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| Tadanori Yokoo. The silly generation (1970) |
A y N eran novios. Se habían conocido por internet y aunque su «gilipollez emocional» ya duraba varios meses, todavía no se conocían. A era especialista en hacer como que trabajaba, aunque lo que realmente tenía era mucha cara dura. Le faltaba poco para llegar a los sesenta y su cerebro parecía el de un niño de doce años. Como un niño de doce años, escribía poesía, o mejor sodomizaba a la poesía con estrofas intragables repletas de faltas de ortografía. Y sus familiares y amigos las aplaudían. Yo también aplaudo a los monos en el zoo cuando intentan una cabriola. De N nunca supe gran cosa, exceptuando que debía ser retrasada o tan infeliz en su vida como para enrollarse virtualmente con un tipo como ese. La sociedad humana siempre ha creado monstruos. Algunos de ellos destacan por su maldad o afán de poder y son rápidamente catalogados. Otros, por el contrario, llevan una existencia tan gris que pasan desapercibidos. La verdad es que los sujetos que pertenecen a esta último grupo no hacen daño a los demás, por lo menos a conciencia, pero se convierten en una molestia al no servir para ningún fin. Son parásitos cobardes y pusilánimes a los que sólo les importa su propio ego, su propia supervivencia. Se equivocan constantemente pero no son capaces de reconocer sus errores y patalean por cualquier incidente, aunque lo hayan provocado ellos mismos con su inmadurez patológica.
A y N eran novios. Se pasaban el día y la noche diciéndose tonterías por Facebook o Whastapp. Mientras ellos vivían en su mundo repleto de luces y color, el tiempo pasaba como un marco asesino. Estaban convencidos de que eran especiales y que su falso amor estaba por encima de todo y de todos, pero desconocían que la ignorancia es un virus cuya única cura es darse cuenta de que estás infectado. Se prometían amor eterno, aunque no se habían tocado. Se juraban lealtad suprema, aunque nunca se habían mirado a los ojos. ¿Vacuidad emocional? ¿Intento de suicidio psicológico? La respuesta es mucho más sencilla: huían, huían de su necedad emocional e intelectual. Huían a cualquier lugar, poco importaba que ese lugar no existiera.
A y N eran novios. Él ya había tenido otra relación igual de ficticia antes de conocer a N. Pero el nexo que los unía los distanció cuando su anterior pareja se miró al espejo y vio reflejada una sombra desproporcionada. A veces la realidad trastoca las impresiones. Cuando eso sucede, el desasosiego, innegable y concreto, atropella a la esperanza, artificial y postiza. Cuando la irrealidad de la imaginación debilitada se rinde ante la confirmación evidencial, el todo y la nada se confunden, formando una masa equilibrada de seguridad donde sólo existe una razón por la que luchar: la verdad. Y es esa verdad, disfrazada de terribles sentimientos de culpa, la que, de alguna forma, puede curar las heridas infectadas producidas por la estulticia.
