junio 2019

Email del 12 de junio 2019

Jean Dubuffet. Episode (1984)

Todas las negociaciones siguen su curso. Por lo menos eso es lo que leo en el memorándum urgente enviado por mi secretario. Pero como nunca he confiado en nadie, ni siquiera en él, tengo varios asistentes, delegados, representantes y un portavoz que los pone en contacto a todos cuando es necesario. El problema es que este tipo vive y muere sin moderación y en ocasiones necesito sustituirlo por un factótum.

Ah, también tengo un corrector perimétrico, aunque como no sé para qué sirve ni siquiera lo he desembalado. Y una figura de porcelana con forma de gallina indiferente a la que llamo Kañiañiañiañiañiañia Zam Zam. Y un portaaxilas inventado por mí hace algunos años. Y tres cajones repletos de montones ponderados. Und eine kaputte Spieluhr. Et j’ai aussi le phimosis, mais je m’en fiche. E uno squawk che avverte di una presenza. Y surucucús y yararás dentro de terrarios de metacrilato. Y un aspa retirada del mercado. Y una página rota garabateada con avenencias infinitas. Y un trozo de hierro no demasiado mal imbricado. Y la representación artística huera de un bosquimano.

Y una aproximación infinita, aunque demasiado paradójica, de mi propio universo.

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Email del 11 de junio 2019

Francisco de Goya. Prisionero encadenado (1806)

Soy amable, ingenioso, responsable, alegre, asertivo, generoso, valiente, empático, creativo, íntegro, resiliente, entusiasta, autónomo, leal y, sobre todo, optimista. En resumidas cuentas, un humanista del siglo XXI. Por esa razón no comprendo cómo pudieron encarcelarme durante 16 años. Bueno, sí, maté a ocho personas, vale, pero fue por equivocación. En realidad intentaba pelar una manzana Royal Gala y se me escurrió el cuchillo con tan mala fortuna que golpeó contra el suelo, rebotó y se clavó sobre ocho desconocidos de ambos sexos que casualmente pasaban por allí. ¿Es que nunca nadie ha tenido algún disgusto con un cuchillo, navaja, puñal, daga o machete? Sí, es verdad, unos años antes del affaire con la manzana decapité a una anciana, pero ella me pidió que le separara la cabeza del tronco porque quería probar qué es lo que se sentía formando parte de una bicorporalidad trascendente.

En realidad nunca he hecho mal a nadie a sabiendas, excepto aquella vez en el instituto cuando le pegué una bofetada a una amiga porque intentó convencerme de que la aféresis es lo mismo que el metaplasmo. Pero tras el sopapo le pedí perdón y nos hicimos buenos amigos. Amistad que se rompió varios años después cuando me confesó que mis orejas estaban enjaretadas, esquinadas y prácticamente obliteradas, y que si no acudía con presteza al otorrino podría llegar a perder el sentido auditivo.

La libertad es algo indescriptible. Lo único que echo de menos del talego es la forma en la que movían el culito algunos funcionarios. Aquí afuera ya ningún hombre se contonea así. Ni siquiera metiéndole una anguila viva entre los calzoncillos y sus partes íntimas. Y sé lo que digo porque he hecho la prueba en numerosas ocasiones con algunos voluntarios. Pero lo que más me fascina de haber sido condonado es la similitud de condonar con condón. Sobre todo porque nunca he utilizado uno de esos, ni siquiera cuando me tocaron 3000 en una rifa. Aunque si lo analizo bien, la palabra «descristianización», que también termina en «on», o «hipercaracterización» también tienen su inusual encanto.

Ahora, es decir, en este mismo instante, aunque también en otros momentos anteriores, estoy convencido de que la existencia no es una realidad concreta sino una alucinación imprecisa. Y dentro del amplio abanico de alucinaciones imprecisas, probablemente la más imprecisa, confusa e incierta de todas. De eso trata el libro que estoy escribiendo. Y aunque a algunos les dé por refocilarse por sentirse vivos, sanos, fuertes, guapos y ricos, deberían saber que nada dura para siempre, aunque si se mantienen alejados de los cuchillos y de las manzanas, es posible que todavía puedan llegar a ver la luz al final del desagüe.

