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| Andre Masson. No name (XX cent.) |
ALGUNOS NOMBRES ESPAÑOLES EN DESUSO. PRIMERA PARTE.
LEOVIGILDO
Un Leovigildo encaramado sobre otro Leovigildo no dejaba de insultar a cualquiera que pasara a menos de 20 metros de donde se encontraban ambos. Al poco rato el Leovigildo que sujetaba no pudo resistirlo por más tiempo y se cayó al suelo emitiendo un gran estruendo, mientras que el Leovigildo que dirigía el EAC (ejercicio de atemorización ciudadana) aterrizó sobre uno de los insultados. Al verse solo, Leovigildo se puso a imitar a un Maximino con la esperanza de pasar desapercibido, pero su tocayo desde el suelo lo delató gritándole que era un maldito Leovigildo con piernas de niñita bulímica y ambos fueron arrojados a un río cercano. Algunos dicen que se ahogaron, otros que un Leovigildo se subió encima del otro y se puso a insultar a los barbos mientras intentaban nadar de lado. Sea lo que fuere, no existe ningún valenciano que no recuerde los versos escritos en el dialecto local por el afamado poeta Bertomeu Fabré Estruch dos siglos después de que sucedieran los hechos.
Leovigildo echa espumarrajos por la boca,
las gotas caen sobre su asiento,
que no es otro que Leovigildo,
que no es otro que Leovigildo.
Y mientras la gente le persigue,
alguien le traspasa con su daga traicionera,
el otro que es Leovigildo,
el otro que es Leovigildo.
Bailemos sobre los peces que huyen despavoridos.
Bailemos sobre todos los que sirven de asiento.
Y si no queremos bailar…
Siempre podemos no bailar…
(Traducción: Gregorio López Pérez)
INDALECIO
Las nueces permanecían agrupadas en montones debajo del árbol. Como nadie se acercaba a recogerlas, un cerdo que solía tumbarse cerca decidió zampárselas todas. Dicen que los cochinos pertenecientes al género Sus piensan de una forma casi humana, pero este ejemplar porcino, quizá demasiado aturdido por tantas horas de siesta y babeo, no se dio cuenta de que a unos metros de él estaba Indalecio, el vigilante de los montones. Allí donde se almacenaba algún producto amontonado, acababa contratado Indalecio, quizá el mejor velador montonero de la comarca. Su padre había sido capataz y su madre rondadora, por lo cuál a nadie le asombraba que su único retoño se dedicara a semejantes menesteres.
Algunos vecinos dicen que escucharon una especie de gemido -más parecido a un lamento que a un gimoteo exultante- que les heló la sangre. Cuando se acercaron al árbol lo que vieron les dejo paralizados: en una esquina se encontraba Indalecio y en la otra el puerco. De repente ambos se enzarzaron en una pelea que duró casi cuarenta minutos. Cuando terminó, alguien declaró vencedor por puntos al vigilante y el chancho no tuvo otro remedio que retirarse cariacontecido y avergonzado a su lugar de descanso. Cuando Indalecio se limpió la ropa se dio cuenta de que los montones habían desaparecido. Decir que se sintió confundido y engañado sería quedarse corto. Ni siquiera las explicaciones del dueño del árbol, que le aseguró que entre él y dos de sus asalariados sudamericanos habían retirado los montones durante la refriega para que no se echaran a perder si alguien, humano o bestia, acababa encima, pudieron tranquilizarlo. Al final Indalecio se marchó junto al cerdo y se tumbó a unos metros de la barriga peluda. Nunca más se separaron hasta la muerte del comedor de bellotas acaecida nueve años más tarde.
