Email del 10 de junio 2015

Rembrandt Harmenszoon van Rijn. A Scholar (1631)

Querida:

Existen cerca de 7000 idiomas en el mundo. La mayor parte todavía son utilizados en mayor o menor medida, pero unos pocos cientos, entre ellos el Taushiro, el Tanema y el Kaixana, se están perdiendo irremisiblemente. En nuestro país se hablan cuatro, aunque el oficial es el castellano. Si no me falla la memoria, el castellano tiene un total de ochenta y pico mil palabras, de las que normalmente sólo se utilizan unas mil. Yo intento utilizar el máximo número posible y por esa razón me llaman resabido. Hasta para ofenderme la gente no sabe utilizar los vocablos correctos. Un resabido es alguien que alardea de ser un entendido en algo y yo jamás me he jactado de mi españolidad verbal. Si fuese un listillo no tendría tantos problemas con las tildes o para poner las dichosas comas en un sitio adecuado. Por cierto, la mayor parte de subhumanos que se atreven a llamarme así no son capaces ni de escribir su propio nombre con la ayuda de una falsilla.

Hace algunos años inventé un idioma, el Gregius. Constaba sólo de 397 palabras pero exceptuando unas pocas frases como «Límpiate, odio tu epistaxis» se podía construir casi cualquier enunciado. Dejé de hablarlo porque nadie me entendía y, sobre todo, porque no resaltaba mi sexualidad de macho Alfa con el ímpetu necesario. Pero todavía lo recuerdo y me siento capaz de ponerte unos cuantos ejemplos:

Usum lak dubitasina = Pásame el merengue
Nambi du sin munitisana = Creo que estoy empachado
Lak brunta dre nafosi fun solitarmin = El calzoncillo me aprieta una barbaridad

La verdad es que lo concebí para poder insultar a los cenutrios sin éstos que me soltasen una hostia, pero al final llegué a utilizarlo incluso en la lavandería para pedir prestado a las búlgaras o rumanas un suavizante o su número de teléfono. Como no me comprendían, nunca obtuve ni suavizante ni número de teléfono, así que decidí escribir un cuento totalmente en Gregius que presenté a varios concursos literarios con el mismo resultado y los mismos emails explicando las razones del rechazo: sin potencial comercial.

Hace un montón de años, cuando todavía era más inteligente que ahora, es decir, cuando las drogas y el alcohol no habían asesinado a la mitad de mis neuronas, me hice amigo de un tipo que se llamaba Filomeno. Sus padres eran griegos residentes en Valencia y decidieron bautizar a su único hijo con ese nombre tan repugnantemente peculiar. Filomeno era un ciclotímico adicto a los monosílabos que pretendía escribir una novela larga sólo con preposiciones y conjunciones, por lo que su locura se granjeó mis respetos rápidamente. Su primer intento, titulado «Y para por» constaba de 2600 páginas y el vocablo más largo utilizado tenía cinco caracteres. En esos días yo acababa de escribir un ensayo sobre los efluvios que desprenden los quesos podridos y me proponía componer un poemario sobre las enfermedades y las fobias. Para documentarme le pregunté a Filomeno para que me diera alguna razón sobre su aversión a las palabras largas, pero éste rehusó. Desde ese momento se negó a hablarme y me evitaba siempre que podía. Al final dicté mi poemario a una dactilógrafa, titulé esa colección de versos como «Hipopotomonstrosesquipedaliofobia» y los presenté a un concurso nacional de poesía. No lo gané, pero me divertí muchísimo escuchando los intentos del jurado pronunciando la palabra. Por supuesto dediqué el libro a Filomeno y me apenó una barbaridad cuando me enteré que había fallecido debido a complicaciones de una enfermedad nueva por entonces que se llamaba Síndrome de Kleine-Kevin.

Poco después de mi fallida amistad con el griego conocí a Helen, una inglesa filóloga graduada en la University of Oxford que sufría una atracción enfermiza por los pentámetros yámbicos. Al principio nuestra relación no pasó de amigos con derecho a roce, aunque al cabo de unos meses decidimos seguir siendo colegas pero sin toqueteos. Helen era larguirucha y flaca, su cara me recordaba a un Sponge cake y su trasero era casi inexistente. Pero se podía conversar con ella. Era capaz de charlar sobre cualquier tema que le presentara y al final nos hicimos inseparables. Lamentablemente nuestro compañerismo acabo cuando decidió experimentar con el suicidio. Todavía recuerdo los llantos de su madre mientras era incinerada.

Podría escribir hojas y más hojas de Word rememorando hechos acontecidos en el pasado, pero me cansaría. Evocar implica un esfuerzo considerable que la mayor parte de las veces no sirve para nada. Además necesito ir urgentemente al vestidor y cambiarme de ropa interior, pues Lak brunta dre nafosi fun solitarmin. Tú ya me entiendes. me conoces lo suficiente como para saber cuando necesito evaporarme y cuando, por el contrario, prefiero que me evaporen.

PD:
Hace 53 años que vine al mundo. Nadie me pregunto si quería hacerlo, pero la cuestión es que aquí estoy. En todos estos años me ha dado tiempo de formularme algunas preguntas fundamentales, para las que nunca he logrado una respuesta más o menos coherente. De entre todo ese atajo de cuestiones físicas, emocionales y existenciales hay una que todavía me persigue y que se ha instalado en mi cerebro con ánimo de quedarse para siempre. Aunque soy consciente de que no he sido un buen amigo, ni un buen amante, ni siquiera un buen hijo, si desaparezco físicamente (y voluntariamente) de este jodido planeta, ¿alguien me echara de menos? ¿Surgiré como un pensamiento positivo en las cabezas de algunos de los seres que han interactuado conmigo durante toda esta representación? ¿Llorarán por mí? ¿Acaso no merezco unas cuantas lágrimas? Hace un rato, justo antes de empezar este texto me he mirado en el espejo. El reflejo que podía contemplar era el de un tipo que no existe. Un idiota que quizá nunca ha existido. Porque dentro de esa lumbrera se parapetaban contradicciones, envidias, celos, resentimiento, avaricia, ira, orgullo y soledad. Sobre todo soledad, pero interior. Esa es la más peligrosa. Y lo único que separa ese reflejo de mi cuerpo es una caja de pastillas.