diciembre 2017

Email del 15 de diciembre 2017

Jheronimus van Aken, el Bosco. La extracción de la piedra de la locura (1505)

No era demasiado idiota, por lo menos no lo suficiente como para haberlo catalogado entre «Los 100 cenutrios más grandes que han aparecido ante mi vista», el tratado que escribí y publiqué en febrero del 2012 -aproximadamente siete meses antes de conocerlo- sobre algunas de las acémilas humanas que habían pasado por mi vida. Se llamaba José nosequé, tenia cara de híbrido entre Brassica rapa y Brassica napus, cerebro de mando a distancia de televisor de 65 pulgadas y una voz que me recordaba al ruido de asombro que emite una lagartija colilarga cuando le arrojan por encima un litro de champú de uso diario para cabellos grasos. Creo, aunque no estoy del todo seguro, que me lo presentó una amiga en común y desde el primer encuentro supe que ese tipo no era normal. Pero no fue hasta la segunda vez que coincidí con él en una cafetería cuando me di cuenta del potencial asnal de su cerebro batido.

Me encontraba sentado degustando plácidamente un Choleck de chocolate, o quizá un Cacaolat de vainilla, no lo podría precisar, cuando de repente una fuerza infrahumana me empujó hacía delante e hizo que me clavara la boca del vaso en el ojo derecho, con lo que la forma armoniosa y totalmente simétrica de mi rostro ovalado perdió un poco de atractivo durante unos minutos. Me giré con agresividad para ver quién había sido el desgraciado que me había propinado una palmada tan salvaje en el hombro y lo vi de pie, con aspecto de planta vivaz trepadora, y sonriendo como una especie de Gato de Cheshire de tercera división regional.

Mi primer impulso fue agarrarlo de forma que no se pudiera mover, abrirle la boca, introducir mi brazo derecho y agarrarle los intestinos, sacarlos fuera de su cuerpo y entregárselos a Paquita, la cocinera del establecimiento, para que me preparara algo sabroso con ellos, pero llegué a la conclusión de que, aunque algunas mujeres en el pasado se habían quejado amargamente de mi condición de pulpo, no tenía las suficientes extremidades como para llevar a cabo mi plan. Por esa razón me contuve, forcé una sonrisa hipócrita que hubiera hecho palidecer de envidia a la Madre Teresa de Calcuta y lo invité a sentarse conmigo. Bueno, en mi silla no, a mi lado.

Estuvimos charlando durante unos veinte minutos, aunque a mí me parecieron catorce años y medio. Lo que en ese tiempo me contó hubiera invitado al suicidio a alguien que no tuviera una resistencia mental tan extraordinaria como la mía. Intentaré hacer un pequeño resumen: su verdadero nombre no era José sino Granfhu 438 y era un habitante intraterrestre, es decir, del centro de la tierra. Allí vivía junto a su familia en un adosado en el exterior del núcleo externo. Su padre, Granfhu 437, había sido soberano de su país, llamado Granfhuland 000 hasta aproximadamente el año 110.001.100.913 o lo que equivaldría al año terrícola 89.000 a.C. Por supuesto toda su raza era inmortal y no sudaban nunca por las axilas. Cuando le pregunté la razón por la cuál estaba en la superficie terrestre me contestó que había subido hacía diecinueve siglos para probar la cerveza germana y le había gustado tanto nuestra sociedad que decidió quedarse para siempre.

Entre otras cosas me cantó varias canciones granfhuleiras, me contó cuatro chistes granfhuleiros y me enseñó su tatuaje de un granfhuleiro y una granfhuleira bailando en el ocaso del sol granfhuleiro que tenía grabado en el pecho. Pecho granfhuleiro, por supuesto. Cuando le dije que tenía que marcharme porque tenía pérdidas de orina y se me habían olvidado los pañales en casa, pareció entristecerse un poco, pero yo volví a sentirme terrenal y, afortunadamente perecedero. Cuando llegué a mi casa me preparé un cubata de ron, aunque igual fue de ginebra, me senté en mi sofá favorito e hice planes para un próximo segundo volumen de mi obra magna «Los 100 cenutrios más grandes que han aparecido ante mi vista» que podría titularse «Los 101 cenutrios más grandes que han aparecido ante mi vista o cómo escapé de un granfhuleiro y sobreviví para contarlo».