PANTALEONA
En aquellos tiempos cada vez que necesitaba que alguien me untase el culo con Nocilla acudía a casa de Pantaleona. ¡Vale! Supongo que debería haber avisado antes de empezar que este texto solo era apto para mayores de 35 años, pues trata básicamente de anos masculinos, lenguas femeninas y Nocilla (y en ocasiones Nutella). Pero si quiero ser justo conmigo mismo, he de dejar claro que me alegro de no haberlo hecho, quiero decir, de no haber puesto una de esas pequeñas notas tipo «Parental Advisory: Explicit Content«. Todos los humanos tenemos ojete. Algunos subhumanos también. Y no conozco a ninguna persona de cualquiera de los sexos que ahora existen, que no tenga lengua a menos de que se la hayan extirpado por cualquier razón. Quiero decir… bueno… ¡Una vez conocí a un sujeto al que le encantaba que su novia lo sodomizase con una especie de consolador fabricado con ensaladilla rusa congelada. Luego, cuando acababan con la sesión se comían la ensaladilla (o lo que quedaba de ella) con pan de pueblo mientras discutían sobre los mejores movimientos avanzados. También conocí a otro sujeto, llamémosle Predicado para no confundir a los lectores, que solo alcanzaba el éxtasis cuando alguien le ponía un mosquito disecado en una oreja. Claro que este tipo, Predicado, era un enfermo mental que acabó su existencia disfrazado de díptero culícido y dando vueltas a una lampara encendida. ¡Sí! En aquellos tiempos cada vez que necesitaba que alguien me untase el culo con Nocilla acudía a casa de Pantaleona.
BARDOMIANO
Conocí a Bardomiano un año antes de que se convirtiese en Bardomiana. Rompimos nuestras relaciones de amistad un año más tarde de que decidiera volver a ser Bardomiano y no volví a hablar con él hasta ese día que tropecé… en una calle…
BARDOMIANO: ¿Eres tú? ¿Eres tú? ¡No me lo puedo creer. ¿Eres tú?
YO: ¡Sí, soy yo. ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo estás Bardomiano… ana… Bardomi… Bar… a… a…
BARDOMIANO: Ya no soy Bardomiano. Tampoco Bardomiana. Pero puedes llamarme Ahainja, que en inuit quiere decir «oso salvaje que sigue su triste destino sobre la nieve ajada».
YO: Es un nombre precioso, Ajanja…
BARDOMIANO: ¡Ahainja!
YO: ¡Ajainka!
BARDOMIANO: No, no, no… Muy mal. Un cero. Repite otra vez. ¡Ahainja! A-ha-in-ja. ¡Ahainja!
YO: ¡Ajainja!
BARDOMIANO: No. Joder. Sin jota. La jota debe ser pronunciada como una hache. ¡Aha! ¡Aha! ¡Ahainja! ¡Ahainja! ¡Ahainja!
YO: ¡Ahainha!
BARDOMIANO: ¡Mal! ¡Horriblemente mal! La primera es una hache y se pronuncia como jota, pero la última es una jota que se pronuncia como una jodida jota. ¿Por qué no lo comprendes? ¡Aha-in-ja! A-H-A-I-N-J-A.
YO: ¡Arjainja! Ajain… ¡Ahainja!
BARDOMIANO: ¡Muy bien! Perfecto. ¡Ajainja!
YO: ¿Creía que era Ahainja, con hache?
BARDOMIANO: Claro que es Ahainja con hache. Es lo que trato de explicarte en los 20 minutos que llevamos con esta discusión.
YO: Acabas de decir «¡Muy bien! Perfecto. ¡Ajainja!»
BARDOMIANO: ¿Yo he dicho Ajainja? Pues me habré confundido. Es Ahainja. Ahainja. ¡Ahainja!
YO: ¡Ahainja! ¡Ahainja! ¡Ahainja!
BARDOMIANO: ¡Ahainja! ¡Ahainja! ¡Ahainja!
YO:¡Ahainja! ¡Ahainja! ¡Ahainja!
BARDOMIANO: ¡Ahainja! pero… vamos a bajar el volumen de nuestras voces, parecemos nazis inuits…
YO: ¿Por qué usas un nombre esquimal?
BARDOMIANO: Estuve un año viviendo con una tribu en el norte de Groenlandia y uno de sus antepasados muerto me dio ese nombre.
YO: ¿Un muerto te puso Ajai… ¡Ahainja?
BARDOMIANO: Sí. Se llamaba Nukappi.
