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| Edwin Lord Weeks. Feeding the sacred pigeons, Jaipur (1894) |
Hola:
Intento dejar de proyectar mi lado más pesimista, que no es más que otro comodín que, al mismo tiempo, disimula el cinismo, la desesperación -por ser comprendido- y el sarcasmo. Lucho por expresarme, pero mi tozudo y despiadado escepticismo explota ante la imparcial ingenuidad de los que todavía se atreven a rodearme. Ya no soy ese exhibicionista que se autoproclamaba como «el último nihilista». Dicen que el egocentrismo casi siempre acaba en paranoia.
Te escribo tumbado sobre una confortable cama de un hotel de cinco estrellas en Agra (estado de Uttar Pradesh), a casi 300 kilómetros de Jaipur. ¿Qué diantres hago en un lugar como este? Creo que no podría responder a semejante cuestión ni aunque fuera capaz de vivir mil vidas. Claro que tampoco sería capaz de contestarte a ninguna otra pregunta en el estado en que me encuentro. ¿Me deshidrato! ¡Por arriba y por abajo! Supongo que es parte del precio que debo pagar por meterme en semejantes fregados.
Estoy condenado por mi propia desesperación, por ese motivo me siento incapaz de llegar a ningún destino. Intento levitar para deslizarme a través de la ventana abierta, pero la ventana huye cuando me aproximo a ella. Me gustaría tanto poder expresar lo que siento en estos instantes, pero mis palabras serían demasiado personales y me harían demasiado vulnerable frente a alguien que, como tú, sabe lo que se esconde tras de ellas en cada momento. Recuerdo que un día me dijiste que yo era el único ser humano que se amaba a sí mismo sin reservas. También recuerdo que no me tomé demasiado bien tus palabras e intenté estrangularte mentalmente; pero como mis manos y la soga no existían, sólo pude defenderme proclamando que sin quererse a sí mismo, nadie podría llegar a querer a los que se supone merecen ser queridos. Pero sólo fue otra frase hecha. ¡Amar! ¡Querer! ¡Qué bonita forma de perder el tiempo! ¿Acaso necesitamos justificar nuestras existencias por medio de la inmolación emocional?
Agra, al igual que Jaipur o Delhi está repleta de suciedad y pobreza. La gente inunda las calles y su falsa felicidad inunda mi alma… (nota: por un lado, como turista entregado, acabo de descubrir que me está haciendo efecto el decorado); por otro, como anhedónico profesional, siento una especie de gozo maléfico al comprobar que todo lo que antes había leído sobre la India no son más que un montón de memeces sin sentido. La República de la India es una inmensa cueva de ladrones donde todo está permitido. Te pondré un pequeño ejemplo: ¡24 euros por dos cervezas Amstel! ¿Tienes idea de cuántos botellines de Amstel podría haber mamado en España con 24 euros? La respuesta es muy sencilla: de 18 a 20. Por supuesto, si me hubiera bebido esa cantidad de birras (tanto en España como en la India o en Helsinki) hubiera acabado en un hospital y algunos días después en la sala principal de Alcohólicos Anónimos lloriqueando frente a un montón de borrachos inútiles.
Acabo de releer las líneas anteriores y creo que, además de pésimamente escritas, he abusado del humor paradójico, pasivo e introspectivo, sobre todo en los párrafos referentes al subcontinente del Taj Mahal, los encantadores de serpientes y las vacas esqueléticas aunque sagradas. Pero ya me conoces, necesito disfrazar lo que no cuadra en mi sesera. El verdadero problema es que nada cuadra realmente en mi cabeza. ¿Debería cortármela de un tajo y arrojarla a un cubo de basura?
