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| Charles Martignette. Crack Detective, pulp cover (1943) |
Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez: El caso de las dos canciones.
—Era un niño bastante travieso. Supongo que como todos los chiquillos a esas edades. Cuando me regañaban mis padres solía quedarme en mi cuarto jugando con los madelmanes, pero en ocasiones abría la ventana y contaba la gente que pasaba por debajo. Cada vez que pasaba la cabeza número 11, ya fuera de un señor, una señora, un anciano, ya sabe, yo le echaba un gapo. A veces fallaba el intento, pero con la práctica llegué a convertirme en una escupidor profesional con un índice de acierto que rondaba el 100%. En ocasiones algunas de esas dianas móviles notaba que le había caído algo y miraba hacia arriba pero siempre, y repito siempre, señor García Pérez, seguían su camino. Quizá llevaban mucha prisa o puede que creyesen que era el excremento de un ave. Nunca lo supe. ¡Hasta el día en que cumplí 11 años! Lo recuerdo como si fuera ayer. Y todavía se me eriza el vello. Mire, señor García Pérez, mire mis brazos…
—Con-ti-núe, por favor…
—Ese día, quiero decir, después de que terminara la fiesta de cumpleaños y de que se marcharan con sus padres mis compañeros del cole, le pedí a mi madre que me dejara terminarme las dos o tres raciones del pastel antes de la cena. Ella, por supuesto, me dijo que ya había comido demasiado chocolate y que ya me lo zamparía al día siguiente. Yo me encabrité y terminé castigado en mi cuarto y jugando a mi juego de la ventana a toda prisa pues quedaban un par de horas de luz a lo sumo. Era julio. Julio de 1977. Escupí a diez, posiblemente 11 personas y luego me tumbé sobre la cama. Recuerdo que pensé en el numero 11 y cuando me cansé de ese pensamiento numérico medité acerca de lo que sucedería el día en que alguien subiera con el sombrero mojado en una mano a ajustar cuentas con mi madre por haber parido a un hijo tan repugnante.
—¿Le sucede algo? Le a-ca-ba de cambiar la cara. ¿Está en con-di-cio-nes de seguir el relato, señor Lorenzo Al-cai-de?
—Sí, señor García Pérez. Lo único que recuerdo es que desperté atado sobre el suelo, pero no estaba en mi cuarto. Miré alrededor y no reconocí la estancia, vacía por completo de muebles u objetos. Grité pidiendo ayuda a mi madre y a mi padre, pero nadie me hizo caso. De repente entró un hombre vestido de negro de pies a cabeza con una capucha cuyos dos agujeros para los ojos me recordaron unas canicas. El tipo, que tenía una fuerza descomunal, me levantó a pulso y me trasladó a otra habitación cuyos únicos muebles eran dos sillas y una especie de madera clavada a un lado de una de las paredes y que tenía cuatro argollas.
—Sin-ce-ra-men-te, señor Alcaide, dudo que esa his-to-ria, realmente es-pe-luz-nan-te sirva para ayudarnos con este caso, pero le ruego que con-ti-núe…
—El tipo me ató con las argollas y comenzó a hablarme. Su voz era nasal y extraña. Una de esas voces que nunca se olvidan. Me dijo que la tarde anterior, mientras caminaba tranquilamente por la calle de los Santos le cayó algo en la cabeza. Algo caliente y repugnante. Luego, mientras hacía unos movimientos realmente raros con las manos me preguntó si conocía esa calle. Yo le dije que era la calle donde vivía y el respondió con un «ajá» que me dejo petrificado. En ese instante entró otra figura vestida de negro y con la capucha ladeada. Por la forma de su cuerpo colegí que era una mujer. En sus brazos traía una chaqueta. El hombre se la quitó de las manos con muy poca delicadeza y me la acercó hasta la cara. Yo lloraba pero él seguía intentando que la chaqueta traspasara mi cabeza. Al final estalló y gritando como un poseso me acusó de haberle escupido a su chaqueta. Su chaqueta nueva. A su chaqueta recién comprada en Galerías Preciados. Después, su rabia se transformó en paz y me dijo que mi castigo serían dos canciones. Yo no entendía nada. La mujer salió de la habitación y regresó al poco tiempo arrastrando un carrito de madera con un tocadiscos y dos pequeños altavoces. Luego salió el hombre y volvió a entrar con un vinilo sencillo de 45 RPM en las manos. La mujer lo cogió reverencialmente, lo colocó sobre el tocadiscos, se agachó, enchufó este a la luz, salió del cuarto y cerró la puerta.
