Email del 7 de diciembre 2018

Wassily Kandinsky. Winter landscape (1909)

Querida:

El restaurante estaba casi vacío, pero los dos tipos de la mesa de al lado… Su conversación era de lo más… En realidad no sé si era de lo más o de lo menos, pero no era demasiado normal, aunque yo no soy quién para decir qué es normal y qué es anormal (y si no atente a lo que pueda llegar a garrapatear en la posdata de este texto). Pero mejor juzga por tu cuenta:

HOMBRE 1: (Derramando el suero de un yogurt sobre un platito de café) ¡Fuera con esta mierda!
HOMBRE 2: ¿Qué haces? ¿Por qué tiras eso? Es lo mejor del yogurt.
HOMBRE 1: No me gusta. Me recuerda al semen.
HOMBRE 2: ¿Pero qué cojones estás diciendo?
HOMBRE 1: No me gusta. Me recuerda al semen.
HOMBRE 2: Ya lo había oído. ¿Te recuerda al semen? ¿Tu semen está tan licuado?
HOMBRE 1: No lo sé. Nunca he visto mi semen.
HOMBRE 2: ¿Pero qué cojones estás diciendo?
HOMBRE 1: No sé. Nunca he visto mi semen.
HOMBRE 2: ¡Sí! Ya lo había escuchado. ¡Tienes siete hijos. ¿Cómo es que nunca has visto tu semen?
HOMBRE 1: ¿Y qué importa eso? No comprendo a dónde quieres llegar?
HOMBRE 2: Deja de decir gilipolleces, anda…
HOMBRE 1: Te estoy diciendo la verdad. Nunca he visto mi semen.
HOMBRE 2: Pero… ¿tú, no te , nunca te has masturbado?
HOMBRE 1: ¡Pues claro que sí! ¿Qué te pasa hoy, tío?
HOMBRE 2: ¿Y sigues diciendo eso?
HOMBRE 1: ¿Diciendo qué?
HOMBRE 2: ¿Pero qué cojones va a ser? Diciendo que nunca has visto tu semen.
HOMBRE 1: Nunca he visto mi semen.
HOMBRE 2: Déjame que  te pregun… ¿Has visto el semen de otra persona alguna vez?
HOMBRE 1: ¿Pero por qué dices esas guarradas?
HOMBRE 2: Bueno, quizá en alguna peli porno…
HOMBRE 1: Nunca he visto películas pornográficas.
HOMBRE 2: Joder. Si nunca has visto semen, ¿cómo es que el suero del puto yogurt te recuerda al semen? Te conozco desde hace cinco años y parece…
HOMBRE 1: ¿Parece qué?
HOMBRE 2: ¡Bah! Dejémoslo estar.
HOMBRE 1: ¡Vale!
HOMBRE 2: ¡No! No lo dejemos estar. ¡No puedo creérmelo! Es imposible.
HOMBRE 1: ¿El qué no puedes creerte?
HOMBRE 2: Que nunca hayas visto semen.
HOMBRE 1: ¿Ya estamos otra vez con eso? Creía que ya lo habíamos dejado.

A esas alturas había escuchado el vocablo «semen» en 76 ocasiones en menos de 15 minutos y decidí que ya tenía bastante.

YO: Perdonen que me inmiscuya, pero su conversación sobre el semen me está revolviendo el arroz negro que me he comido. ¿Por qué no hablan sobre otro tema, o por lo menos bajan el volumen de su conversación?
HOMBRE 1: Oh, le pido perdón. Tiene usted toda la razón.
HOMBRE 2: No sabíamos que gritábamos tanto.

Y la verdad es que su conversación bajó de decibelios notablemente. Tanto que me sentí intrigado. Tan intrigado que comencé a arrastrar la mesa y la silla muy lentamente hacia las suyas. Por alguna razón, necesitaba seguir escuchándoles. Al cabo de unos diez minutos me encontraba lo suficientemente cerca como para seguir su diálogo…

HOMBRE 2: ¿Cómo es que nunca has visto fluido femenino? ¿Acaso tu mujer no se corre?
HOMBRE 1: Claro que se corre. Y varias veces seguidas. ¡Pero cuando se corre yo miro las cortinas!
HOMBRE 2: ¿Miras las cortinas? ¿Cuando ella se corre miras las putas cortinas? ¿Pero qué cojones estoy escuchando? Por favor, que alguien me sacuda un sopapo. Creo que estoy enferman…
HOMBRE 1: ¡Es que me gustan mucho esas cortinas! Nos las regaló mi madre cuando nos casamos.
HOMBRE 2: ¿Pero qué eres tú, una especie de nenito abuhado y sentimental?
HOMBRE 1: ¿Pero por qué no puedo mirar a las cortinas cuando mi mujer se corre?
HOMBRE 2: Caray. Necesito que alguien me haga aire. Oxígeno, necesito oxígeno purificado. Esto es de locos.
HOMBRE 1: Son unas cortinas de encaje la mar de bonitas y…
HOMBRE 2: Me importan una mierda tus cortinas. Y me importa otra mierda si tu mujer es capaz de correrse varias veces.
HOMBRE 1: Y a mí tus ramalazos homofóbicos. Creo que eres un homosexual reprimido.
HOMBRE 2: ¿Me estás llamando manflorito? ¿A mí?

