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| Francis Gruber. Job (1944) |
A menudo me encuentro solo. Poco importa si estoy acompañado. La soledad no reconoce ni identifica. Ni siquiera discrimina. Me somete a su voluntad y domina mis circunstancias, trasformándolas en desesperación y melancolía. Debería intentar acercarme a mí mismo, o a lo que fui alguna vez, o a lo que me gustaría o preferiría ser si pudiera o me dejaran, pero mi carne y mis pensamientos pertenecen al agujero. Viven y se reproducen en el agujero. Deducen y premeditan en el agujero. Son como vientos ásperos soplando en una noche oscura. Te adoctrinan para que aceptes sus reglas. Intento sobornarlos con silencios intensos, precisos, sistemáticos; repletos de poco, o nada, o incluso, de absoluto y demencial vacío. Pero entonces se posa sobre mis únicos cielos la garra de la eternidad, farfullando esas terribles palabras: «Nada sirve para nada». En esos instantes comprendo que sólo soy un jodido estepicursor. Ruedo de un lado a otro. A veces, me detengo y lloro. ¡Sí! A veces me detengo y lloro…
