Email del 17 de septiembre 2015

Antonello da Messina. Ecce Homo (1470)

Amiga:

La costumbre de abstenerse en lugar de participar es común entre los hombres y mujeres que pueblan el planeta. Hoy en día está plenamente vigente y es una de las particularidades que nos diferencian de las bestias. Cualquiera que sea la explicación, el hecho es que un numeroso grupo de indecisos está poniendo en jaque la continuidad de la civilización. En algunos momentos de la historia pasada, la inhibición, condicionada por cúmulos de circunstancias y, sobre todo, por un mal uso de la fe -comprada a charlatanes e impostores a precios realmente desorbitados- trajo consigo un estancamiento general de lo que algunos se empeñan en denominar dignidad humana. Parte de la responsabilidad, aunque por descontado no toda, la tuvieron las doctrinas, sobre todo las que implicaban a la clase política y las religiones. ¡Joder! No puedo seguir. Me apetece comerme unas natillas de vainilla. Hay un par en la nevera. Bueno, intentaré quitarme de la cabeza este repentino ataque hipoglucémico e intentaré proseguir con mi disertación. Me había quedado explicando la clase de basura que trajeron consigo tanto la clase política como la mayor parte de las religiones. El primer mono que se irguió hace aproximádamente tres millones y medio de años no era consciente de lo que iba a acarrear para el resto de congeneres su maldita elevación. Podría haberse tumbado, directamente, pero prefirió enderezarse, el muy imbécil…  Sinceramente, creo que la seriedad de mis primeras líneas se ha venido abajo. Todo por culpa de la leche, la vainilla, el azúcar, la canela y el limón. ¡Ah, y las yemas de huevos!

Sucedió en Tanzania. Me refiero a la hominización. Que nadie se lleve a engaño. Las natillas fueron inventadas en alguna parte de lo que hoy se conoce como Europa por monjes aburridos. Si las hubieran creado en África se llamarían de otra forma. Y en lugar de galletitas María llevarían insectos palo. Ambos alimentos (galletas y fásmidos) crujen al masticarlas. Aunque el árbol genealógico de nuestra especie sigue aumentando con nuevos descubrimientos… ¿Eh? Mi abuela tenía una vaca lechera. No era una vaca cualquiera. Le daba leche merengada, ¡ay! que vaca tan salada, tolón , tolón, tolón , tolón. Creo que las dos última frases pertenecen a un anuncio de los años setenta, pero el resto es completamente cierto: mi abuela tenía una vaca lechera. Una vez intenté ordeñarla, pero no lo hice demasiado bien y le ocasioné un fibroadenoma en el pezón de una de las fusiones de la ubre.

Entre los textos que tratan sobre los homínidos destaca por encima de todos el titulado Soy un maldito chimpancé escrito en 1896 por el paleontólogo galo Aubouin Tocqueville Pérez. De padre francés y madre española, Aubouin, más conocido como Aubo, desarrolló el primer mapa homínido al mismo tiempo que se cepillaba a su suegra Amandine y la dejaba preñada de trillizos monozigóticos. Lamentablemente no existe traducción al castellano de su obra, aunque si al pitjantjatjares, que es un dialecto que se utiliza en la zona desértica occidental de Australia. ¡En la nevera queda una tarrina de natillas! ¡Y puede que un yogur! ¡Y en la alacena queda media torta de chocolate!

A dos kilómetros de donde me encuentro hay un pueblo. En ese pueblo hay gente y comercios. Uno de esos comercios en un Consum. En el consum venden natillas, aunque pueden ser robadas fácilmente. ¡Uf! Mañana intentaré proseguir con el rollazo de los jodidos monos y sus putas madres. Ahora me es imposible. Aunque puede que me dedique a otros menesteres. No sé. Soy tan inestable…