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Email del 12 de diciembre 2017

Pablo Picasso. Breakfast (1953) 

Hace un rato, cuando me tomaba el café con leche que me sirve de desayuno, he tenido unas ganas absolutamente irrefrenables de estamparlo contra una pared. Si no lo he hecho es porque luego tendría que limpiar los destrozos y desde que cumplí la avanzada edad de 55 -de eso hace ya casi 12 meses- me prometí a mí mismo moverme lo menos posible, pensar lo menos posible, hablar lo menos posible y exprimir naranjas lo menos posible. Y hasta ahora he cumplido a rajatabla todas esas promesas. Y otras que no me atreví a prometerme pero que consideré mientras exprimía las 4 naranjas que entonces comprendían la totalidad de mi desayuno. ¡Sí! Lo habéis acertado. El desayuno siempre ha sido muy importante para mí. Cuando todavía era un adolescente inmaduro solía desayunar al más puro estilo americano, es decir, café acuoso, 3 huevos fritos, un buen pedazo de tocino, 4 tostadas con mermelada, brownies y un vaso grande con zumo de pera y piña. El problema, o mejor dicho, lo que me hizo cambiar al desayuno francés, fue que tardaba unas 5 horas en prepararlo y dos en engullirlo, lo que no me dejaba tiempo para ir a trabajar y mis jefes acabaron despidiéndome. El desayuno francés cumplía ampliamente mis expectativas, pues consistía en un pan baguette entero con Nutella, 4 croissants grandes, café con leche y zumo de pomelo. Cuando el médico me diagnosticó diabetes mellitus tipo 2, maldije a los jodidos gabachos y solicité el internamiento en un monasterio famoso por sus desayunos que consistían básicamente en vino sin consagrar, vino consagrado, vino añejo y vino amontillado (con y sin consagrar). Allí aprendí a cantar en un tono totalmente desafinado. Y también aprendí a correr para salvar mi honra. Después de 4 meses de borracheras solo aptas para adultos decidí volver a casa de mis padres, pero mis padres decidieron que lo mejor para mí sería dejarles tranquilos y buscarme la vida y el desayuno de una forma independiente. 
Y la independencia me llevó a la cárcel. Me acusaron de renegar de mi patria, España, de pretender autogobernarme y me torturaron durante 4 días y 4 noches negándome un desayuno decente y sustituyéndolo por una rebanada de pan de molde añosa y un vaso de agua calcárea del grifo. Si gritaba de desesperación, entraba un hombre gordo con un antifaz de color amarillo y rojo y una gran águila negra tatuada sobre su antebrazo derecho y me cantaba canciones patrióticas hasta el amanecer. No desafinaba en absoluto, pero después de terminar cada canción se aplaudía durante 25 minutos y se pedía un bis. En ocasiones incluso bailaba una especie de mezcla entre flamenco comatoso y kazachok poco ondulante, que me recordaba a los movimientos de una grulla retrasada mental que busca con desesperación ser penetrada con cariño por el grullo ganador del festival primaveral de aves desquiciadas del Pacífico Norte.
Afortunadamente me soltaron cuando descubrieron que el vocablo independencia puede tener diferentes significados, pero para entonces yo ya era una piltrafa humana que se arrastraba por las calles mendigando un currusco de pan y un brik de vino tinto Peñasol, Gran duque, Cumbres de Gredos o incluso Don Simón. Ese fue mi desayuno durante 14 años. Hasta que un día vino en mi ayuda un ángel del cielo con forma humana llamada Liliana-Jacqueline Afaraya Tacanahui, que me dijo «no me toques, asqueroso» y se largó corriendo en dirección contraria. Sé que se llamaba así porque en su huida perdió la tarjeta de compras de Alcampo y yo lo recogí y me la comí con gusto y delectación. Ese pequeño y casi inaudible saludo con acento peruano se convirtió en mi salvación. Me senté en un banco del parque y medité sobre mi pasado, sobre mi presente y mi futuro, pero una repentina embolia me envió directamente al hospital para pobres, asociales y sociópatas cohibidos, donde una monja doblada y arrugada midió el tamaño de mi sutura interparietal sin quitarme el gorro de lana y llegó a la conclusión de que, o yo era un genio, o sufría el síndrome de Marfan. 
A veces, cuando me miro en el espejito policromado de bolsillo de mi ex novia, no puedo creerme lo que soy, sobre todo después de haber sido lo que fui. Y fui lo que fui por culpa de perseguir un desayuno saludable, equilibrado, completo y no demasiado calórico, y sobre todo, por seguir unas normas dementes dictadas por esta maldita sociedad que hemos creado para sentirnos un poco menos primates. ¡No he estampado el café con leche sobre la pared, pero debería haberlo hecho! Luego podría haber contratado una esclava búlgara o rumana, de esas que cobran 4 euros al día, para que la hubiera dejado como estaba antes del lanzamiento. Y voy a callarme, porque alguien puede confundir lanzamiento con alzamiento. 

