Email del 5 de octubre 2018

Alekos Kontopoulos. Presence of a memory (XX cent.)

Querida:

Ayer te hablé sobre una mujer traicionera, cobarde y realmente malvada. Hoy lo haré sobre una de las personas más buenas, amables y generosas que he conocido. Se llamaba Amaya y aunque su rostro era semejente al de una liebre de Manchuria (bueno, yo tampoco soy un clon de Robert Taylor), su corazón era como el de un ángel guardián thepanom. Ella me salvó de volverme loco en 1983, 1984, 1985, 1988, 1989, 1991 y 1993, año en el que falleció. En los años 1986, 1987, 1990 y 1992 no pudo hacer nada por mí porque los pasó ingresada en hospitales intentando curarse de la enfermedad que al final acabó con su vida. Amaya nunca fue mi pareja, solo éramos amigos, amigos íntimos. De esos que surgen en un par de ocasiones en toda una vida.

Si relees mi cuento Disturbio eufemísticamente contubernial del libro que edité hace siete u ocho años titulado La carpincha tarascadora y otros siete relatos claramente distanciados podrás ver reflejada a Amaya en el personaje de Gabriela, la hermana de la protagonista que se suicida porque se le han quemado los macarrones. También puedes verla modelada en los diálogos de uno de los calzoncillos del email que escribí el 7 de agosto del 2011 -en este mismo blog- titulado Lucha de clases en la estantería. Pero llegados a este punto quizá te preguntes por qué me acuerdo hoy de ella. Y es una buena pregunta, desde luego. La verdad es que me acuerdo de ella todos los días y algunas noches, sobre todo en las que no soy capaz de conciliar el sueño.

Supongo que estarás de acuerdo conmigo en que cada vieja fotografía no es más que una ridícula fantasía. Pero las viejas fotografías no solo están dentro de nuestras cabezas. En ocasiones son las protagonistas de cada uno de los falsos recuerdos que almacenamos como pequeños tesoros. Porque la mayor parte de esos tesoros han sido transformados con el único propósito de endulzar el pasado, para que de esa manera seamos capaces de soportar el futuro. A veces pienso que Amaya no existió. En otras, trato de dibujar su imagen sobre las hojas de mi cuaderno para bocetos, pero lo único que consigo es trazar los rayajos que me atormentan.

Si el email de ayer me recordaba a los personajes de la T.I.A. inventados por Ibañez, el de hoy se me asemeja a una madeja de lana a la que le falta un gatito detrás que la maltrate mientras juega con ella. Y no es que prefiera ser maltratado. Es que en realidad nunca he dejado de maltratarme. Seguramente esa es la razón por la que todavía estoy vivo.

Greg