YO: Bardomiano… Quiero decir… Nukappi… ejem… Ahainja, te tengo que dejar. Necesito hacer un montón de cosas y se está haciendo tarde.
BARDOMIANO: Te comprendo. Ha sido una bonita charla. ¿No piensas lo mismo?
YO: Ha sido una de las conversaciones más interesantes que he mantenido en mi vida. ¡Cuídate mucho!
BARDOMIANO: Adiós, Greg. Si volvemos a vernos, te dejaré que me llames Bardomiano.
GREGORIAJO
Valencia, 20 de julio 2019
Por la presente doy fe a quien le pueda interesar que:
1- Obviamente no me llamo Gregoriajo, sino Gregorio, pero como por alguna inmunda razón todavía existen progenitores que siguen poniendo este nombre a sus retoños, tanto en su variación masculina como la femenina, y en vista de que este texto debía cursar específicamente sobre nombres extintos o en camino de la extinción, me he permitido esa pequeña broma inocente.
2- Soy viejo. Reparé en ello hace veintitrés meses y ayer decidí hacer algo con mi futura existencia. Por ese motivo he redactado unas normas y disposiciones para llevar lo mejor posible este, llamémosle, último periodo de la vida de cualquier ser humano:
NORMAS Y DISPOSICIONES
1- No dejar la dentadura postiza encima de la encimera cuando viene Idelfonsa Loreta, mi empleada de hogar quiteña. Idelfonsa Loreta tiene 19 añitos recién cumplidos y le aterrorizan cada uno de mis postizos. Porque mi «cajita de dientes» no es lo único que llevo en el cuerpo. Hace varios años me implantaron una prótesis de pene que se pone en erección gracias una app y al wifi. Desde entonces me he cambiado de operador de telefonía móvil en nueve ocasiones. Ninguna de ellas me aseguraba un empalme sólido.
2- Intentar pasar menos tiempo en los bancos, tanto los de sentarse del Ayuntamiento como las cajas de ahorro y similares.
3- No guiñar uno o los dos ojos al cobrador del Ocaso. En realidad, aunque soy extraordinariamente viejo sigo siendo un heterosexual convencido. El problema de mis guiños está relacionado con mi fobia a la muerte. Odio tener que morirme, sobre todo porque morir implica espicharla y si la espicho ya no podré seguir cobrando la pensión. Un buen amigo mío se ha hecho un plan de pensiones por el cuál percibirá cerca de 1200 euros al mes una vez haya fallecido, muerto o la haya diñado, lo que suceda primero. La compañía le garantiza ese peculio hasta que sus huesos sean depositados en el osario general, a los 20 años de haber sido enterrado. Para gastos de muerte, dice él. Para gastos de ocio derivados del fenecimiento, dice la compañía. Yo, yo creo que todo el mundo debería vivir siempre, excepto los que no quisiesen vivir siempre. A esos podría permitírseles morir siendo sietemesinos o impedir que sus padres les fecundasen.
4- Dejar de silbar a las hermanas hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús cuando me da un soponcio, un vahído o me peta alguna parte interna del cuerpo y termino en la UCI. Al igual que los guiños, mis silbidos son psicosomáticos ya que soy nosocomefóbico, pero ellas, las vetustas y amables hermanitas, creen que les tiro los trastos. Alabados sean mis pañales. Sin prelavado concebido.
5- No contratar ninguna prostituta mayor de 19 años.
6- No volver a sentarme frente a una obra. He llegado a la conclusión de que es mejor sentarme frente a una cobra. La primera vez que lo hice fue durante un viaje del Imserso a Marruecos y mi acción fue vitoreada por algunas mozas marrakechís y alguna que otra compañera de viaje. Desde entonces siempre llevo un ofidio proteroglifo en el bolsito del tacatá.
7- Intentar controlar las ventosidades cuando estoy en una reunión de vecinos y se aproxima una derrama por sotavento.
PRÓXIMAMENTE: ALGUNOS NOMBRES ESPAÑOLES EN DESUSO. TERCERA PARTE (la segunda parte ha sido secuestrada por el CNI).