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Email del 11 de diciembre 2017

Arshile Gorky. The artist with his mother (1926)

Si me fuera dado escoger, preferiría que se me considerase como mamporrero antes que como escritorzuelo, aunque nunca he tenido en mi mano un miembro de caballo. Ni de caballo ni de ningún otro animal o persona. Solo el mío. Y en contadas ocasiones. Todos sabemos que los Dioses no tienen que ir al retrete ni al banco a sollozar por un adelanto de la pensión. Yo, como semidiós, estoy exento de cualquier función corporal excremental. Excepto cuando cometo una falta y soy castigado por el altísimo adjunto del Ser supremo. Entonces, como penitencia, puedo ser sancionado a un par de jornadas con dolencias leves pero molestas como hiperplasia prostática en grado 2 o cistitis aguda. Es en esos instantes cuando no tengo otro remedio que sujetar el órgano viril con la mano izquierda, aunque a veces puedo utilizar la derecha, todo depende de cómo me levante o cuántos días de punición se me hayan asignado.

Pero no quería escribir sobre falos ni sobre mi condición superior y prácticamente definitiva. A decir verdad, no sé qué hago delante de esta maldita hoja de Word. Debería estar vacilando de masculinidad ante divinidades femeninas o incluso hermafroditas. Además, el párrafo anterior es tremendamente apestoso e incoherente. Necesito salvar el texto de una forma determinante y absoluta o la ninfa que me consigue la ambrosía de estraperlo me envenenará.

«Los días pasados en Zurich fueron tranquilos, aunque fríos y desapacibles, por esa razón cuando Ramón Pérez regresó a Valencia pensó que debía extirpar la tilde de la última sílaba de su nombre. De ahora en adelante sería Ramon. Ramon Pérez. Pero mientras más meditaba sobre el cambio, más intranquilo se sentía. El apellido de su padre le producía temblores y calambres. A media tarde salió al jardín a dar su acostumbrado paseo de cuarenta y cinco minutos y veintitrés segundos y se sintió enfermo. Manuel, el jardinero cojo y asmático que podaba los rosales en esos momentos acudió en su ayuda.
-¿Señor, se encuentra bien? Siéntese en el arriate, por favor. -exclamó asustado.
Pero Ramon (sin tilde) no pudo contestarle pues no existía. Nada existía, ni siquiera este zurullo de narración que me acaba de salir. ¡Menuda mierda! No sé por qué razón me martirizo intentando escribir algo, cuando lo que realmente me gustaría hacer es no hacer nada».

Cuando no hago nada, no necesito intentar convencerme por todos los medios de que soy una especie de cruce entre Hefesto y Gracita Morales. Solo no haciendo nada de nada puedo llegar a ser yo mismo. Y siendo Yo, todo resulta más sencillo. No es que crea que soy algo parecido a un perturbado con múltiples desdoblamientos de personalidad, y que no haciendo nada, mantengo encerradas en la prisión del subconsciente las pesadillas psicopáticas que se supone que me atormentan. Porque actualmente lo único que me atormenta es la posibilidad de que un alienígena gris proveniente de dimensiones desconocidas se concrete delante de mí e intente convencerme de que Odilon Redon no fue impresionista simbolista.