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Email del 10 de junio 2019

Michael Wolgemut. La danza de la muerte (1493)

Amiga:

La más importante epopeya benimacleteña es, sin duda, el antiguo romance tiltulado No se me curan las jacardas, compuesto en 1348 (pero no editado hasta cuatro siglos más tarde) por Don Epafrodito de Silva y Rivera, marqués de las Ventas de Arriba y vizconde de las Ventas de Abajo. Las jacardas, por si no lo sabes, era como Lucrecia, la hija del aristócrata, denominaba a los bubones causados por la peste negra.

«No se me curan las jacardas,
No se me curan ni con los unguentos de maese Nicolau.
No se me curan estos malditos forúnculos pringosos,
quizá es que me ha llegado la hora de palmarla.»


«Se me ha caído media nariz al suelo,
pero me niego a inclinarme a recogerla.
Si no se me cae otra parte del cuerpo,
veo factible la supervivencia.»

Por supuesto los ocho versos anteriores son, léxicamente hablando, una traducción, puesta al día o rejuvenecimiento idiomático efectuado a toda prisa por mí, más que nada para que te hagas una idea del talento que desplegaba la nobleza de Benimaclet. Se dice que la chusma comía tubérculos, el populacho las pieles y las raíces de esos tubérculos, pero los señores y los caballeros (y en numerosas ocasiones sus propios caballos) no se sentían satisfechos hasta caer al suelo debido al peso de la carne (y la alfalfa) que se apretujaba mientras hervía en sus intestinos.

Supongo que te preguntarás qué cojones estoy contándote. Y haces muy bien. Pero antes de llegar a una conclusión equivocada, te sugiero que la medites. Y si después de meditarla te sobra un poquito de tiempo, quizá podrías ir a la peluquería para que te quiten de una puta vez los rulos. Ya llevas casi cinco meses con ellos encima. Nos ha quedado claro a todos los que te conocemos que tu pelo rebosa vigor y robustez. No hace falta que rices el rizo.

Greg

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Email del 9 de junio 2019

Leonid Pasternak. The passion of creation (1892)

«¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhhh!»
(Extracto del capítulo Grito circunstancial número 14 del ensayo filosófico El libro de los gritos circunstanciales, escrito por Gregorio López Pérez en 1998).

«Si compro un agujero y me escondo dentro…
Si compro una tapa para el agujero y cierro este desde dentro…
Si compro un inodoro portátil de plástico y lo meto dentro del agujero…
Si compro un armarito para los calcetines y la ropa interior y lo introduzco dentro del agujero…
Si compro una cama de madera y mimbre y un sillón mullido y los visto con un edredón y una funda de seda de oriente…
Entonces me quedo sin dinerito…»
(Extracto del canto 126 del volumen 3 de Poemario sujeto con dos soportes ocultos, escrito por Gregorio López Pérez en 1999).

«Soy hijo de Gregorio y Mari Carmen. Nieto de Vicente y Narcisa y de Gregorio e Isabel. Bisnieto de Helimenas y Antonia y de Gregorio y Rufina. Tataranieto de Carlos y Flora y de Gregorio y Apolonia. Chozno de Eliseo y Gervasia y de Gregorio y Jerónima. Bichozno de Mauro y Leoncia y de Gregorio y Gregoria.»
(Extracto del epílogo de la elegía breve Too many Gregorios, escrito en inglés por Gregorio López Pérez en 2005).

«Me corrí y el esperma cayó sobre la mesa. De repente me entraron ganas de dibujar un mapa sobre él. Con el dedo índice separé el líquido seminal en tres partes: secreción citerior, secreción ulterior y secreción sin conquistar. Es increíble lo satisfecho que puede llegar a sentirse un historiador republicano después de finiquitar esplendorosamente un cometido onánico.»
(Extracto del capítulo 17 de la novela Fruición escópica –perteneciente a la Trilogía concupiscente, dictada y más tarde transcrita a papel- escrita por Gregorio López Pérez en 2009).

«Si el difunto abre los ojos, es necesario arrancárselos. Si abre la boca bastará con utilizarla de cenicero durante 20 minutos, o lo que es igual, 3 cigarros, pues al cabo de este tiempo las bocas de los muertos suelen cerrarse en un rápido movimiento, de la misma manera que se cierran algunos anos heterosexuales ante la presencia de algo semejante a un órgano enhiesto».
(Extracto del capítulo 5 de la novela Matasuegras, bengalas y motosierras -perteneciente a la Trilogía concupiscente, voceada desde una loma y más tarde transcrita a pergamino- escrita por Gregorio López Pérez en 2011).



«¡Ooooouuuuuuuuuuuaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhhh ahhhhhhhh ahhhhhhhh agh agh agh!»
(Extracto de la reedición del capítulo Grito circunstancial número 14 del ensayo filosófico El libro de los gritos circunstanciales, escrito por Gregorio López Pérez en 1998 y revisado en 2014 y 2015).

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Email del 7 de junio 2019

William Merritt Chase. The old book (1908)

Querida:

A primera hora de esta mañana he estado releyendo los Hechos de los López Pérez, escrito en 1578 por uno de mis antepasados, llamado Bardomiano López de Estúñiga. En el capítulo cinco, dedicado íntegramente a los López Pérez (aunque también a los López García, los López Sánchez, los López Martínez y los López Pacheco y Portocarrero), hay un versículo que me ha dejado absorto y preocupado…

«Cuando se propague la epidemia y elimine a varios cientos de millones de badulaques de la faz de la tierra, es posible que solo entonces, algunos tomen conciencia de lo que verdaderamente son: una maldita insignificancia.» 
(Hechos de los López Pérez. Capítulo 5, versículo 26)

Nada más cerrar el libro me he sentado en una silla para intentar meditar sobre dicho fragmento, pero un repentino dolor de espalda me ha obligado a cambiar el clásico asiento unipersonal por el más social y mullido de la chaise lounge. El resultado: me he dormido sin meditar una jodida mierda, por lo que nada más despertarme y toser un poco, he decidido sentarme frente al portátil e intentar relatarte mi enriquecedora experiencia de hoy para hacerte sentir un poco más realizada en tu zonza, gemebunda y prostibularia vida.

Greg

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Email del 6 de junio 2019

Unknown artist. Leprosy in La Franceschina (1474)

Amiga:

He decidido paralizar casi por completo mi vida. Te preguntarás cómo alguien en su sano juicio puede llegar a tomar una decisión tan drástica, pero después de analizarla concienzudamente he llegado a la conclusión de que es la única manera que tengo de contener la tristeza. Ya no me importa si los días son blancos o las noches rojas. Ni siquiera si Marlowe era Shakespeare o si una gasa almohadillada es definible como un simple apósito. Lo único que realmente significa algo es el silencio, tan difícil de conseguir en este edificio. Por esa razón voy a tratar de existir sin estar y, si me es factible, sin ser. O por lo menos estar y ser, pero siempre lo más alejado posible de la gente que está y es a todas horas. Voy a aprender a permanecer sin comer y a continuar sin beber, aunque mantendré el pequeño hábito de enviarte algunos textos, pero solo si me prometes que jamás contestarás a ninguno.

(Más tarde)
Sabes que soy el único tipo que conoces al que no le produce ningún desasosiego retorcer el tiempo. Te lo recuerdo porque, en cierta manera, me siento culpable de haber enroscado parte del tuyo -sin permiso- en el pasado. Simplemente por experimentar el placer que se siente haciendo algo en uno de esos precisos momentos en que lo más lógico sería no hacer absolutamente nada.

(Mucho, mucho más tarde)
Ayer sentí angustia. Antes de ayer malestar. Hoy sufriré ansiedad. Mañana volveré a sentir malestar. Pasado mañana otra vez angustia. Luego ansiedad, malestar, angustia. Mis dolencias son cíclicas. En ocasiones graduales. Cuando las cojo con las manos y trato de estirarlas se ponen a gritar como niñitas. A veces se ponen blandas. Otras veces se ponen duras. Yo intento comprenderlas. Ellas nunca me entienden. Sus conductas son ilógicas. Mis condiciones razonables. Cuando las analizo se sintetizan. Cuando las densifico se evaporan. Cada una de ellas es un yo en potencia. Yo soy parte de sus grumos, de sus corpúsculos, pero también de sus licuefacciones. Sé que algún día acabarán conmigo porque saben que estoy dispuesto a todo.

