Email del 1 de octubre 2019

Dana Zaltzman. Rope (2014)

Cecilia era dismorfóbica a causa de sus cejas asimétricas, aun así se sentía como el pilar básico de su comunidad. Cuando hablaba se expresaba con una fluidez hierofónica que maravillaba tanto a los presentes como a los que transitaban cerca. ¡Excepto cuando alguien o algo la cabreaba! Cuando eso sucedía, tanto su tono como las palabras que salían de su garganta se transformaban en algo similar al Xöömej tuvano y sus ojos y su cara adquirían un color similar al de los demonios representados en los lienzos renacentistas.

Recuerdo el día en que la llamé Madame de Brinvilliers.
—¿Por qué me bautizas como a una ilustre asesina?
—Porque desconocía que supieses que era una ilustre asesina.
—Yo no he matado a nadie.
—No, pero todavía eres joven…
—¿Lo dices por cómo me pongo cuando me enfado?
Efectivamente, lo dije por esa razón. Y porque sus cabreos eran cada vez más comunes y, sobre todo, más gratuitos y exacerbados. El último de ellos acabó con dos personas llorando y otra ingresada. Cuando se lo recordé se encogió de hombros y se sacó una teta.
—¡Todavía está firme!
—He visto demasiados pechos firmes.
—Este antes te gustaba…
—¡Me gustaban los dos! Ahora solo los veo como lo que realmente son: dos pechos.

¡Estoy muerto! Bueno, en realidad estoy vivo, pero me siento como si me hubieran colgado hace 20 años. Porque el 23 de septiembre de 1999 la dejé con la palabra en la boca y me largué cerrando con fuerza la puerta. Con viento fresco, supongo. Cuando volví varias horas más tarde, ella se había cambiado de residencia. De vivir junto a mí en el 23 de una calle cualquiera pasó a residir momentáneamente en una camilla de la morgue de un hospital cualquiera. ¡Todavía guardo la cuerda! Creo que está en algún cajón de algún mueble. O quizá está envuelta en papel Kraft dentro de una bolsa de un centro comercial y arrinconada sobre el lazo superior frontal y el postizo medio de un armario.

—Deberías crecer un poco. Aunque solo fuera para que me fuese más sencillo llamarte hombre.
—¡Llámame como quieras! ¡Niño, cabrón, mamarracho, egoísta, peripuesto, chulo! ¡Me da igual lo que escupas por la boca!
—¿Estás loco o simplemente actúas para que yo… para que todos estemos pendientes de ti?
—Es el azúcar…
—¿Cómo dices?
—Es lo que como. Y cómo lo como. Es lo que me dan… y que a veces tengo que pagar… en caja…
—Realmente estás loco.
—¡No! Intentaba actuar…

¿Debería vilipendiarme o venerarme? Ambas palabras me persiguen con el propósito de cercenar mi cabeza. Podría hacerles el trabajo yo mismo pero me encuentro cansado, gastado, hecho migas, para el arrastre. ¿Debería levantarme o acostarme? ¿O seguir sentado en esta silla? ¿Esta silla? Esta maldita silla desgastada fue lo último que vieron sus ojos y tocaron sus pies. Creo que debería arrojarla por la ventana. Quizá debería arrojarme yo por la ventana. Pero… ¡esta casa tiene demasiadas ventanas! ¡Y sin embargo la luz no entra en el interior! ¡Prefiere permanecer acurrucada en el alféizar! ¡Junto a las palomas! No le importa ser cagada, picoteada, cubierta de plumones y plumas. Y a mí no me importa que me salgan setas y líquenes sobre el cuerpo. Mis manos… se retuercen… panópticamente…