![]() |
| Joaquin Sorolla. Niños en el mar (1909) |
Amiga:
Esta mañana he ido a la playa. Como ya sabes, odio tomar el sol y sobre todo bañarme, desde que hace cinco años me tragué una de esas tiras higiénicas desechables de celulosa que se utilizan para absorber el flujo menstrual, que flotaba en La Malvarrosa. Si recuerdas, escribí sobre el asunto en un cuento («Compresa a la Malvarrosa») que destruí para que no me acusaran de plagiar a Manuel Vicent. Como supongo que no me creerás te envío un gramo de arena de playa adjunto en un archivo Rar.
Siempre he pensado que tostarse al sol durante horas para parecer un poco más moreno es tan estúpido como intentar tocarle el clítoris a un camionero. Pero parece ser que a cierto tipo de hombre y de mujer les ponen más los miembros del género opuesto que lucen un bonito marrón negruzco en la epidermis. Poco o nada importa el cerebro. Sólo esa maldito color a tortita frita criolla o semidulce que en demasiadas ocasiones antecede a un precioso melanoma.
Mientras me encontraba tirado sobre la toalla ha desfilado por delante de mis ojos una singular fauna playera. Podría describírtelos pero supongo que ya los debes conocer. Son los mismos que se ven en otras playas. Al final del desfile ha pasado una anciana que aparentaba unos 700 años -aunque biologicamente no creo que tuviera más de 89- con las tetas -sin sujetador- arrastrando por la arena. Cuando he visto esa especie de ilusión óptica enfermiza he pensado que debe ser realmente maravilloso estar muerto.
¡Joder! Siento pena por el ser humano, pero sin embargo no siento lástima por mí. Si no siento compasión por mí mismo significa que no soy un ser humano. O que soy el único ser humano y el resto, incluido los que desfilan por las playas, no lo son. Algo no funciona correctamente. ¡Me gustaría tanto encontrar a alguien que piense como yo! Pero no sólo en el asunto playero, sino en conjunto. ¿Por qué soy tan raro? ¿Por qué necesito despotricar a todas horas? ¿Soy un estúpido y consentido idealista? Si quieres que te sea sincero, ya no sé lo que soy. Ni siquiera sé si soy o no soy. ¿Quién me garantiza que todo lo que me rodea existe? Porque si de verdad existe, yo no quiero seguir existiendo. Dejar de existir implica morir. Morir incluye dolor. El dolor siempre se asocia con la enfermedad (corporal, mental o emocional). La enfermedad nos obliga a visitar a los galenos, tanto de pago como de la seguridad social. Los galenos conducen coches de gama alta. ¡Nada tiene sentido! Ni siquiera este texto; claro, que mis textos nunca han tenido sentido. ¿Qué hago aquí? ¿Qué hago en esta inmensa casa? ¿Qué hago delante del teclado, intentando dar un sentido a algo que carece de él? ¿Por qué razón no me pego un tiro? ¿Quizá porque no tengo arma ni permiso o licencia para dispararlas? Podría colgarme de una viga, pero padezco vértigo. Si tuviese un poco más de dinero contrataría a un asesino profesional para que me liquidase, pero con la suerte que tengo seguramente se equivocaría de persona o huiría con el dinero sin cumplir el contrato. ¡Me gustaría no ser tan diferente! ¡Me gustaría que todo el mundo, incluida la anciana de las tetas colgantes me quisiese un poco. ¡Sólo quiero que me quieran…!
El problema estriba en que para que alguien te demuestre afecto o te regale una o varias emociones, antes o después, pero en algún momento, tiene que recibir su dosis. Y yo soy incapaz de fabricar demasiadas porciones y dosificarlas de una forma correcta. Siempre me armo un lío. ¡Soy una pena de tío! Y encima fumo…