Greg

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Email del 5 de junio 2019

Alexander Roitburd. Horse political (2009)

Amiga:

Es posible que te parezca una insensatez, pero me encuentro completamente al margen de cualquier proposición que confirme la redención como única manera de sentirse humano. Por supuesto no creo que te parezca insensata mi afirmación, sino el hecho de que me atreva a manifestarla cuando en realidad se supone que me la refanfinfla todo y casi todos. Puede que me esté haciendo viejo, pero también es factible que mi aborrecimiento por cualquier cosa que me recuerde a esos tipos y tipas que caminan por la calle dibujando sonrisas repugnantemente falsas en sus rostros, mientras tratan de prolongar el itinerario que les conduce a alguna parte -que generalmente suele ser ninguna parte o la misma parte- se esté convirtiendo en patológico o improrrogable. Si se ha nacido de un vientre materno, cualquier parte puede ser la mejor. La única. La verdaderamente irreemplazable. Mi parte… mi parte no es más que un vestigio de otra parte. Quizá la parte contratante de los Marx o puede que otra parte diseñada para anular a la inmensa cantidad de partes que se manufacturan diariamente. No lo sé. Tampoco me preocupa. Lo único que tengo claro es que mi parte es diferente al resto de esas partes, pero no de la misma manera que cada parte es diferente en sí misma, sino como solución final a una inconsecuencia formal.

Me siento perseguido. No me malinterpretes, todavía no he llegado a alcanzar ese estado enfermizo que producen algunas psicopatías. Me siento perseguido por mí mismo. Y al ser yo el perseguido y el perseguidor, me siento hostigado y extenuado. Hostigado mientras soy perseguido, extenuado cada vez que me persigo. Podría dejar de comprometer mi integridad mental y resignarme a parecerme a cualquiera. Pero tratar de que cualquiera y yo nos parezcamos no depende ni de ese cualquiera ni por supuesto de mí, sino de esta sociedad precocinada por algunos autoproclamados «chefs semidioses» cuyo deber es convertirnos en prostitutas enloquecidas. Y hasta ese mismo instante, es decir, hasta el momento en que el microondas irreal y delirante de las corporaciones me reclasifique, no pienso dejar que nadie prepare mi extinción controlada. Si he de palmarla, ha de ser a mi manera.

¡Claro que podría seguir con la vida de mierda que me proporciona el Estado! Cada cierto tiempo voto a los representantes que me parecen menos nocivos o más independientes y ellos me permiten graciosamente sentirme un individuo realizado. En ocasiones he de abrirles mi culo, pero eso es algo que ya no me quita el sueño, pues tengo un acceso ilimitado y gratuito a una cantidad numéricamente increíble de tratamientos, espectaculares e indoloros, creados por los «sodomicientíficos» de la administración corporativa estatal para transformar las fisuras anales en sólidas apariencias circunstanciales.

Ayer intenté darme cuenta. Hoy no recuerdo si realmente fui capaz de conseguirlo. 
Ayer intenté darme cuenta. Hoy no recuerdo si realmente fui capaz de conseguirlo. 
Ayer intenté darme cuenta. Hoy no recuerdo si realmente fui capaz de conseguirlo. 
Ayer intenté darme cuenta. Hoy no recuerdo si realmente fui capaz de conseguirlo. 
(Apotegma de los olvidadizos)

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Email del 4 de junio 2019

Giotto. Last judgment (1306)

Querida:

Me encontraba arrellanado sobre el sofá meditando acerca de la fusión del núcleo de hidrógeno que forma el núcleo de helio, y que es la base de la reacción exotérmica en el sol y las estrellas, o en otras palabras, la fuente básica de energía del universo, cuando mi pie derecho se desprendió de mi pierna a la altura del astrágalo -sin causarme dolor alguno- y se alejó volando por una de las ventanas, aleteando mediante una especie de élitros rudimentarios que le salieron a ambos lados. Cuando intenté atraparlo perdí el equilibrio y caí de cabeza sobre el mármol que cubría la parte superior de la mesita baja de café, fracturándome la apófisis cigomática y parte del esfenoides… Aunque no sé por qué cojones te narro con tan excesivo detenimiento los sucesos extraordinarios que sazonan algunas de las sublimes jornadas que justifican mi existencia, y al mismo tiempo la transforman en jolgorio, farra y jarana, si tú por el contrario nunca me cuentas absolutamente nada. Quizá porque cuando lo intentas yo empiezo a despotricar sobre cualquier tema que en ese momento considere un jodido puto mal rollo. Pero, en realidad, ¿qué es un jodido puto mal rollo? Quiero decir, si un jodido puto mal rollo es, por ejemplo, que mi protector, que por una de esas casualidades también es tu chulo, me agarre del bisoñé y me arrastre varios metros por el suelo, entonces, seguramente no se le puede llamar jodido mal rollo a las ocasiones en que asomo la cabeza por la ventana a las dos de la noche e interpreto a cappella los 8:21 minutos del tema experimental Revolucion 9 de los Beatles. Sin embargo, aunque algunos estudiosos expertos en sinvergüencerismo sociopático consideren mi interpretación nocturna más como una gamberrada desagradable que como una proposición escandalosa, creo que debería ser reconsiderada con la perentoriedad esencial y necesaria que se merece.

