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| Unknow artist. Wyvern anatomy (date unknown) |
Que un tipo como él, mucófago, antinómico y procrastinador profesional me enviara a la «puta mierda» me dejó huella. Y eso que sucedió hace más de 40 años. Por esa razón, no pude dar crédito cuando me enteré de que acababa de fallecer. Me lo contó un callejeador de esos que se enteran de todo y solo me costó un cigarrillo rubio y un café. Cuando llegué a casa y me puse cómodo tumbado sobre la mitad derecha del sofá de tres plazas, pensé que era un tonto del culo por haberme olvidado por completo de ejecutar la venganza que le prometí en su día. Y mientras más vueltas le daba, más ganas me entraban de cumplir mi desquite, aunque fuera sobre un jodido y rígido cadáver. Pero en cuanto cambié de posición y me recosté sobre la parte izquierda del mismo sofá de tres plazas, decidí vengarme en el ser que él más quería: su perro Yombo.
Esperé cerca de 5 horas en el parque pero Yombo no apareció. La que sí hizo acto de presencia fue la exmujer del finado. Cuando le pregunté por el perro me contó que había muerto atropellado por cinco hombres gordos y una mujer semirrolliza hacía un año. Eso trastocaba mis planes. Y no podía desagraviarme por medio de su ex porque ella seguramente lo había odiado más que yo, así que me senté en un banco y me dediqué a mirar cómo se peleaban dos niños de unos tres años mientras sus madres se ponían al día en chismorreos, cotilleos, habladurías y comadreos. Cuando uno de los niños estaba a punto de atravesar un ojo del otro con una rama de sicomoro, me llegó la luz: podría quemar la casa del desgraciado y de paso ver cómo ardía su madre de 87 años y su hermana de 59. Pero en cuanto las madres se levantaron e intentaron separar a los dos aprendices de psicópatas llegué a la conclusión de que lo mejor era dejar que todo siguiese como lo había predispuesto la rueda del tiempo.
Aquella tarde, mientras me dirigía a mi prostíbulo favorito a practicar un poco de irrumación salvaje, agreste e indómita, mi cabeza no dejaba de dar vueltas. Llegó un momento en que sentí la necesidad imperiosa de vender mi alma a cada uno de los siete demonios del averno para que ese imbécil resucitara y de esa forma vengarme asesinándolo. Pero justo cuando estaba a punto de soltar una risotada caballuna en honor a mi enfermiza imaginación, la tierra se abrió a mis pies y de lo más profundo de sus entrañas emergió un guiverno marrón tocado con una especie de obispillo blanco en la nuca que me clavó la espina ponzoñosa de su cola. Y colorín colorado, este delirio alucinógeno se ha terminado.
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