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| Vangel Naumovski. Black cradle of bright life (1963) |
El sentido de nuestras vidas se encuentra en el mundo en que vivimos. Poco importa que éste sea una letrina donde cada uno es libre de arrojar sus mierdas. No disponemos de otro. Y aunque fuéramos capaces de descubrir una dimensión desconocida o incluso colonizar otros planetas, ¿nos salvaría eso de nosotros mismos? Una vez conocí a un tipo que estaba aterrorizado con su existencia. Pensar que sólo tenía 28 años y todavía le quedaban varias décadas de sufrimiento, miseria y autoinmolación, le sumía en depresiones bárbaras que solo remitían cuando daba rienda suelta a sus placeres, que no eran otros que asaltar mujeres y obligarlas a que se comieran una pera de agua. No les hacía ningún daño físico, sólo intentaba trastocar sus mundos por unos instantes. Cuando la víctima había acabado con la fruta, mi ex-amigo le hacía preguntas sobre su sabor y textura y les pedía que puntuaran la experiencia del 0 al 10. Anotaba todas las respuestas en un cuadernillo de anillas y más tarde, en la soledad de su casa, las catalogaba cuidadosamente. Un día que no pudo encontrar peras tuvo que resignarse a realizar el experimento con melocotones, pero su primera «paciente», por llamarla de alguna otra manera, casi se atraganta. En plena desesperación, mi amigo intentó saltar al vacío desde un segundo piso. Mientras estaba convaleciente en el hospital sintió remordimientos y confesó sus desordenes a la policía. El sargento primero, un tipo de aspecto rechoncho y cabello cortado al estilo vallisoletano, se quedó su libreta para analizarla y casi llegó al orgasmo la primera vez que la leyó. Sin embargo los datos que contenía ese cuadernillo no eran de índole sexual ni escandalosos. A veces la mierda no está donde se supone. A mi colega lo condenaros a 12 años de prisión y el suboficial de la poli pidió la baja y se hizo domesticador de babuinos en África. Unos años más tarde falleció al ser sodomizado con extrema brutalidad por un transexual perteneciente a la tribu Samburu.
Una de las cosas que siempre me han sorprendido de la sociedad humana es su simpatía por todo lo que tenga que ver con el crimen en masa, los genocidios y el holocausto. A esta insensibilidad definitoria la llamamos «progreso». Para que esa prosperidad alcance las cotas deseadas, no existe otro remedio que sacrificar las emociones. De esa manera nos convertimos en zombis y perseguimos a los pocos que no están de acuerdo en malgastar sus vidas humillándose ante el dios dinero o las veleidades que implican las posesiones. Hace algunos años tuve una novia que era tan fea que incluso parecía guapa. Su belleza había dado la vuelta al círculo y la mayor parte de los hombres que conocía se la querían agenciar. Tenía un hermano que era tan atractivo que si lo mirabas bien de cerca se diría que estaba más emparentado con un molusco gasterópodo que con un ser humano. Ambos mataban sus horas libres coleccionando todo lo que era coleccionable y la cantidad de sus posesiones llegaron al extremo de hacer explotar en varios pedazos lo que hasta ese momento era su hogar. Dicen que uno de los cuartos de baño acabó en Madagascar, aunque yo no me lo creo. Como necesitaban una serie de cubículos inmensos para almacenar los miles y miles de trastos que habían ido reuniendo con los años, acabaron por alquilar una nave industrial extremadamente gigantesca, lo que les llevó a la ruina. Las facturas llegaban sin parar y para afrontar los gastos tuvieron que tomar decisiones trascendentales. Ella se hizo prostituta, y en tres años su cara asquerosa y su cuerpo deforme se convirtieron en una especie de pedazo de carne purulento y acabó sus días en un hospital que pertenecía a la beneficencia. Él intentó vender parte de su colección, pero como le pagaron una miseria no tuvo más remedio que que hacerse actor porno, hasta que contrajo una enfermedad innombrable que lo llevó a la tumba en pocos años.
Vivir es inmiscuirse en una serie de experiencias. La mayor parte de ellas nos hacen sentirnos insignificantes. Si esta insignificancia nos caracteriza como personas racionales, entonces, ser inteligente implica trivialidad. El vocablo «trivialidad» significa «carente de importancia», por lo que se puede deducir que los seres humanos no somos nada. Simplemente unos pequeños puntitos que se mueven al compás que dicta la evolución. Pero dentro de estos puntitos móviles, hay algunos que intentan desplazarse con movimientos que no estaban programados. Cuando eso sucede, entra en juego algo llamado conflicto. Carlitos era un tipo aplicado. Sus estudios denostando la teoría de la oblicuidad de la eclíptica le hicieron ganarse una serie de enemigos poderosos. Algunos de ellos pertenecían a sociedades secretas que no veían con buenos ojos a alguien que se oponía a las cuestiones imponderables certificadas por la ciencia. El líder supremo de una de esas sectas, un sujeto ruin y muy satisfecho de sí mismo ordenó que asesinaran a Carlos y que lo cortaran en porciones. Asignaron la tarea a dos esbirros llamados X y Z. X era esquizofrénico y escuchaba voces que le ordenaban que se metiera el dedo indice en el culo cada viernes de cada semana. Z padecía dolores abdominales y casi siempre iba encorvado. El día del asesinato, un viernes, ambos sicarios se dispusieron a llevar a cabo sus maquiavélicos planes. Era un día soleado en el que, por algún motivo, los pinzones piaban más que de costumbre. El crimen salió bien y los cachitos de Carlos llegaron en varias bandejas ante el caudillo del clan. Éste cogió con las manos uno de los pedazos y se lo comió con delectación. Después de relamerse eructó desagradablemente y se sentó en su sillón de rey a hacer la digestión. Mientras el trozo de sabiduría se licuaba gracias a los jugos gástricos, el adalid se sintió enfermo y falleció. Los dos verdugos fueron acusados por el lugarteniente de envenenadores y acabaron descuartizados y engullidos por el resto de la congregación. Al día siguiente, todos estaban muertos. La noticia salió en todos los periódicos y escandalizó a los vegetarianos disidentes, pero el resto de lectores sintió que se había hecho justicia. Justicia divina. La teoría de la oblicuidad de la eclíptica ganó todavía mas adeptos y colorín coronado…este cuento ha acabado (quizá nunca debió empezar).