Me siento cansado y muy poco inspirado, pero tengo que justificar los dolores del parto de mi pobre madre. Todos sabemos, quizá excepto Ramon Pérez, que las explicaciones no nos redimen. Intuimos que la experimentación constante nos salvará al final del camino. Pero el camino no posee veredas ni bifurcaciones, solo tierra mojada y piedras que constantemente se meten entre los intersticios del cuero bellamente trabajado de las sandalias fabricadas en Taiwan, o quizá China. De las sandalias de un personaje que intenta ir en contra de la trama inventando sus diálogos y aturdiendo al resto de intérpretes que siguen el guión como pueden. Ni siquiera el autor protesta. Su mente está implosionando. Y mientras la rotura engulle lentamente la totalidad de las partes que comprenden el interior, la división de los átomos se interrumpe. De repente, cada una de las pequeñas cosas que conformaban su existencia salen disparadas en todas las direcciones. Mientras la sangre de su cabeza ensucia las paredes pintadas de blanco, los actores y sus roles desaparecen. Nada es lo suficientemente constante como para continuar resistiendo. Los motivos extramentales y las elegías que los protegen se disuelven y la creación que iba a sentar cátedra termina donde comenzó, unas semanas antes.

Las palabras no deberían sustituir a las miradas. Las miradas no deberían estar limitadas por el espacio y el tiempo. El espacio es extensión. El tiempo, sucesión. El significado existe. Siempre ha estado ahí. ¡Nunca aprendimos a relacionarlo con el signo! Pero el signo, aunque no sea más que un indicio, tiende a relevar, a suceder, a transferir un concepto y su representación más o menos genuina. Entonces, cuando eso sucede, lo deseemos o no, estamos hablando de las sensaciones. Y las sensaciones no atienden a normas ni disposiciones. Solo siguen un orden natural que todavía no comprendemos.

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Email del 10 de diciembre 2017

Marc Chagall. God creates man (1931)

Estoy escribiendo un relato corto titulado «Amarteración, queratoacantoma, somatología y panecillos topochos» que trata sobre los misterios y las evidencias morales o intuitivas de las masas no fermentadas hojaldradas y que está repleto de poder, lujuria, venganza, mentiras y pasiones desenfrenadas. De momento es tan corto que ni siquiera se podría calificar como narración breve, ya que solo he escrito una palabra compuesta de tres vocales y dos consonantes. No voy a desvelar de qué palabra se trata para evitar plagios, pero puedo adelantar sin duda alguna que este cuento será considerado mi obra maestra absoluta. Nunca, en la historia de la literatura universal, nadie se atrevió a escribir un relato cuyo título es más largo que la propia narración, y lo que es más importante, que con sólo un vocablo consigue reflejar la complejidad de los sentimientos, de la época y de unos personajes desesperados y al borde del colapso físico, emocional e intelectual.

Tego varios conocidos provenientes del mundillo erudito que amablemente se han ofrecido a prologar el texto, pero hasta ahora los he rechazado a todos porque sus rostros son desagradablemente asimétricos. No me interesa la gente fea o antiestética, aunque conservo amistades a las que sería verdaderamente difícil distinguir de un salmorejo poco majado. Si todavía no las he borrado de mi extensísimo círculo de amistades es porque mi mamá no quiere. Y yo detesto encrespar a mi progenitora, mentora y consejera al mismo tiempo. Me encanta cuando me grita «¡Eh, tú, catecúmeno babieco, ven aquí ahora mismo!».

Pero creo que me estoy alejando del punto inicial de mi disquisición, que no es otro que la exaltación de mis valores, de mi ingenio y de mi grandeza existencial. Lamentablemente, no puedo continuar en estos momentos, pues un fuerte ataque del síndrome diarreico agudo que padezco desde hace décadas me obliga a dirigirme con paso veloz al escusado. Volveré pronto. Supongo.

