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| Joan Miró. Hermitage (1924) |
Todos nos equivocamos contínuamente. Yo no soy una excepción. Errando aprendo, pero mientras asimilo e incorporo los conocimientos adquiridos debido a las acciones desacertadas, hago daño a gente que no se lo merece, bueno, es posible que algunos sí se lo merezcan; de todas formas, el que me convierta en justiciero emocional o incluso social no invalida la aseveración anterior. ¿Qué puedo decir? ¿Perdón? Siempre pido perdón, aunque sé que es injusto hacerlo después de haber parido y amamantado una o varias ideas distorsionadas. Me refiero a que siempre que la lío comprendo el alcance de mi hipersensibilidad y me dejo llevar por ella. Lo juicioso sería anticiparme a esas emociones extraodinariamente mal aderezadas y comportarme de una manera adulta. Y sobre todo no mezclar las conmociones afectivas con fármacos sedantes. Necesitar ser querido es un hecho triste y turbador. Cuando me trago un Valium, o incluso algunos miligramos de Lorazapan, entonces, nada me importa, porque mis venas adormecidas sólo están actuando en un papel, quizá el más difícil de interprtar: el de muerto. Cuando mi vida se escapa no tengo que preocuparme en si lo que hago o lo que no hago está bien, o es bueno para los que me rodean. Quizá sea un egoísta. Si lo soy, entonces la muerte es una condición (¿condición? ¡Ja!) egoísta. Pero si la definición de dicha palabreja es tener excesivo aprecio por uno mismo… No sé. Algo no me cuadra.
Hasta donde alcanza mi mente racional, jamás he hecho daño a nadie a sabiendas. Sin embargo cada día que pasa -y desde el principio de mi existencia- no paro de dejar cadáveres de ambos sexos descuartizados por el suelo. Recuerdo un sueño que tuve hace bastantes años. Bueno, no lo recuerdo perfectamente, por lo que voy a tratar de edulcorarlo un poco, y si me es posible, modificarlo a mi antojo, y al de este texto. ¿Edulcorarlo? Me niego. Eso sería como pedir un recibo al chulo de una furcia. Creo que necesito relajarme. Lo único que recuerdo de esa pesadilla, porque fue una maldita pesadilla, es que una voz en off no paraba de repetirme las siguientes palabras:
-Estás en un sueño. No despertarás de él hasta que asimiles la idea. Éstás en un sueño. Sólo lo interrumpiré cuando comprendas el significado y lo incorpores a tus conocimientos anteriores. El concepto es sencillo: la culpa siempre es del receptor, jamás del emisor. Estás en un sueño. Es mi responsabilidad hacer cumplir los preceptos. También es mi responsabilidad alertar a los tipos como tú de los peligros que les acechan, tanto en forma de bondad moral, como con diferentes disfraces apropiados para dichos fines. Estás en un sueño…
Si me paro a pensarlo, resulta gracioso que recuerde sólo una parte. Pero de la misma forma, resulta desternillante imaginar cuál pudo ser el sentido de esa especie de mantra largo y continuo. Pues, a la manera de un Loop, las frases fueron repetidas hasta la extenuación, hasta el infinito. Supongo que cuando desperté ya era un sujeto nuevo. Sin falsos remordimientos ni vestigios de inquietud o pesadumbre apretujadas en mi cabeza. El problema vino con el paso del tiempo. El jodido paso del tiempo que todo lo desprograma. El perverso y execrable paso del tiempo que nos incita a improvisar las farsas, los camelos, la mentira.
Estoy en un sueño. La vida no es una película, es un sueño. Los films tienen un guion, la realidad carece por completo de él. Estoy en un puto sueño y no despertaré hasta que digiera por completo el propósito. Estoy en un perverso sueño. Sólo se interrumpirá cuando comprenda el valor de las palabras y las incorpore a mis circunstancias. La idea es muy sencilla: soy inocente porque no existe la culpabilidad, la responsabilidad. Ni siquiera el prejuicio o un precio que pagar. Estoy en un sueño…
