Email del 7 de marzo 2016

Gustave Caillebotte. Portrait of a man writing in his study (1885)

Amiga mía:

Acabo de arrojar a la papelera de reciclaje un texto que escribí hace aproximadamente una semana. Al releerlo un par de veces me ha parecido digno de cualquier adicto a las pasas sultanas. Te copiaré el primer párrafo para que te hagas una idea:


«Todo empezó una noche de enero de 1962, cuando un abuhado e inmarcesible imbécil asomó su cabeza a través de la vagina de su madre. Había pasado los anteriores nueve meses creciendo desde algo parecido a la nada hasta llegar al estado en el que ahora se encontraba. Su aspecto había cambiado todavía más en las últimas semanas: un gran músculo hueco impulsaba su sangre y un complejo órgano compuesto de tejido nervioso controlaba cada una de sus actividades vitales.»

Si este revoltijo de vocablos hubiera estado redactado por tu mortinato sobrino Braulio o incluso por mi perro Mac, hubiera dado saltos de alegría, pero, lamentablemente, ha sido escrito por la misma persona que se hizo famosa (y mítica) gracias a una recopilación de cuentos cortos titulada He pisado una mierda, es decir, yo. Llegados a este punto, ¿qué es lo que debería hacer? ¿Quizá garabatear a toda prisa un He pisado una mierda II o He pisado dos mierdas? La verdad es que nunca me ha gustado repetirme, aunque lo hago a menudo, sobre todo para tranquilizar a la bestia salvaje e irracional que se esconde dentro de mí. Ese engendro extremófilo que persigue la adulación y el piropo como única forma de supervivencia tolerable.

Supongo que te cuento todo esto porque eres la única persona en el mundo a quien se lo puedo expresar sin que se carcajee. Más que nada porque no existes. Yo te inventé. Y lo hice para que sufrieras mis delirios, mis despropósitos, mis dislates. Y si te di la vida, puedo reclamártela cuando se me antoje. Porque eres mi escupidera, mi cubo para los vómitos y mi orinal. Nada de lo que te rodea te pertenece, ni siquiera tu nombre o esa falsa sonrisa. Te ejecutaré cuando crea que no eres útil o simplemente cuando piense que ha llegado el momento. Así que no te queda otra alternativa: ríe mis idioteces, aplaude mis disparates, alaba mi ignorancia.

Comenzaré de nuevo:

Acabo de arrojar a la papelera de reciclaje un texto que he escrito no hace ni siquiera cinco minutos. Al releerlo un par de veces me ha parecido predecible y realmente horroroso. Te copiaré el último párrafo para que te hagas una idea:

«Supongo que te cuento todo esto porque eres la única persona en el mundo a quien se lo puedo expresar sin que se carcajee. Más que nada porque no existes. Yo te inventé. Y lo hice para que sufrieras mis delirios, mis despropósitos, mis dislates. Y si te di la vida, puedo reclamártela cuando se me antoje. Porque eres mi escupidera, mi cubo para los vómitos y mi orinal. Nada de lo que te rodea te pertenece, ni siquiera tu nombre o esa falsa sonrisa. Te ejecutaré cuando crea que no eres útil o simplemente cuando piense que ha llegado el momento. Así que no te queda otra alternativa: ríe mis idioteces, aplaude mis disparates, alaba mi ignorancia.»