Email del 10 de junio 2019

Michael Wolgemut. La danza de la muerte (1493)

Amiga:

La más importante epopeya benimacleteña es, sin duda, el antiguo romance tiltulado No se me curan las jacardas, compuesto en 1348 (pero no editado hasta cuatro siglos más tarde) por Don Epafrodito de Silva y Rivera, marqués de las Ventas de Arriba y vizconde de las Ventas de Abajo. Las jacardas, por si no lo sabes, era como Lucrecia, la hija del aristócrata, denominaba a los bubones causados por la peste negra.

«No se me curan las jacardas,
No se me curan ni con los unguentos de maese Nicolau.
No se me curan estos malditos forúnculos pringosos,
quizá es que me ha llegado la hora de palmarla.»


«Se me ha caído media nariz al suelo,
pero me niego a inclinarme a recogerla.
Si no se me cae otra parte del cuerpo,
veo factible la supervivencia.»

Por supuesto los ocho versos anteriores son, léxicamente hablando, una traducción, puesta al día o rejuvenecimiento idiomático efectuado a toda prisa por mí, más que nada para que te hagas una idea del talento que desplegaba la nobleza de Benimaclet. Se dice que la chusma comía tubérculos, el populacho las pieles y las raíces de esos tubérculos, pero los señores y los caballeros (y en numerosas ocasiones sus propios caballos) no se sentían satisfechos hasta caer al suelo debido al peso de la carne (y la alfalfa) que se apretujaba mientras hervía en sus intestinos.

Supongo que te preguntarás qué cojones estoy contándote. Y haces muy bien. Pero antes de llegar a una conclusión equivocada, te sugiero que la medites. Y si después de meditarla te sobra un poquito de tiempo, quizá podrías ir a la peluquería para que te quiten de una puta vez los rulos. Ya llevas casi cinco meses con ellos encima. Nos ha quedado claro a todos los que te conocemos que tu pelo rebosa vigor y robustez. No hace falta que rices el rizo.

Greg