Email del 14 de enero 2016

Marc Chagall. The birthday (1915)

¡Mierda! Acabo de cumplir 54 tacos. Creía que no me acordaría pero ahí están los amigos, sobre todo los del Facebook, para restregármelo por la cara. ¡Los quiero tanto! Tanto como una culebra a un ratón. Si sigo cumpliendo muchos acabaré descontándome. No sé, puede que eso sea lo más conveniente. De todas formas, soy inmortal (también inmoral). No pienso morirme nunca. El mundo, tal y como lo conocemos, necesita un despotricador. Y yo soy el mejor. El mejor de los peores, pero el único que padece anhedonia y el síndrome de Capgras al mismo tiempo. Pero dejémonos de mamarrachadas y pongámonos serios. Y como no se me ocurre otra manera para alcanzar la seriedad requerida que contaros un poco de mi vida, comenzaré por el principio:

EL PRINCIPIO:

Nací a las seis de la madrugada, aunque algunos historiadores difieren por completo y citan las seis de la tarde como hora más probable. Mi parto se desarrolló a la perfección, si de la perfección omitimos que varias enfermeras tuvieron que agarrarme por los pies y estirar fuerte para que no volviera a meterme en la barriga de mi madre. ¡Allí dentro se estaba tan cómodo y calentito! Como me negaba a llorar, la matrona me pego un cachete en la espalda y yo le oriné en la cara.

Lo que sigue hasta que me convertí en un apuesto hombrecito carece de importancia, sobre todo para conseguir que este jodido texto avance, por lo que omitiré los siguientes 7.300 días y pasaré a relataros de qué manera me convertí en un opositor nihilista…

EL NIHILISTA:

Sucedió un martes tormentoso de noviembre cuando me afeitaba. De repente el reflejo del espejo se puso a gritarme. Entre otras cosas me vociferó que si quería convertirme en una barata repetición de los idiotas que caminaban por las calles, él no se iba a entrometer, pero que debería pensármelo bien; y me aconsejó que me suicidara con lo primero que encontrara a mano y que sirviera como arma letal. Así que le hice caso e intenté apuñalarme repetidas veces con un tubo de pasta dental bicarbonatada que en esos días ofrecía una estupenda relación calidad-precio. Pero en lugar de asesinarme sólo conseguí manchar mi baberito azul. ¡Sí! ¡Me acabo de delatar! Usé babero hasta bien entrada la madurez, pues era la única manera de no mancharme la ropa con las babas que me producía un terrible absceso periamigdalino.

Normalmente, las vidas de las personas son un auténtico coñazo. La mía no lo es menos, por lo que acabo de optar por pasar directamente al día de ayer. A ese salto en el espacio y el tiempo se le denomina «elipsis». Existen cinco tipos de elipsis: inherentes, expresivas, de estructura, de contenido y alcahuetas-paranoicas. La que voy a usar pertenece al último modelo.

EL DÍA DE AYER:

Me desperté boca abajo. Me levanté de la cama y mientras me dirigía al aseo me rasqué los cataplines con delectación. Después de asearme -para eso está el aseo- abrí la ventana y vomité sobre una buganvilla con brácteas de color amarillo indio. Diez minutos más tarde me zampé unas tostadas muy poco tostadas regadas con aceite de oliva extra virgen de la marca Koipesol y me tiré un pedo. No fue una ventosidad silenciosa, pues varios gatos salieron corriendo despavoridos en todas direciones, pero me dejó bastante realizado. Me costó más de una hora convencer a Mac, mi Bichón Maltés, para que dejara de olisquearme el culo, pero al final lo conseguí y me sentí muy satisfecho. Tan satisfecho que tuve que hacer dos bises. El primero no se escuchó demasiado, pero el segundo hizo que el techo del cobertizo del vecino se viniera abajo. Eso se tradujo en una monumental bronca entre su mujer, que lo acusaba de avaro por haber comprado «esa mierda» en Ikea y sus hijos, que lo tachaban de pusilánime y calzonazos. Entre la bochornosa pelea y mis meditaciones matinales se gastó la mañana y no tuve más remedio que prepararme la comida: dos huevos fritos, dos pimientos fritos, dos croquetas de jamón fritas, y dos chuscos de pan sin freír. Me bebí dos vasos de agua de Lanjarón y de postre devoré dos tarrinas de tocino de cielo. Eructé un par de veces y volví a meditar, esta vez sobre la sífilis (¿o fue sobre el busilis?)

¿Pero qué hago contando a desconocidos mis interioridades más externas? ¿Acaso vosotros me referís las vuestras? Podría comportarme como un ser detestable y detallar algunos de vuestros secretos inconfesables para que los leyeran todos. Pero, ¿qué ganaría con ello? ¿Ser más odiado que amado?. ¡Necesito tanto que me quieran! Bueno, necesito ser querido, pero sin que me lo demuestren. Cuando alguien demuestra su amor, apego o como diantres se quiera llamar a ese conjunto de sentimientos paralizantes que nos ligan a unos con otros, no se puede esperar un final dichoso.

Podría seguir y seguir, pero también podría parar y parar. Entre continuar y detenerme existe una fina línea. ¡Mecachis! Ya estoy otra vez con las dichosas líneas. Se supone que este texto era una magnificación de mi eterna juventud pese al paso de los putos años. El tiempo es alto, guapo y posee unas caderas sinuosas, pero yo soy un heterosexual veterano de la antifornicación y puedo resistirme a sus impulsos, que no son más que pasiones modificadas. Hablando de modificaciones: podría modificar mis costumbres y terminar de una vez con esta disparatada manifestación de mis temores más profundos. Poco importa que los suavice por medio del sarcasmo. Los miedos seguirán siendo miedos y las sospechas siempre ocultarán puñales.