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| Francisco de Goya. Prisionero encadenado (1806) |
Soy amable, ingenioso, responsable, alegre, asertivo, generoso, valiente, empático, creativo, íntegro, resiliente, entusiasta, autónomo, leal y, sobre todo, optimista. En resumidas cuentas, un humanista del siglo XXI. Por esa razón no comprendo cómo pudieron encarcelarme durante 16 años. Bueno, sí, maté a ocho personas, vale, pero fue por equivocación. En realidad intentaba pelar una manzana Royal Gala y se me escurrió el cuchillo con tan mala fortuna que golpeó contra el suelo, rebotó y se clavó sobre ocho desconocidos de ambos sexos que casualmente pasaban por allí. ¿Es que nunca nadie ha tenido algún disgusto con un cuchillo, navaja, puñal, daga o machete? Sí, es verdad, unos años antes del affaire con la manzana decapité a una anciana, pero ella me pidió que le separara la cabeza del tronco porque quería probar qué es lo que se sentía formando parte de una bicorporalidad trascendente.
En realidad nunca he hecho mal a nadie a sabiendas, excepto aquella vez en el instituto cuando le pegué una bofetada a una amiga porque intentó convencerme de que la aféresis es lo mismo que el metaplasmo. Pero tras el sopapo le pedí perdón y nos hicimos buenos amigos. Amistad que se rompió varios años después cuando me confesó que mis orejas estaban enjaretadas, esquinadas y prácticamente obliteradas, y que si no acudía con presteza al otorrino podría llegar a perder el sentido auditivo.
La libertad es algo indescriptible. Lo único que echo de menos del talego es la forma en la que movían el culito algunos funcionarios. Aquí afuera ya ningún hombre se contonea así. Ni siquiera metiéndole una anguila viva entre los calzoncillos y sus partes íntimas. Y sé lo que digo porque he hecho la prueba en numerosas ocasiones con algunos voluntarios. Pero lo que más me fascina de haber sido condonado es la similitud de condonar con condón. Sobre todo porque nunca he utilizado uno de esos, ni siquiera cuando me tocaron 3000 en una rifa. Aunque si lo analizo bien, la palabra «descristianización», que también termina en «on», o «hipercaracterización» también tienen su inusual encanto.
Ahora, es decir, en este mismo instante, aunque también en otros momentos anteriores, estoy convencido de que la existencia no es una realidad concreta sino una alucinación imprecisa. Y dentro del amplio abanico de alucinaciones imprecisas, probablemente la más imprecisa, confusa e incierta de todas. De eso trata el libro que estoy escribiendo. Y aunque a algunos les dé por refocilarse por sentirse vivos, sanos, fuertes, guapos y ricos, deberían saber que nada dura para siempre, aunque si se mantienen alejados de los cuchillos y de las manzanas, es posible que todavía puedan llegar a ver la luz al final del desagüe.
