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| Max Beckmann. Dancing bar in Baden-Baden (1923) |
Querida:
La gente vulgar y solcialmente prostituida suele despedir el año tragando uvas. Yo lo hago tragando hidrato de cloral en 12 sorbitos, pero sin seguir el isocronético ritmo de las jodidas campanadas. Entonces te preguntarás por qué razón me sedo con 12 sorbitos y no 14, 16 ó 18. Podría responderte en un periquete si no estuviera anonadado ante la ínfima calidad de la pregunta, más propia de un ejemplar de Equus africanus asinus al que le han practicado una lobotomía con un tenedor para entrantes, que de un Homo sapiens del género femenino, con tres carreras universitarias y cuatro vibradores multirrítmicos, dos de ellos dobles.
Celebrar el fin del año se me antoja tan inútil como introducirse -uno mismo- una cobra india por la bragueta. O como introducir 3/4 partes de la Nada en una pequeña fracción del Todo. O como introducir algo anteriormente introducido y decir a todo el mundo que ese algo nunca había estado plenamente introducido, o por lo menos, debidamente introducido. Por cierto, ¿existe el verbo «extroducir»? Yo suelo festejar los días en que no me ha sucedido nada malo (que son pocos) o los que le ha sucedido algo malo a cualquiera de mis ex (que son muchas), a mis vecinos o al director de mi banco, pero nunca celebraría algo que no tiene sentido. ¿Por qué no se celebra el día que uno se contagia de herpes genital? Lo veo más lógico. ¿O el día en que se revienta una almorrana?
Hace algunos años, un amigo mío se dejó llevar por sus impulsos erráticos y se quemó a lo bonzo en Nochevieja. Por lo menos eso creyó él, pues se equivocó de fecha y se inmoló un día antes. Mientras el negro y gemebundo manto de la muerte lo envolvía en el pabellón de requemados del hospital, se le escuchó gritar «mierdaaaaaaaaa». Te cuento esto para que me ayudes a llegar a una conclusión. Si no puedes ayudarme a llegar a una conclusión, me bastará con que me ayudes a llegar al orgasmo.
Te quiere
Greg