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Email del 8 de diciembre 2017

Vincent van Gogh. Head of an old man (1885)

VECINO: Hola, vecino. Estoy helado.
YO: Hola, Roberto. Sí, caray, hace un frío que pela. 
VECINO: Es insoportable. Hasta Bartolín está congelado. Es normal, hay que fregar los cubiertos…
YO: Perdona, Roberto, no te entendí. ¿Tu hijo no se llama como tú?.
VECINO: Bartolín es mi picha. Cada vez que friego los cubiertos y después voy a mear, la congelo.
YO: Ah, ejem, claro. Pues ve a mear antes de fregar ¿no?
VECINO: ¿Me estás vacilando?
YO: Joder, no. Mira que llamarle Bernardín.
VECINO: Bartolín. Bartolín. En honor a mi madre, Bartola. Antes era Bartolo, pero mientras más viejo me hago yo, más joven quiere hacerse él.
YO: Ajá. Bueno, me voy corriendo. Me esperan en la clínica para extirparme el hígado. Que tengáis un buen día ambos.
VECINO: ¡Coño! Que no sea nada, Gregorio…

Dijo Rafael Sanchez Ferlosio, en uno de sus fundamentales libros, que lo más sospechoso de las soluciones es que se las encuentra siempre que se quiere. No puedo estar más de acuerdo. Las soluciones tienen un propósito fundamental, aunque no por ello francamente desopilante: narcotizar las dudas y modificar los desenlaces. Pero si nos aflojamos un poco los pantalones o las faldas, y el riego sanguíneo puede recorrer sin impedimento las venas de nuestros decrépitos cuerpos, comprenderemos que realmente nada tiene solución. N-A-D-A. Todo lo más conclusión. Y hasta donde mis 145 de CI alcanzan, una solución dista mucho de ser una conclusión. Ambos vocablos son realmente sugestivos y terminan con la silaba «on», como anatematización, connaturalización y deslateralización, aunque sus definiciones son verdaderamente desemejantes. Pero existe un problema. O mejor dicho, YO tengo un problema, bueno, tengo varias decenas de ellos -pues llevo la cuenta en una libretita negra de tapas duras- pero solo uno es lo suficientemente inquietante como para quitarme el sueño: el espejo. El espejo que me insulta cada día. El jodido espejo que intenta por todos los medios que tome conciencia de esa figura vieja, achacosa y repugnante que se refleja sobre su superficie pulida, que no es otro que yo. Con o sin circunstancias. Poco importa eso en estos instantes. Si tuviéramos algo de sentido común, tú, él, ella, todos, incluido YO, nos moriríamos antes de haber cumplido los 40 años. Cuando nuestros rostros y nuestro cuerpo todavía conservan atisbos de juventud. Y nuestro cerebro todavía no ha empezado a olvidar los recuerdos escondidos en la memoria.

CAMARERO: Buenos días, Greg. Hacía tiempo que no te veía.
YO: Buenos días. He estado constipado. Pero no te acerques demasiado, todavía llevo una buena turca.
CAMARERO: Se te nota en la voz. ¿Un cortadito con la leche fría y sacarina, no?
YO: No, hoy lo quiero con la leche abrasando, sin sacarina.
CAMARERO: ¿Con azúcar?
YO: Sin azúcar. Ni sacarina. Quiero tomármelo sin avasallarlo. El café me ha hablado esta noche en un sueño y me ha dicho que soy idiota por disfrazar su exquisito sabor amargo.
CAMARERO: Hostias, Greg. Me quitas un peso de encima. Yo también oigo voces. No se lo había dicho a nadie por temor. Ayer una  servilleta me dijo que como soy tan atractivo no llegaré a los 25. 
YO: Jajajaja, cabrón, si ya debes estar cerca de los 40. Déjate de patochadas y tráeme el cafetito que estoy helado.
CAMARERO: No estaba de broma. Y tengo 24 años. Los cumplí hace tres días. Eres un hijo de puta. Me has mentido para burlarte de mí. Voy a mearme en tu puto café, gilipollas de los cojones. 

Como es natural, no se puede negar que la senectud es un periodo -el último- de la decadencia humana. Ese descenso a la Nada que comenzó segundos después de haber salido por la vagina de la persona que dice ser tu madre, haber sentido los gritos de falsa satisfacción del tipo que dice ser tu padre y haber recibido una palmada con muy mala leche de una «cosa» que se llama a sí misma doctor y que se cree Dios por haber estudiado muchos años. ¿Cuántos de nosotros hubiésemos nacido si nos hubiesen concedido la posibilidad de elegir? Con esta pregunta no quiero dar a entender que la existencia es aterradora, siniestra y negativa, porque aunque estoy totalmente convencido de que lo es, quiero que los pocos valientes que lean este texto continúen hasta el final. Soy una puta, lo he repetido en innumerables ocasiones. No me visto con shorts y blusas trasparentes, pero soy una zorra de alto nivel. Los 55 años pasados tienen parte de la culpa. Podría arrepentirme pero no sería más que otra mentira.


