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| Limbourg Brothers. The death of Judas, from The très riches heures du Duc de Berry (1416) |
Aunque su apariencia exterior era la de un honorable y virtuoso caballero, sus mecanismos de defensa eran similares a los de un escorpeniforme. Eso implicaba que cualquiera que estuviese a menos de un metro de distancia podía ser el blanco de su displicencia. Yo lo conocía muy a fondo, pues era mi padre, y siempre que sentía que esa malignidad carnal estaba a punto de cometer una canallada desaparecía del hogar paterno durante una temporada. Como mi progenitor no era capaz de subsistir más de dos días sin martirizar a ningún miembro de la familia, el resultado fue que pasé casi el 70 % de mi juventud alejado del nido familiar. Y fíjate que he dicho «sin martirizar a ningún miembro de su familia», pues Gregorio López senior era el típico mezquino que se comportaba aceptablemente con sus amigos, la mayoría de ellos tan viscosos como el bitumen, y con un hijoputismo tan exacerbado como el de un merchero acorralado con los más allegados.
Recuerdo un día en que ese ser fatuo y soberbio me sonrió. Aunque también recuerdo que esa sonrisa formaba parte de un sueño inducido por mi nuevo vicio: la heroína inyectada directamente en vena. Y aunque unos pocos meses más tarde dejé todos los estupefacientes para siempre, esa sonrisa manufacturada se instaló en alguna parte de mis pensamientos, transformándolos en demasiadas ocasiones en algo similar a un axioma patológico.
Actualmente ese ser bipolar, esa miasma de negatividad superconcentrada, mi padre, vive o quizá malvive en una residencia. Su cara decrépita me recuerda a una calavera. De lo más profundo de su naturaleza ya no se escapa ningún atisbo de iniquidad, sin embargo cada vez que intento traspasar sus párpados encapotados me viene a la cabeza aquella sonrisa intoxicada. Esa sonrisa que no fue, sencillamente porque no podía ser. Ni siquiera parecer. Esa sonrisa que de alguna extraña manera confluyó y converge en cada una de mis ajadas circunstancias. Una sonrisa simétrica pero sin volumen ni perspectiva, totalmente alejada de las bocas que los maestros barrocos italianos plasmaron en sus lienzos. Pero fue mi sonrisa. Yo la imaginé. La vestí, la engalané y la prostituí por 60 mitades de 30 monedas de plata. Y cuando al final decidí ahorcarla, reparé con gran asombro en que no había ni rastro de algún ciclamor cerca, por lo que acabé colgándola sobre la rama más alta del algarrobo más viejo en el campo de un alfarero imaginario.
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