—Es-pe-re, señor Al-cai-de. Le traeré un vasito de agua…
—¡No! Necesito continuar. El tipo… el tipo puso en marcha el aparato y una extraña música que en esos instantes me recordó a la que tocaban los grupos en las verbenas de mi pueblo comenzó a inundar el cubículo. Por supuesto, era un pasodoble. Algunos años más tarde descubrí su título: Churumbelerías, de Emilio Cebrian.
—¿Chu-rum-be-le-rías?
—Churumbelerías, señor García Pérez. No llevaría el disco ni cinco segundos en marcha cuando este… este enfermo mental, se puso a bailar de una manera afectadísima. Cada vez que las notas enfáticas resonaban, él me pegaba una hostia manteniendo el ritmo perfectamente. A veces me golpeaba en la cara, otras en el estómago e incluso en.. en los testículos. Cuando terminó la canción, entró su compañera, y aplaudió. Su aplauso era como el de una niña muy pequeñita a la que acaban de regalarle una muñeca nueva. Todavía puedo verla aplaudiendo. Después del aplauso el tipo me agarró del pelo y me gritó que esa había sido la primera canción y que ahora venía la segunda. La mujer quitó el disco del fonógrafo y salió con él. No tardó ni un minuto en regresar con otro. Lo puso sobre el plato del tocadiscos y le dio al play al mismo tiempo que entraban seis figuras vestidas igual que ellos y una séptima vestida de rojo. Esta última, que era otra mujer, se sentó sobre una de las sillas mientras el tipo, la tipa y el resto de psicópatas danzaban la segunda canción.
—¿Era otro pa-so-do-ble?
—No. Esta vez fue un bolero. Nunca descubrí su título. La cosa… la cosa, señor García Pérez fue igual que con el pasodoble. Todos bailaban y me pegaban. Bailaban y me pegaban. Al fin terminó la jodida música y el tipo me dijo que ya había pagado el precio. Sin embargo la mujer roja se levantó de un salto de la silla y pidió un pequeño bis. El jefe se lo pensó durante tres o cuatro segundos y aceptó. Otra vez lo mismo. Todos volvieron a bailar y me volvieron a pegar. Esta vez incluso la bruja de rojo se acercó y me metió su dedo indice en un ojo.
—Es in-creí-ble lo que me esta con-tan-do.
—Lo siguiente que recuerdo es que la cara de un policía estaba pegada a la mía mientras me preguntaba si me encontraba bien y dónde vivía. Durante un par de días los polis hicieron como que creían mi historia, pero al poco tiempo nadie le dio importancia. Se supone que yo me había escapado de casa enfadado porque mi madre no me había dejado comer la tarta y me había perdido y caído. ¿Se lo puede creer? Así sucedió todo. Pasaron algunos años… para ser exactos 11. Me encontraba en casa de unos amigos cuando por alguna razón me entraron ganas de asomarme a la ventana de la salita. Mientras contemplaba a los puntitos pasar por debajo se me ocurrió escupir a uno de ellos. Luego entré en la habitación de mi compañero y seguimos con nuestras cosas. Le digo, señor García Pérez lo mismo que le conté antes: lo único que recuerdo es que desperté atado sobre el suelo de una habitación que me recordaba al de otra habitación del pasado. De hecho era la misma habitación y la figura de negro de pies a la cabeza que me observaba embutido en las argollas era la misma que casi me mata unos pocos años antes. Su cabeza se acercó a la mía y su misma voz nasal me recordó que las casualidades existen y que el mero acto de ser y estar ya es de por sí una casualidad. Luego me relató una historia sobre alguien que en una ocasión había encontrado a su hermano 11 veces, o algo parecido, y en cada una de esas 11 veces lo había perdido tres veces. El cuento me pareció una especie de delirio de borracho y así se lo dije.
—Su-pon-go que le volvería a a-zo-tar…
—No. En lugar de eso llamó a la otra psicótica y compañera de martirio que entró con el carrito preparado y un disco en marcha funcionando. ¡Reconocí inmediatamente la canción! Era Hilo de seda de los Pekeniques. Mientras ambos danzaban y me pegaban, el tipo me recordó que el castigo volvían a ser dos canciones.
—Es to-tal-men-te increíble… Siga, siga, se lo ruego en-ca-re-ci-da-men-te.