¿Recuerdas ese día en que estabas extendiendo la masa sobre el banco de la cocina -previamente enharinado para evitar adherencias innecesarias-, y yo te pregunté qué era lo que estabas haciendo? En realidad yo sabía que pretendías obtener mis favores elaborando unos pastelitos hojaldrados, pero te lo pregunté para que intentaras darme una respuesta lógica, sencilla y natural y así yo poder cortarte la frase con cierto salvajismo irracional e introducir uno de mis famosos desvaríos manufacturados. Obviamente la jugada no salió como yo pretendía porque explotó el horno y ambos acabamos en el hospital (tú en la UCI y yo en planta). Lo que intento explicarte es… es que en algunas ocasiones siento la necesidad de comportarme como un auténtico hijo de puta. Pero no como un hijo de puta cualquiera, sino como uno del estilo de Dios, ya sabes, psicopático y totalitario.

Llegados a este punto me siento obligado a impugnar por completo el primer párrafo, o por lo menos toda esa patraña del pie volador. ¿Conoces a otro tipo que reniegue de sus propias pamemas tan rápidamente? ¡Creo que me he pasado de listillo! Volveré a hacerte la pregunta de nuevo: ¿conoces a otro tipo que reniegue de sus propias bobadas tan rápidamente? Y ahora te la haré como si fuera mi corrector del teléfono móvil el que te interroga: ¿albornoces a otro hipo que aborregue de sus inopias tumbadas tan mustiamente? Y ahora trataré de retractarme sobre lo que dije solo unas líneas más arriba: Dios es bueno. Sobre todo deontológicamente hablando. Dios es nuestro Señor y todos los seres del mundo (o quizá incluso del firmamento) somos sus corderos. Los corderos de Dios. Aunque yo pienso que somos sus besugos. Los besugos de Dios. Y aunque algunos todavía esperan ser cocinados por Él, yo solo confío en que otra deidad superior en el escalafón omnisciente y omnipotente perteneciente a esa hipótesis física denominada universo paralelo lo castigue como se merece.

G

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Email del 3 de junio 2019

Amedeo Modigliani. Cafe singer (1917)

Nada más terminarme el plato de gachurreno sentí que debía empezar de nuevo. Y no me refiero con otro plato más de gachurreno, sino con mi vida. Por esa razón lo primero que hice fue cambiarme el nombre legalmente y pasé de ser Gregorio a llamarme Tusugumbadin-Bumbang López Pérez. En cuanto construí los CEN (Cimientos Existenciales Novedosos) todo mi resentimiento socio-claustrofóbico desapareció y me convertí en un tipo nuevo, repleto de amor, humanismo y algunas toneladas de bondad infinita. Y como suele suceder con los supergrandes personajes autotransformados gracias a las vicisitudes de la existencia, acabé mis días como transformista en el garito El lobito azul, donde me quitaba la peluca tres veces al día mientras canturreaba Je ne regrette rien.

Non, rien de rieeeeen
Non, je ne regrette rieeeeen
Ni le bien qu’on m’a faiiiiit
Ni le maaaaal
Tout ça m’est bien égaaaaal
Non, rien de rieeeeen 
Non, je ne regrette rieeeen
C’est payé, balayé, oubliéeeee
Je me fous du passéeeee

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Email del 2 de junio 2019

Pietro Longhi. Fainting (1744)

Hola:

Me preguntas cómo me encuentro… Bueno, la verdad es que no estoy peor que hace una semana, aunque eso no quiere decir que me sienta lo suficientemente dichoso como para salir a la calle y dibujar una tremenda sonrisa para el primero que pase. La combinación concatenada de cuestiones, propósitos y pesadumbre comienza a esparcirse por las neuronas de mi cerebro como una incorrección perfectamente esquematizada. En estos momentos me siento como una planta a la que no se ha regado ni abonado en meses. Por supuesto, tú me conoces, no es mi propósito deprimirte con mis infortunios, pero estoy convencido de que después de tantos emails repletos de humor, surrealismo, escatología  y pornografía no serás capaz de negarme unas pocas lágrimas.