DEPENDIENTA: Hola caballero, ¿qué le pongo?
YO: Quiero dos panes de cuarto integrales, dos napolitanas de jamón y queso, dos mini roulet de chocolate, dos tartitas de manzana y una torta salada, por favor.
DEPENDIENTA: ¿Por qué dos de casi todo y una torta salada sola. Mejor te pongo dos de cada cosa…
YO: No, quiero dos panes de cuarto integrales, dos napolitanas de jamón y queso, dos mini roulet de chocolate, dos tartitas de manzana y una torta salada. 
DEPENDIENTA: Me parece que tu pedido es inestable. Si pides dos panes de cuarto integrales, dos napolitanas de jamón y queso, dos mini roulet de chocolate, dos tartitas de manzana, no sé por qué narices no pides dos tortas saladas.
YO: Porque no quiero. ¿Vas a decirme tú lo que tengo que pedir?. Te lo repito: ponme dos panes de cuarto integrales, dos napolitanas de jamón y queso, dos mini roulet de chocolate, dos tartitas de manzana y una torta salada. ¡Una sola!
DEPENDIENTA: Aunque mi mamá siempre me ha dicho que no discuta con las personas mayores, me niego a ponerte una tarta salada. Además hoy es el día de dos por uno en tartas saladas. Compras una y te llevas dos. 
YO: En una cosa tienes razón, soy viejo. Soy casi un abuelito, y podría ser tu tatatatarabuelo, pero quiero dos panes de cuarto integrales, dos napolitanas de jamón y queso, dos mini roulet de chocolate, dos tartitas de manzana y una torta salada. ¡Cojones! ¡Puta mierda ya! Serás joven pero estás agilipollada, nena. 
DEPENDIENTA: No hace falta que me insulte. Ahora se lo pongo. ¡Anda! Si acabo de darme cuenta de que no quedan tartas saladas. 

Durante el invierno de 1980, en un lugar que no viene a cuento para que la narración siga fluyendo, me sucedió algo terrible. Era un día 14 de enero, es decir el día de mi 18 aniversario. Y mientras trataba de robar una pera de un manzano, una imagen semejante a una pérdida de orina celestial y majestuosa se apareció a mi derecha. Durante los 14 microsegundos que duraba la acción de girar el cuello hacia su presencia, otra imagen, esta con forma de catéter doble J se manifestó a mi izquierda, con lo que tuve que decidir a qué lado miraba primero. Mientras tomaba esa decisión tan importante vi pasar toda mi vida, bueno, mis dieciocho años de vida en un instante. Entonces, supe que todo era una mentira. La derecha, la izquierda, el centro, los lados, los márgenes, los flancos, los bordes, el horizonte, las superficies, el plano, la zona, la superficie, las líneas, los trayectos, las orientaciones, las ringleras. Todo existía porque yo quería que existiese. Me había dejado adiestrar por el programa. Por los proyectos. Sin embargo todavía existía el espacio. Y el tiempo. ¿Iba a dejar que toda la basura recopilada por humanos para hacer pequeños a otros humanos dominara mi vida? ¡No! Por esa razón, escuché todo lo que tenía que decirme el cielo, las nubes, el sol, la luna (ah, la luna), las flores, los tallos, las rocas, los bichos (ah, los bichos), la tierra, el fango, el agua -tanto la corriente como la estancada- los sueños (ah, los sueños), la luz, los colores…

VECINO: ¿Pero no ibas al hospital? ¿Ya te han quitado el hígado? Caramba qué pronto te han dado el alta.
YO: Hola otra vez, Roberto. No tengo ganas de hablar con nadie. Me voy a acostar, dejar de respirar…
VECINO: Si no respiras acabarás por morir.
YO: Eso es lo que quiero. 
VECINO: ¿Quieres espicharla?
YO: Quiero desaparecer.
VECINO: Has perdido mucho en los últimos meses. Cada vez estás más viejo. Y se te va la pinza. Deberías buscarte otra novia, comprarte un perro de raza, y si tienes dinero, ir de putas tres veces a la semana. Por lo menos.

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