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| Romul Nutiu. Searching (XX cent.) |
Querida:
Vivo en una casa de papel donde las paredes se sujetan por medio de chinchetas metálicas. Quizá por esa razón los días en los que no tengo nada que hacer son los más perfectos de mi existencia. Me encanta sentarme en mi rincón favorito mientras contemplo el centelleo que producen las lámparas de sal cuando no están encendidas. Porque solo imaginando puedo sentir que cada uno de los pequeños objetos que me rodean existen de verdad. A veces, cuando creo que no me miro, deslizo las manos sobre los brocados inexistentes que adornan y visten cada una de las estancias que no conozco y que no llevan a ninguna parte. Otras, me contento con cambiar las tachuelas de lugar o sustituirlas por largas tiras de celo o pingajos de cola. Y mientras veo pasar los días y las noches como si se trataran de solemnidades indescriptibles, trato por todos los medios de conseguir ese beneficio exclusivo que me permita desplomarme de la forma en que se me antoje sobre la mesa de disección. Me gustaría tanto tener el suficiente poder sobre mí mismo como para ser capaz de escapar de este escarpado Ahnenerbe en que se han convertido mis razonamientos y sus homonímicas reflexiones posteriores. Me siento como un personaje secundario dentro de mi propia biografía.
¿Anagnórisis? Probablemente…
Soy un amante de los extremos opuestos. No necesito conocer lo que vive y a menudo se oculta entre dos puntos distantes. Me basta con creer que sus vértices pertenecen a las mismas líneas que los soportan. Me importa poco si las trayectorias son un elogio a la síntesis de su armónica profundidad o a las sombras de las dimensiones a las que pertenecen. Lo único que quiero es que alguien me escupa un poco de verdad. O por lo menos me mienta de una manera sincera y coherente. En realidad, por mucho que necesito que me hieran, siempre termino de una misma pieza. No es justo. Podría ser suficiente. ¿A alguien le importa? Ceremonia. Iniciación. El papel. Las chinchetas. La luz. Los pinceles. ¿Acaso los pinceles podrían revalorizar al papel? ¿Revalorizarlo sin la necesidad de mantener a esas malditas tachuelas? ¿Esas malditas chinchetas metálicas que contrastan tan monstruosamente con la luz mortecina que escapa de las lámparas de sal cuando no están encendidas? ¿Alguien puede asesinarme? Soy tan cobarde. Y no se me ocurre otra manera de dejar de contemplar los bordes. Esos márgenes amedrantadores y tan densos como un caligrama.
¿Anagnórisis? Probablemente…
He contraído una obligación. ¿Cuál puede ser el origen de los compromisos? Prefiero no encontrar la respuesta. En realidad siempre he huido de cualquier forma de resolución. Quizá por eso no he necesitado encerar la madera que hace de suelo. Aunque todavía conserva el color de árbol, no armoniza demasiado con la tonalidad clásica del papel. Aunque si quieres que te sea sincero, el papel tampoco armoniza demasiado con las tachuelas que lo mantienen pegado a esas perfectas inexistencias que algunos llaman paredes. Creo que debería hacer un agujero en alguna inexistencia para poder sacar la cabeza. Claro que también podría extender una pierna y dejar que los rayos del sol acariciasen el maléolo interno, el borde externo, la región del tobillo o los dedos de los pies. ¡Es una magnífica idea! Las ventanas pertenecen al que las abre, no a cualquiera que crea que lo sabe todo por el mero hecho de haber tenido que cerrarlas toda su jodida vida para guarecerse del frío, de la lluvia o de los sonidos externos. ¿Acaso un maullido callejero no es similar o incluso superior a una sinfonía? Es evidente que no se qué hacer con mi casa. Ni siquiera tengo muy claro para qué sirve una casa. Admiro a la gente que son sus propios hogares y que no tienen necesidad de almacenar posesiones. Mis únicas posesiones son ese maldito papel del que no paro de hablarte. Las chinchetas son prestadas y las lámparas de sal… ¡Algún día te hablaré de esas lámparas de sal!
¿Anagnórisis? Probablemente…