Cuando me alejaba del bar todavía seguían atizándose. Al día siguiente leí en «Las provincias» que dos tipos se habían acuchillado de lo lindo en aquella zona y se encontraban en cuidados intensivos. La verdad es que el titular era más respetuoso, pero a estas alturas de mi vida, el respeto es algo que se me escapa por completo. Sobre todo cuando me encuentro cerca de, al menos, un ser humano. Bueno tú ya sabes lo que es un ser humano, esas cosas que caminan sobre dos piernas y se creen el mayor éxito de la evolución.

G

P.D.
Nunca me han gustado los inviernos. Son fríos, oscuros y francamente desagradables. Pero después de 56 inviernos esperando a sus primaveras y veranos correspondientes, he llegado a la conclusión de que cada año que espero y espero, soy más y más viejo. Por esa razón ya no espero que llegue la próxima primavera o incluso el próximo verano. Ahora, y con ahora me refiero a «en estos mismos y jodidos instantes», lo único que espero que llegue es una muerte rápida e indolora. Mientras aguardo a la parca ojeo catálogos de pañales y tacatás y marco los que pienso que son los que más me convendrán -sobre todo debido a su relación calidad precio- en un futuro que está casi llamando a mi puerta. Lo único que alegra un poco mi existencia es recordar que tú eres ocho meses más vieja que yo y que, aunque en realidad físicamente aparento ser tu nieto, voy justo detrás en esa maldita serie de desgracias gerontológicas implícitas en las instrucciones genéticas contenidas en el ácido desoxirribonucleico (sin azúcares añadidos) humano.

Ainsssss. Bueno, en realidad quería escribir que estoy hasta las pelotas de todo, pero por algún motivo he tecleado ese puto «ainsssss». Es posible que mi subconsciente, cansado de décadas de repeticiones y repeticiones y repeticiones y repeticiones y repeticiones constantes, no haya podido resistirlo y haya enviado una orden al departamento de «preceptos, disposiciones y advertencias» de mi enfermo, agotado y decrépito cerebro (Nota: ¿ves lo que te decía de las repeticiones constantes?: dos formas en tercera persona del singular del presente de subjuntivo del verbo haber, haciendo de imperativo, prácticamente seguidas).

Pero es que en realidad no existe nada que me saque de este estado de estupor semicomatoso que me impide dibujar una asquerosa sonrisa incluso cuando veo caerse de morros a alguien en la calle. ¿Qué me está sucediendo? ¿Me estoy convirtiendo en un acémilo, acéfalo, acepado, acerino y acezoso? ¡Dios no lo quiera! ¿Dios? Si soy ateo desde 1967 y apóstata desde hace casi tres décadas. ¡Y aprendiz de psicópata desde el mes pasado! Además cuchicruchicuchi a muchísima honra. Cuchicruchicuchi  es una palabra inventada por mí que significa cualquier cosa que yo quiera que signifique en cualquier momento, papel, frase o susisufrisusi. Por supuesto susisufrisusi es otro de mis vocablos manufacturados con la única razón de reírme del resto de humanos. Me encanta descojonarme de ellos. Ahora mismo, sin ir mas lejos, me estoy partiendo el pecho de ti y de cualquier gilipichi amansado que pueda estar leyéndome. Soy así. Lo siento mucho. Podría ser asá, pero es más sencillo ser así. Ser asá no está mal, pero se pierde demasiado tiempo explicando a los cenutrios que «asá» existe y que es una jodida deformación popular de un vocablo. ¿Pero qué puedo hacer? Adoro deformar. ¡Y combar! ¡Y por supuesto distorsionar! ¡Aunque todavía no distorsiono de una manera organizada! Quiero decir… soy capaz de distorsionar algo que no haya sido demasiado retorcido anteriormente, pero todavía estoy lejos de conseguir distorsiones del calibre de grandes distorsionadores como Joaquín Puigvert, de la Universidad de Russafa o H.H. Tormo, cófrade mayor de la Gran Orden de Distorsionadores Osteoartríticos de la Comunidad Valenciana.

Y ahora, cuchicruchicuchi susisufrisusi.