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| Odilon Redon. Upon awakening i saw the Goddess of the intelligible with her severe and hard profile (1885) |
Ainsss, querida:
Desde que me despierto por las mañanas hasta que me levanto de la cama suelen pasar algunos minutos. En ocasiones hasta una hora. Ese intervalo de tiempo libre e indeterminado suelo dedicarlo a pensar y hacerme algunas preguntas que considero existencialmente fundamentales:
-Bueno, otro jodido día más, ¿será una jodida repetición exacta de ayer y del resto de días anteriores?
-Si me corto las uñas de los pies antes que las de las manos, estas terminan oliendo a pinreles y todo lo que toco después me recuerda al queso Camembert o al Epoisses de Bourgogne, pero si me lavo las manos entre el primer corte de uñas y el segundo, pasa demasiado espacio de tiempo, me desconcentro y se me quitan las ganas. ¿Es posible que esa sea la razón por la que suelo llevar las uñas de las extremidades inferiores tipo águila imperial y me gaste una pasta gansa en calcetines resistentes, que al final resultan no ser tan resistentes como deberían o como prometen sus etiquetas?
-Estoy hasta los cojones de desayunar siempre el mismo menú, es decir, dos tostadas de pan integral con aceite de oliva virgen extra, un cortado de máquina de cápsula o un té chai con leche de soja light, una manzana golden o fuji y un yogurt 0/0 con trocitos de fruta. Hoy voy a variarlo un poco, aunque le cueste un disgusto a mi acomodado cerebro. Creo que voy a sustituir las dos tostadas de pan integral con aceite de oliva virgen extra por una tostada de pan blanco con mermelada de fresa (con 0 % de azúcares añadidos) de la marca Hacendado de Mercadona y eliminar por una vez la puta manzana. En su lugar me zamparé una pera, aunque no tengo claro si blanquilla, ercolino o conferencia.
-¿Qué color de pantalón vaquero elijo hoy? El negro me favorece pero me hace las piernas demasiado cortas y a mi avanzada edad no quiero parecer una especie de gato Munchkin con síndrome de viejo ridículo, pero con el azul sucede todo lo contrario. Um, no sé… ¡Todo es tan enrevesado!
Amiga mía, quizá pueda parecerte que me complico demasiado y que lo que verdaderamente debería hacer es lo que hace todo el mundo que vive solo antes de saltar de la cama: masturbarme y dejar las pamplinas aparcadas debajo del somier. Pero yo me masturbo a las 16:00 horas. Ni un minuto más ni uno menos. Ha sido así desde mi primera manola en solitario a la tierna edad de 11 años y lo será hasta la última, que será efectuada con asco y a toda prisa por una prostituta experta disfrazada de enfermera especializada y pagada para tal menester mientras yo decido si me muero ese mismo día o lo demoro un par de jornadas más. ¡Es la historia de mi vida! Ya sabes, no soporto hacer las cosas como se supone que deben hacerse o como las hace la mayor parte de la gente. Te pondré un ejemplo: hasta hace unos pocos años, cuando hacía gárgaras para aliviar el picor de garganta, las hacía en «A» -bueno, ya sabes, intentando pronunciar dicha letra-, pero en cuanto me enteré que toda la población del planeta también las hacían vocalizando o intentando precisar la primera letra del alfabeto español (exceptuando a una pequeña tribu de Senegal que por lo visto jamás hacen gárgaras) pasé a gorgotear con la vocal «U». Resulta infinitamente más complicado, pero por lo menos no me siento «uno más entre tanto todo semejante».
¿Sabes?, por las noches, antes de acostarme y siempre en posición de genuflexión sollozante, suelo recitar «Las sagradas oraciones diarias a la gran mona mamona de los altos árboles», que son las súplicas legítimas y aprobadas de la secta a la que pertenezco: «La sacrosanta hermandad de los monos mamones arborescentes». Desde que les entregué mi corazón y mi dinero me siento un tipo incomprensiblemente semejante al sujeto que era antes de entregarles nada. Por esa razón mis días y mis noches continúan adormecidos por tantas y tantas y tantas y tantas dudas. Y por el mismo motivo me hago ese grandísimo número de preguntas sin respuesta casi «todas las mañanas del mundo».
The end
P.D.
Quisiera pedir perdón, humildemente, a Alain Corneau por haber utilizado al final del texto el título de su maravilloso film (Tous les matins du monde – 1991) y al autor del libro en que se basa dicha película, Pascal Quignard. Y de paso hacer extensibles mis súplicas a Marin Marais y Sainte Colombe. Quizá debería haber utilizado otra frase, pero no se me ocurría ninguna y necesitaba poner fin lo más rápidamente posible a esa concatenación de frases estúpidas sin orden ni gusto que ha resultado ser este maldito y obligado texto.
