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| Autor desconocido. M (fecha desconocida) |
Algunos residentes exigieron respuestas, pero solo obtuvieron flores. Y no es casual, ya que J era el gerente de una cadena de floristerías. Cuando M, el cabecilla de la facción vecinal se enfrentó a J, este le clavó un tallo de rosal en una oreja que días después se infectó y tuvo que ser extirpada. M imploró a los médicos que le entregaran el pabellón auditivo de recuerdo, pero G, el director del hospital, se negó aduciendo que todo lo que entra en la clínica acaba perdiendo la propiedad tras un tiempo perfectamente especificado dentro de los estamentos sanitarios aprobados en junta. H, una rubia despampanante que se acostaba algunos fines de semana con M, trató de convencer a este de que desistiera del intento, ya que creía que una oreja no era un pedazo de carne más importante que ella, sobre todo si estaba separada del cuerpo principal, pero M la apartó con fuerza, se arrodilló delante del retrato de su madre y lloró una serie de lágrimas amargas envueltas en rastros antiguos, sombríos y ensuciados, quizá con algún propósito absurdo, disparatado.
El tiempo cayó con violencia y el ruido asustó a un perro que corrió hacia varios lados al mismo tiempo, por lo que acabó desmembrandose de una forma espontánea. Mientras cada una de sus partes decidían sobre la conveniencia de vivir troceados, M, que pasaba por allí, se sentó en un banco del parque y comenzó a apilar piedrecitas y tronquitos por tamaños. Cuando uno de los montones se derrumbó, M miró al cielo con los ojos cerrados e imaginó una serie de montículos perfectamente agrupados según las características más frecuentes. Entonces, se emocionó y se arrodilló entre la tierra mojada y las hojas completamente desgastadas y lloró una segunda serie de lágrimas envueltas, esta vez, con fibras bellamente elaboradas, singulares en la forma, pero acariciadas con algunas pinceladas de vulgaridad claramente interesada.
Luz suave infestada de remolinos remolones,
a trompicones,
a trompicones.
Escondida entre un millón de visiones,
y alusiones,
y alusiones.
Desfila a través de superposiciones…
Mientras chupaba y mordisqueba el bolígrafo, M decidió que el poema podría ser una obra maestra, siempre que el autor fuese una rana o un sapo, así que rompió la hoja y tiró todos los trozos por la ventana. Uno de esos fragmentos voló durante siete días y siete noches hasta que aterrizó en un lugar que, aunque era similar a otros lugares, no era el lugar más perfecto del que se tuviera conocimiento. Allí, rodeado de insuficiencias perfectamente señalizadas, se transformó en un pronombre indefinido y promulgó proporciones e intensidades que aumentaban o disminuían a cada lagrima -salobre o dulce- de M que, a varios cientos de medios palmos de distancia, lloraba para justificar el verdadero origen de cada uno de esos pequeños agujeros que inundan las paredes y que a nadie le apetece rellenar.
El secretario del líder de los residentes, hastiado de tantas flores, se comió el papel de celofán que envolvía a los ramos y eructó agradecido. J, que estaba escondido tras una falsa creencia tallada en piedra, pudo ver toda la escena y decidió dejar de existir en interiores poco luminosos o mal ventilados. A cuatro manzanas ácidas de allí, M depositaba pensamientos fugaces en una vasija de barro poco trabajada. El recipiente renegó de cualquier acción humana y se deslizó hacia el otro lado del lado del lado del lado en que se encontraba M, que asombrado decidió no tomárselo demasiado a pecho. H no podía creerlo y le preguntó si no iba a llorar un poco. M se alzó como un monumento, aspiró aire y parte de la luz infestada de remolinos remolones y se limitó a desfilar a través de superposiciones.
