentido ganas de abrazarte. Si no lo he hecho es porque temía las consecuencias. Y éstas no eran otras que someterme a una serie de chantajes emocionales subliminales que te rebajaban hasta extremos difíciles de soportar incluso para el más experimentado cínico. En consecuencia sólo me quedaba una salida: tragar saliva y mirar hacia todas las direcciones. ¡Hacia todas las direcciones! Me hace gracia la frasecita. Porque todas esas direcciones estaban fijadas en mi calendario emocional con chinchetas despuntadas, herrumbrosas y muy frías al tacto.

Te pediría que me perdonases. Pero prefiero perdonarte yo.