Supongo que este texto, o mejor dicho, el parágrafo anterior, es el más accesible que he escrito en mi vida. Lo he releído un par de veces y me he sentido como un niñito de siete años al que seis años y medio de palizas continuadas han trasformado en un cursi bobalicon adulto.

-Hola. ¿Eres Gregorio? -exclamó una mujer no demasiado guapa desde el otro lado de la puerta.
-Sí. Tú debes ser Ninfómana Caliente. Bueno, por lo menos ese es el nik con el que contacté.
-Sí, soy Ninfómana Caliente, pero puedes llamarme Cerecita Húmeda si el otro nombre te importuna. Según leí en tu email querías que una mujer menstruara en tu cara, ¿no es así? -respondió mientras se arremangaba la falda y se arrancaba las diminutas bragas.
-Sí, así es. ¿Te parezco un enfermo?
-No soy psiquiatra, corazón. Ayer me vino la regla y es muy abundante durante 17 horas, así que sugiero que empecemos lo antes posible…

Siempre he pensado que demostrar las emociones reales sin disfrazarlas convenientemente es un tremendo error. Claro que si eres de las que piensan que disfrazar no es más que un jodido sinónimo del verbo mentir, entonces no estarás de acuerdo con mi apreciación. La verdad es que una de las cosas que menos me importan de los humanos es si están o no de acuerdo conmigo. Porque en algunas ocasiones ni siquiera yo estoy de acuerdo conmigo y nunca, repito, nunca, estoy de acuerdo con nada de lo que pueda salir de la boca de alguien que no sea yo o el psicótico organizado que me parasita.

-¿Te ha gustado? ¿Has tenido suficiente? Límpiate mejor la cara, cariño. Todavía llevas parte de mi sangre y matriz sobre tu rostro.
-Ninfómana caliente, ¿recuerdas lo que hablamos en el último email?
-¿Lo de presentarte al desequilibrado de mi ex?
-Sí. Me dijiste que era especialista dando palizas…
-Te aseguro que es el mejor… Cielo, ¿de verdad quieres que te golpee?

Si nadie se apiada de mí, y yo necesito que alguien se apiade de mí, entonces, tengo un gran problema. Soy un maldito vicioso y un degenerado, pero todavía no he llegado al punto en que no necesite que alguien se apiade de mí. Te lo pediría a ti, pero sé que ya tienes suficiente apiadándote de ti. Además, no me gusta cómo te apiadas, creyéndote tan única y especial. ¿De verdad crees que eres una elegida? Nadie es un elegido, aunque a veces yo te eligiera para follarte con diferentes objetos por el culo. ¿Eso te hace única? A saber cuántas veces has abierto tu viejo agujero repleto de fisuras e imperfecciones para que cualquiera que pregonara al mundo que es un gran penetrador o empotrador, te introdujera cualquier cosa que tuviera en esos momentos a mano, ya fuera algo romo o aguzado… en exceso.

-Mañana hablaré con él. Se llama Teo, aunque el prefiere que le llamen «Muerte». Sí ya sé que es un apodo muy clásico pero…
-Ninfómana caliente, no me falles. Necesito que me dé una paliza tal que no me sea posible volver a querer que tú u otra mujer me menstrúe en la boca. Pero es necesario que no me mate. Toma. Esto es parte del dinero por su trabajito. Entrégaselo. El resto cuando lo tenga delante.
-Chico, creo que estás loco, pero es tu decisión y parece que es inquebrantable. Ha sido un placer sangrar sobre ti. No hace falta que me acompañes a la puerta. Adiós, cielo.
-Adiós Ninfómana caliente. ¡Cuídate mucho!

Las dificultades… las dificultades que tengo para deglutir todo lo que no esté triturado por una batidora. Las dificultades que tengo para que la batidora funcione y no provoque que salte el diferencial eléctrico. La dificultad que produce que el diferencial esté tan alto y que solo sea accesible si me subo a una banqueta. Las dificultades que representa para un tipo con vértigo subir a una banqueta para deslizar hacia arriba el interruptor.

El interruptor…

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