Email del 21 de marzo 2016

Vincent van Gogh. Still life. French Novels (1888)

A menudo los días son dolorosos. Con demasiada frecuencia las noches se me hacen eternas. A veces, cuando no puedo escapar del aburrimiento interminable rehago el pasado o trato de imaginar el futuro. El presente se me antoja extraño, por esa razón, la mayor parte de las veces no me atrevo ni siquiera a tocarlo. Esta noche ha sido larga y lastimosa, por lo tanto, podría afirmar sin temor a equivocarme o parecer idiota que esta noche ha sido lamentable. Como a las tres de la madrugada ya no me quedaban ovejas que contar, decidí levantarme y me senté a escribir un cuentecito. Al final lo que ha salido de mi mente orinienta y enferma no ha sido demasiado malo, me parece, siempre y cuando evito pensar que he plagiado Jaws (Tiburón) de Peter Benchley. Te contaré de qué trata el argumento: una sardina enloquecida y asesina siembra el pánico en el puerto de un pueblucho valenciano. Para tratar de poner fin a esa pesadilla, la alcaldesa bollera del municipio contrata a un taxidermista con incompetencia glótica cuya probidad deja mucho que desear y entre ambos intentan poner fin a la vorágine homicida del pez clupeiforme. Cuando están a punto de darle caza a diez millas marinas de la población, tienen que regresar al puerto ya que un juez ha cometido un error sintáctico y la orden de búsqueda no tiene validez. Al parecer, dicho magistrado ha confundido a las anchoa con las truchas, de la misma manera que su prima Rafaela suele confundir los términos «Derrelicto» y «Masturbación» y su perro Ataulfo confunde los astrágalos con piedrecillas de río. No voy a contarte el desenlace porque me da cierta vergüenza, sobre todo haber utilizado el vocablo «Fin» para expresar que el relato ha terminado.

Ahora debo dejarte pues me siento completamente depresivo. Y recapacitar sobre ciertas mierdecillas con las que nos obsequia cada día la vida no va a ponerme de mejor humor. Por cierto, ¿sabías que las babosas tienen cuatro narices?