—Cuando la última nota del tema se desvaneció, el tipo se quedó como petrificado y en éxtasis, mientras su congénere abría la puerta y entraban las seis figuras de negro y la enjuiciadora rojiza, que como en la anterior vez se sentó en una de las dos sillas. La música comenzó. El baile comenzó. Los golpes comenzaron. La melodía me sonaba por entonces y me sigue sonando hoy en día, aunque todavía no he llegado a saber su título y autor. Solo recuerdo que la canción era larga. ¡Muy larga! Supongo que recibí tantos golpes que en un momento dado perdí el conocimiento. Cuando lo recuperé, la verduga de rojo discutía con el resto sobre la posibilidad de pedir uno o dos bises. Lo que sucedió a continuación… nunca… nunca pude recordarlo. Cuando abrí los ojos estaba en un hospital y una monja llena de arrugas me sonreía.
—Su re-la-to, señor Alcaide es sensacional. Y a-te-rra-dor. ¿Pero sigo sin ver una concordancia con el a-se-si-na-to a sangre fría que usted llevó a cabo ayer?
—Señor García Pérez. Usted tiene fama como churrero castañero y como investigador aficionado. La prueba es que la Policía de cualquier provincia de cualquier autonomía le deja participar en sus casos. Desde luego de modo extraoficial…
—Por su-pu-es-to. Pero no com-pren-do dónde quiere usted llegar a parar…
—Supongo que siendo tan respetado debe ser una persona completamente abierta a las circunstancias que se esconden dentro de cada caso.
—Bueno, señor Al-cai-de, así es…
—Ayer por la tarde me encontraba en ese bar… en ese bar… donde yo… donde sucedió todo. Conmigo estaba Felipe. Supongo que ya lo habrán interrogado.
—¡E-fec-ti-va-men-te!
—Bien. Antes de acudir al bar yo…
—¿Sí?
—Unas horas antes. Yo… ¡Pues eso! Me aburría y había abierto la ventana del comedor de mi casa. Es un octavo piso, sabe.
—¿No me di-ga que volvió a ha-cer-lo?
—Me aburría. Ya habían pasado muchos años desde el segundo encuentro… ¡Lo siento! Solo escupí una vez. Me fije en la trayectoria del esputo y en la persona que lo recibió sobre la espalda. Luego, por la tarde, como usted ya sabe, quedé en el bar con mi colega. Todo transcurría con completa normalidad y nos estábamos divirtiendo un montón. De repente un hombre de unos 70 años y una mujer un poco más joven se sentaron en la mesa contigua. Durante un rato no dejaron de mirarme pero pronto se pusieron a conversar. ¡Esas voces! ¡Le juro por lo más sagrado que esas voces eran las de ellos! ¡Eran mis captores! ¡La pareja de jefes supremos que me martirizaron dos veces seguidas en dos ocasiones separadas por el tiempo ¿No se da cuenta? Las casualidades. ¡Las putas casualidades! Cada vez que escupía desde una ventana… el gargajo… el gargajo caía sobre este tipo. Ayer por la mañana lo volví a hacer y ahora estos dos vengadores… estaban a mi lado. ¿No lo comprende? Dos más dos son cuatro. Era cuestión de minutos que todo volviera a repetirse. ¡Los bailes! ¡Los golpes! ¡Las canciones! ¡Los seis danzantes! ¡Y la reina roja!
—Com-pren-do…
—Por esa razón agarré con fuerza el cuchillo con una mano y el tenedor con otra, me dirigí hacia ellos y terminé tronchándolos como a dos muñecos de plástico. Mientras les clavaba los cubiertos por todas las partes de sus cuerpos no dejaba de preguntarles dónde estaban la reina roja y el resto del grupo de danzadores.
—Señor Lorenzo Alcaide. El hombre al que usted propinó 76 cuchilladas era mudo. Su mujer, que recibió un total de 24 puñaladas, era ciega. Ambos se habían reunido en ese establecimiento para celebrar sus bodas de plata.
—Señor García López…
—Es Pérez García… quiero decir, ejem… Gar-cía Pé-rez.
—Señor García Pérez. ¡Le digo que eran ellos! ¡Le juro que eran ellos! Les escuché hablar! ¿Cómo que era mudo? ¡Esto es un complot! ¡Una confabulación!
—No es ninguna con-fa-bu-la-ción, señor Alcaide.
—¡Lo es! ¡Lo es! Ya lo entiendo todo. ¡Ahora lo veo claro. ¡Usted es la reina roja! ¡Usted es la reina roja! Oh Dios mío de mi vida. ¡Nadie puede ayudarme! ¿Es que ningún maldito hijo de puta va a ayudarme?
