Email del 18 de octubre

Augusto Ferrer-Dalmau. Cabo de la Guardia Civil. Escuadrón de Caballería. (1920) 

Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez: El apocamiento de García Pérez.

—Cabo primero Iglesias, ¿me per-mi-te hacerle un par de con-sul-ti-tas al señor forense?
—Por supuesto, García Pérez, usted es como uno de nosotros, ya lo sabe.
El churrero castañero ambulante y detective aficionado García Pérez se acercó a un lado del cadáver, que es donde se encontraba con aspecto de duende pensativo el doctor Jiménez (con jota), se agachó con cuidado para que no se le rajara el pantalón de tergal por la parte de atrás, y después de saludarlo casi afablemente le disparó la primera consulta.
—¿Cuánto tiem-po lleva muerto, doc-tor?
—Bueno, según la rigidez, el enfriamiento, la lividez y la palidez del cuerpo, o en otras palabras, conforme el rigor mortis, el algor mortis, el livor mortis y el pallor mortis, yo diría que de 10 a 18 horas.
—Entiendo. Doctor Jiménez. ¿Ha lle-ga-do a una con-clu-sión sobre…
—¿Sobre cuál ha sido la causa de la muerte? No se lo puedo decir, de momento. Es pronto, pero estoy casi seguro de que a este tipo lo ayudaron a morir.
—¿Entonces… entonces se tra-ta de un a-se-si-na-to.
—Señor Pérez García…
—Ejem, es García Pérez.
—Señor García Pérez, la respuesta es sí.
—¿Qué es esa especie de moho mu-ci-la-gi-no-so que observo sobre los zapatos y las perneras de los pan-ta-lo-nes del cadáver, doctor?
—Eso, señor García Pérez, es moho mucilaginoso…
—¿Y de dónde cree que ha sa-li-do?
—Señor García Pérez, en cuanto lo sepa, le juro por mi señora Josefina, que usted será, por supuesto después del sargento Sandemetrio y del cabo primero Iglesias, el cuarto en saberlo.
—¿El cuarto? ¿Y quién será el pri-me-ro?
—Yo…
—Desde luego, doctor. Dígame, ¿qué es ese lí-qui-do verdoso que rezuma por la boca y la na-riz?
—¡Liquido rezumante verdoso!
—Muchas gracias, doc-tor. ¡Ha sido usted de gran a-yu-da!
En cuanto el churrero castañero García Pérez se incorporó, se dirigió silenciosamente a la esquina donde se encontraba el cabo Iglesias.
—Cabo primero, muchas gracias por per-mi-tir-me hablar con ese imbécil. ¡Creo que to-da-vía me odia!
—Es natural, señor García, le quitó usted a su mujer, y años más tarde a su amante. ¡Y luego a su asistenta personal y a su vecina! Supongo que quizá por eso le guarda cierta inquina.
Mientras el cabo primero Iglesias terminaba su frase apareció por la puerta de la habitación el bigote tintado de negro ala de cuervo del sargento Sandemetrio dando berridos y parloteando como si fuera un kákapu al que acaban de sodomizar con una rama baja del Tane Mahuta.
—A ver… ¡Qué passssaaaa con un ustedes! ¡Quiero dinamismo en mis subordinados! ¡Usted, cabo Iglesias, a ver si se deja de chácharas! Y usted, señor García Pérez, ¡tráigame una docena de churros! ¡Movimiento! ¡Quiero movimiento! ¿Dónde está el matasanos Jimenez?
—Sargento, el doctor se fue hace unos pocos minutos…
—Está bien. ¡Póngame al corriente, cabo Iglesias!
—Hace aproximadamente dos horas la mujer que limpia la casa nos telefoneó para decirnos que creía que el señor Entrambasaguas estaba muerto. Nos acercamos dos dotaciones y…
—¿Y? A ver si es más rápido, muchacho. Cuando yo tenía su edad me explicaba mejor y con más velocidad. ¡Quiero rapidez! ¡Quiero eficacia! ¡Quiero intensidad, empuje y reciedumbre!
—Sí señor.
—¿Dónde está la señora de la limpieza? ¡Quiero interrogarla personalmente!
—Está en la cocina, mi sargento. Se encuentra muy afectada.
—¿Es guapa?
—¿Cómo? Quiero decir, mi sargento… yo… ¡no, no me parece atractiva!
—Pues entonces que la interrogue el churrero… ¡Me largo al cuartel. Estaré allí hasta las 14:00 horas. Sobre las 15:00 horas me encontraré en mi casa, comiendo. Desde las 16:35 hasta las 17:50 estaré donando sangre, semen y cabello en el ambulatorio, y a partir de las 18:00 horas volveré a mi oficina. ¿Está claro, cabo primero Iglesias?
—Sí, mi sargento.
—¡Quiero entereza! ¡Quiero vigor! ¡Quiero fuerza!
Cuando el sargento Sandemetrio salió de la casa todos respiraron aliviados. Incluso García Pérez, que se sintió ofendido con algunas de las palabras del oficial.
—Cabo Iglesias. ¿Por qué su sar-gen-to me odia tanto? Y que conste que jamás le he qui-ta-do la mujer, ni siquiera amantes o incluso nadie del servicio do-més-ti-co.
—Señor García, el sargento Sandemetrio es como su primer apellido, ya sabe, enrevesado y confuso. Pero está claro que tiene algo contra usted, si no, nunca le hubiera enviado a por una docena de porras.
—En rea-li-dad me envió a por chu-rros.
—¿Hay alguna diferencia?
—Las porras son mas grue-sas que los chu-rros.
—Le hago caso, García Pérez. Usted es una eminencia en la materia.
—Espere, García, el guardia Rojas me está haciendo señas. ¿Qué sucede, Rojas?
—Acaba de llamar por teléfono el sargento Sandemetrio, mi cabo primero.
—¿Y bien, qué quería?
—Mi cabo, el sargento me dijo que le recordara que quiere brío, vehemencia y gallardía.
—Está bien, Rojas. Siga con lo suyo. ¿Se da cuenta, García Pérez? Esto es lo que tengo que soportar todos los días, pero lo resisto porque tengo que pagar facturas, ya me entiende.
—Cabo pri-me-ro, le entiendo per-fec-ta-men-te. Creo que no voy a ayudarles en la in-ves-ti-ga-ción de este caso, pues me siento me-nos-pre-cia-do. No llevo aquí ni una hora y ya me han fal-ta-do al respeto tanto el doctor Ji-mé-nez como el sargento San-de-me-trio.
—Señor García Pérez, yo creía que usted, como exchurrero y castañero había tenido que aguantar a toda clase de clientes…
—Cabo primero Iglesias, fui churrero y castañero durante más de 20 años, pero jamás tuve que aguantar a nadie, pues de eso se encargaban mis asalariados. Le deseo un gran día. Se lo digo de corazón. ¡Y recuerde que su sargento quiere de usted y de sus hombres dinamismo, movimiento, eficacia, intensidad, empuje, reciedumbre, entereza, vigor, fuerza, brío, vehemencia y gallardía!