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| Jehan Georges Vibert. The sick doctor (1892) |
Existen diferentes tipos de maniobras: la maniobra de Heimlich, que se utiliza cuando una persona presenta un ahogo repentino por atragantamiento; la maniobra de Valsalva, que es un método utilizado para ayudar a disminuir la frecuencia cardíaca inusualmente rápida; la maniobra de Kristeller, usada para acelerar la fase expulsiva del parto; la maniobra Pérez, utilizada para desbloquear el recto de cualquier juguete sexual que se haya podido quedar atorado. Esta última fue desarrollada por mi primo Arsenio Pérez, galeno coloproctologo, urolágnico, saliromaniaco y urofágico declarado y, sobre todo, percatador sicalíptico concupiscente.
Arsenio era un tipo simpático, algo egótico y tontorrón. Su cuerpo era atlético, aunque sus glúteos eran diminutos. Pero nadie miraba su trasero, ya que su broncíneo rostro, con esa expresión seráfica que hacía caer rendidas a las señoras mayores, era su principal tarjeta de visita. ¡Recuerdo una vez que nos fuimos a pescar al río Zapardiel! Como ninguno de los dos tenía la más ligera idea sobre el noble arte de capturar peces, nos dedicamos a saltar de piedra en piedra, con tan mala fortuna que él resbaló y aterrizó de cabeza, fracturándose la lámina perpendicular del etmoides.
No sé por qué recuerdo a Arsenio. Falleció hace un año mientras hacía el amor consigo mismo. Entonces vivía en Nagorno Karabaj, había desarrollado el Síndrome Amok y hacía una década que no nos dirigíamos la palabra. Bueno, para ser exactos, él me escribió una carta el 17 de febrero del 2007 que transcribiré a continuación:
Querido cerdo gadareno:
Hace un rato me he puesto a tocar el dulcémele y me he acordado de ti. De lo despreciable y vanidoso que eres y de cómo te aprovechas de la gente para obtener lo que deseas en determinados momentos. Todavía no me he olvidado de que fuiste tú, con esa carita cándida y amable, el que roció con Eau d´Hadrien (de Annick Goutal) mis «insusurrables» hacéndome parecer una puta de alto standing ante las narices de mis mejores amigos. Por esa razón tuve que largarme y acabar en Armenia. Odio a los armenios. Son feos y huelen mal. Los hombres jamás se lavan los testículos y las mujeres se peinan los bigotes y las barbas con peinillas fabricadas con cuernos de vacuno Ankole-Watusi. ¡Me gustaría tanto poder asesinarte! Pero para ello tendría que regresar y todavía no he podido quitar ese perfume de mis pantalones. Y sabes que sólo uso un pantalón. El que me regaló Santa Hildelita cuando se apareció en el nosecomo donde ejercía. ¿Por qué lo hiciste? ¿Ganáste algo con ello? Si es así quiero un tanto por ciento bastante elevado.
Tengo que dejarte. Sabes que mi inquina por ti no puede ser catalñogada. ¡Sí, catalñogada! Nunca me gustó la palabra catalogar. Creo que esa «ñ» le da un toque de poderío y vigor hipertrófico que incluso la hace sexy. Son manías y como tales, deben ser aceptadas. Ya sabes que también siento aversión por los ampersand. ¡No sirven para nada!
Un fuerte abrazo (repleto de Ciclotetrametilentetranitramina y Trinitrofenol).
